Deporte: Ética y Estética

Sport: Ethics and Aesthetics

Jenaro Talens

(Reflexiones desde una experiencia personal) Lección Inaugural 2011/12 “Iª Conferencia José Luis Salvador Alonso” 6 de octubre de 2011. . Universidade da Coruña.

Artículo publicado en el journal Revista de Educación Física, Volumen 29, Número 1 del año .

Resumen

Durante muchos años se luchó para que la educación física y el deporte fuese disciplina universitaria. Hoy que, afortunadamente, ya lo es, desearía que ello sirviese no para “intelectualizar” el deporte, en el sentido, antes aludido, del intelectual que desprecia el cuerpo « real » pero glorifica la imagen mecánica del cuerpo descorporeizado que elaboran los espectáculos de masas, sino para “naturalizar”, humanizándola, la intelectualidad. Sólo de ese modo, lo que lo hizo una de las formas de experiencia de vida más antiguas del mundo, podrá volver a cumplir un papel mejor que el de simple comparsa. Un mundo donde hacer deporte signifique aprender a gozar del cuerpo, sin someterlo a los estereotipos de la circulación mercantil y donde la multiplicación de espacios públicos adecuados e instalaciones de acceso generalizado, no dependa de que vayan a haber o no “competiciones”, es decir, espectáculo, sino vivencia, gozosa y compartida, de la fisicidad.

Palabras clave: deporte, ética, estética, reflexiones

Abstract

For many years it has been a struggle to incorporate physical education and sports into a university discipline. Fortunately, today, this is a fact. However, it should not lead to the “intellectualization” of the sport that despises the “real” body and instead glorifies the image of a distorted body for show to the masses. The goal of this intellectualization should be to “naturalize” and humanize the body. Only in this way, one of the world’s oldest life experiences may play again a more significant role rather than being a mere subordinate. A world where the practice of sport means learning to enjoy the body, without subjugating it to the market stereotypes and where the multiplication of adequate and accessible public spaces and facilities does not depend on having “competitions”, i.e., sport show, but rather living a joyful and shared physicality.

Keywords: sport, ethics, aesthetic, reflection

Ahora hace ya cuatro semanas
que reluce el sol
y me he sentado en la terraza
y a todo lo que me pasaba por la cabeza
y a todo lo que veía
únicamente le he respondido "sí, sí".

Peter Handke

Parafraseando el título del álbum de un antiguo convecino en el barrio granadino de La Cartuja donde pasé mi infancia, podría empezar mi intervención esta mañana diciendo que, al igual que los rockeros, “los viejos atletas nunca mueren”. Digo esa frase y me sorprende reconocer que haya tardado tantos años en asumir algo tan simple y que debiera resultarme tan natural. Tras casi medio siglo dedicado, con mayor o menor fortuna, a la carrera acadé­mica, que empecé cuando aún dedicaba parte de mi jornada a seguir con constancia y firmeza, las instrucciones a distancia de mi entrenador, José Luis Torres, me resulta paradójico comprobar que alguien que fue un velocista (Pedro Escamilla, el gran especialista de Atletismo en la décado de los años 60 del pasado siglo, me definió una vez en el diario Marca, no sin cierto retintín, como un «pura sangre»), haya sido tan lento en re­correr el camino que separa la conciencia de una memoria entendida como archivo, de la asunción y aceptación de los contenidos que la configuran.

Desde mi abandono de la práctica activa del deporte a finales de 1969, nunca antes había aceptado hablar en público de este tema. Es más, coherentemente con esa esquizofrenia que a menudo ca­rac­­teriza a los que nos dedicamos a la profesión académica, llegué casi a entender que esa parte de mi biografía pertene­cía a otra persona, con quen compartía nombre y apellidos, pero poco más.

Cuando Rafael Martín Acero, a través de mi viejo amigo y editor Raúl García, me propuso hace ahora algo más de medio año, participar en las conferencias que llevaban el nombre de José Luis Salvador, mi primera reacción fue declinar la invitación y decir que no. Los argumentos para dicha negativa habrían sido tan abundantes como arbitrarios y, segura­mente, todos ellos falsos. Como decía Cervantes, hay razones del corazón que la razón no entiende. Y durante muchos años, bastantes más de lo que hoy me parece razonable, dicha incomprensible irracionalidad sentimental que me impedía hablar del deporte no me permitió replantearme la cuestión. Y de pronto, me descubría a mi mismo diciendo que sí, que de acuerdo, que estaba encantado de aceptar. Bien es verdad que a mi decisión le ayudó el saber que mi intervención se integraría en una suerte de homenaje oficial a la memoria de José Luis Salvador, tan prematura­mente desaparecido, de quien había leído con sana envidia y admiración su magnífico libro El deporte en Occidente. Pero esa había sido, como tantas otras, una lectura hecha casi a escondidas, con mala conciencia, nocturnidad y alevosía. Tanto una postura como otra (decir que sí y decir que no) necesitaban, en última instancia, de una explicación. Y fue esa imperiosa necesidad la que me llevó a reflexionar sobre el sentido de mi alejamiento inconsciente de un mundo que, hoy lo sé, está en la base de todo lo que he sido y he conseguido hacer a lo largo de mi vida. Son esas reflexiones las que me voy a permitir exponer ante Vdes. esta mañana. Nadie espere datos cien­tíficos, si por ello se entiende, una aproximación médica, histórica o sociológica, que tanto abundan, y para las que hay voces más autorizadas que la mía y en esta misma casa. Como escritor que llegó a la práctica del atletismo casi por casualidad y que compatibilizó sin demasiado esfuerzo mental ambas actividades durante algo menos de cinco intensos años, hablaré desde mi doble experiencia personal, a la altura de una edad en la que me parece haber descubierto que no se trataba, al cabo, de cosas tan distintas como siempre pensé. Como hijo de las vanguardias, siempre he creído en la existencia del azar objetivo, y hasta el poco interés que siempre he tenido por deportes que no fuesen el atletismo se me aparece hoy, de forma curiosa, coherente con mi escasa inclinación hacia formas literarias como la novela. No digo que poesía y atletismo sean prácticas similares, pero algo creo entender de existente bajo su aparente diversidad, al menos lo suficientemente sólido como para permitir explicarme una actitud que hasta hoy me había impedido hacer lo que estoy haciendo, intentar hablar de mi deporte, y de la relación que, siguiendo a Juan Ramón Jiménez, en él siempre encontré para relacionar ética y estética.

El título que se me ha asignado (y que, humildemente, acepté cuando lo supe, aunque me parecía excesivamente ambicioso) no es el que yo pretendía darle a mis palabras: la escritura y el deporte o el deporte como escritura, pero da lo mismo. El intelectual —si le quitamos a dicha palabra toda la carga de pedante autosuficiencia con que a menudo la adornan quienes se la aplican a sí mismos— y el deportista —en el sentido en que yo entenderé esa denominación— tienen mucho más en común de lo que a primera vista parece, o por lo menos más de la que a mí siempre me pareció que tenían. Su relación ha sido a menudo conflictiva. Para gran parte de la población deporte significa cultivo del cuerpo, explotación de unas cualidades físicas, e intelectual va relacionado con el cultivo de la mente. Y ya sabemos que una cosa y otra se suelen entender como diferenciadas, cuando no incompatibles.

La socorrida frase de “mens sana in corpore sano” siempre me recordó ese tipo de slógans tan vacíos de contenido como los que anuncian “sea siempre joven en El Corte inglés”. Los clásicos, sin embargo, como el refranero, suelen tener razón. Quizá porque daban a sus máximas un valor diferente del que hoy nuestra supuesta idea del progreso simula com­prender. Quizá la salud a que se alude en dicho tópico tenga más que ver con una manera de entender nuestra relación con el mundo que con la idea de “haga jogging —qué horrible palabra para lo que fue footing hasta la llegada de la televisión— para mantenerse en forma, joven y esbelto”.

Por eso nunca entendí la contradicción entre deportista e intelectual, sobre todo cuando la aplicaban a mi propia persona. En aquellos lejanos días, algunos periodistas de As y Marca me tenían un respeto especial, pero no por mis posibles éxitos en la pista o por mis cualidades atléticas sino porque hablaba idiomas y, más curioso todavía, porque solía correr con gafas. Ya entonces me resultaba inconcebible que se confundiera el astigmatismo con una metáfora del coeficiente intelectual. Es posible, y más que posible, demostrable que muchos de mis compañeros de la Residencia Blume o de la selección nacional no sentían una inclinación especial por la lectura, pero ello no implicaba nada del otro mundo. Si en mi ya larga y densa travesía por diversos lugares del planeta he encontrado alguna vez personas “decentes” en sentido estricto, es decir, fiables, o para decirlo con palabras de Antonio Machado, “en el buen sentido de la palabra, buenos” fue entonces, entre aquellos atletas a los que, de forma indirecta, la prensa «intelectual» miraba olímpicamente por encima del hombro. No exagero si afirmo que de los pocos amigos que uno realmente puede considerar como suyos, una gran parte de los que me ha tocado en suerte poseer se encuentran encuadrados en aquel colec­tivo, cuando todavía, deporte y competitividad, aunque asociados, no eran términos sinónimos.

Ello no quiere decir que no existan hoy jóvenes para quieres el deporte es ante todo una escuela de vida. Por fortuna sí que los hay. Nada más estúpido que la nostalgia por unos supuestos tiempos pasados. Nunca hubo mejores instalaciones que ahora, ni tantas (en apariencia) posibilidades al alcance de más gente. Cuando mi generación tenía que entrenar, la escasez de medios era impresionante. No es eso lo que hoy resulta problemático y lo que muchos echamos de menos. El problema no es la supuesta inexistencia de valores entre quienes hoy ocupan el espacio que nosotros ocupamos hace cuarenta, cincuenta años, sino la dificultad de desarrollarlos en un marco social donde dichos valores no tienen cabida y son considerados obsoletos y sin sentido. Peter Handke tituló uno de sus libros Cuando desear todavía era útil. Es un título que siempre me gustó. Si nos centramos en el deporte, podríamos decir que hablamos, por extensión, de cuando practicarlo era aún verdadera y huma­namente «útil», sin recurrir a la zanahoria del éxito económico y mediático.

Parafraseando lo que decía hace años al distinguir el mérito de la fama Fernando Savater, el deporte debería ser la cerveza, mientras lo que el mercado prima es la espuma. Hoy, cuando tantos escándalos de uso y abuso de sustancias químicas salpican el deporte en los medios de comunicación, quizá convendría recordar que ni el dopaje es nuevo, ni es verdad que ahora todo el mundo se dope. No es ésa la cuestión. Lo que personas como yo rechazamos no es un "después", sino un "distinto" en el marco social donde se inserta y desde donde se valora la práctica deportiva.

Y ya que hablo de mi experiencia, me permitirán que haga un poco de autobiografía, es decir, de ficción narrativa. Cuando tenía dieciséis años y era estudiante de 6º de Bachillerato, por un curioso azar de la fortuna y para aprobar la asignatura de gimnasia, a la que nunca había sido muy aficionado, pero que necesitaba para poder presentarme a la reválida, acepté participar en unos cam­peonatos escolares de atletismo en los que mi colegio, los HH. Maristas de Granada, necesitaba de alguien para puntuar. Mi función era de simple comparsa, pero ya que tenía que salor a la palestra, prefería no hacer el ridículo. No me explico aún cómo ocurrieron los hechos, pero cuando sonó el pistoletazo de salida, me lancé con todas sus fuerzas y, ante mi estupor y la más general sorpresa, gané la prueba de 100 metros. Entonces, 11”6 me pareció la velocidad de la luz. Descubrí estupefacto que me felicitaban y aclamaban como a un campeón. Jamás me hubiera imaginado estar en posesión de esas facultades. Por supuesto, me aprobaron la gimnasia. Ya no tenía necesidad de repetir la experiencia, pero el gusanillo había sembrado su simiente en mí. Ya que había hecho la mínima, acudí a los campeonatos nacionales escolares al año siguiente, en el Estadio Vallehermoso de Madrid. Gané la medalla de plata con 11"3. Dos meses más tarde, eran los Campeonatos nacionales juveniles en Pamplona. De nuevo fue medalla de plata. Mis 11”1 me aseguraban un puesto en la selección española que iba a acudir a los Juegos Europeos de FISEC. En agosto, en Lisboa ganaría la medalla de bronce en 100 metros lisos con 10”8 y sería llamado como suplente para la selección nacional absoluta.

Tenía, como digo, diecisiete años y me sentía absolutamente perdido entre tanta gente importante, cuyos nombres ya había tenido tiempo de conocer y cuyas fotos había visto e incluso recortado en mi corta trayectoria deportiva. Allí estaban Mariano Haro, González Barbeitos, Luis Garriga, Luis Felipe Areta —que más tarde intentaría, sin éxito, hacerme miembro del Opus Dei—, Atilano Amigo Regalado, José Luis Sánchez Paraíso, Ignacio Sola y, sobre todo, Rogelio Rivas, un ídolo descubierto unos meses antes, que apenas si me sobrepasaba en un año pero que ya era el número uno del hectó­metro. Era de mi misma estatura y me trataba con toda naturalidad. Todo había ido tan deprisa que empezaba a perder la noción de las cosas. Me ofrecieren una beca para la Residencia Blume.

La oferta incluyó a varios de mis recién conocidos compañeros en la aventura lisboeta, el mediofoindista Teodoro Barrio, los saltadores César Suárez de Centi y Jacinto Segura, el vallista (entonces) Rafael Blanquer, con los que sigo manteniendo una relación amistosa casi medio siglo después. En ese momento, 10”8 no significaban para mí una buena marca, sino un billete de ida para Madrid. Recalco ese aspecto porque creo que simboliza muy bien la mentalidad de un momento que no fui el único en compartir. No estaba seguro de que mis padres me permitiesen irme de casa. Decidí entonces estudiar una carrera que no existiera en la Universidad de Granada. Me daba igual la que fuese, con tal de salir de allí. Eligí Ciencias Econó­micas, que un año después abandonaría por Arquitectura, para aterrizar, al cabo de otros dos años en la finalmente siempre me interesó. Si alguien me ayudó entonces a superar lo que el azar había convertido en una carrera de obstáculos y desconciertos, no fueron precisamente mis profesores en la Universidad que, al saber de mis (supuestas) veleidades deportivas, sacudían la cabeza como pensando, qué pena, este chico acabará mal en ese ambiente. Pero en la figura de mi entrenador, José Luis Torres y en los compañeros de la Resi­dencia Blume, sí que encontré apoyo para salir adelante. Recuerdo que, cuando dedicí regresar a Granada en marzo de 1966 para recuperar el tiempo perdido en la Facultad de Letras, Manolo Álvarez Gabeiras me dijo en un aparte: «te digan lo que te digan, hay que ser muy valiente para dejarlo todo y empezar de nuevo. Me das envidia. Ojalá te salga todo bien y vuelvas pronto con nosotros».

Bien es cierto que, antes del estallido que cortó en seco mi progresión, mis compañeros se burlaban, o simplemente no enten­dían por qué me gastaba las dietas de las competiciones interna­cionales en comprar libros y ediciones de obras completas. Hoy hasta me parece normal. Si me dijeran que un joven atleta, en vez de irse de marcha, se dedica a invertir lo poco que gana trampeando en adquirar las obras completas de Cervantes, Queve­do, Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Clarín, Galdós, Pereda, en las ediciones en piel de Aguilar y muchos de los tomos de La Pléiade, como hacía yo, pensaría que estaba loco de remate, pero entonces era así, y aunque mis compañeros hicieran bromas al respecto, ello no impedía que juntos aprendiéramos a mirar el mundo de manera diferente a como lo hacían mis compañeros de Facultad. Todos querían, evidente­mente, ganar sus pruebas, mejorar sus registros, pero eran pocos los que hacían de ello una cuestión de vida o muerte. Muchas veces, al término de una competición, nos íbamos juntos al cine e incluso, en las concentraciones, en las horas previas a tener que enfrentarnos en las pistas, matábamos el tiempo jugando a las cartas u oyendo música. No corríamos contra el otro sino contra el crono. Y nos alegraban los avances de los demás. El «pique», como se conoce en nuestro particular slang, con quienes iban a ser nuestros competidores nunca hizo que la sangre llegara al río. Unas veces se ganaba y otras se perdía. No era una tragedia. Al día siguiente volvíamos al trabajo para corregir los errores y ya está.

El deporte era una forma de vida, no un espectáculo más o menos circense, o al menos, no tanto como ha acabado siéndolo en años posteriores. Y conste que no hablo desde la nostalgia. La nostalgia siempre me pareció una de las formas más sonoras de la estupidez. Hablo de una concepción de mundo diferente, cuando, por la fuerza de los hechos o por lo que fuere, el amateurismo era una obligación y para bien o para mal, no éramos aún carne competitiva en el mercado.

Todo ello lo descubrí demasiado tarde y lo verbalizo hoy por pri­m­­e­ra vez en público. Cuando en 1968 ingresé como profesor en la Univer­sidad de Valencia y empecé a dictar mis cursos, a muchos colegas les resultaba extraño que un atleta en activo fuese a explicar la diferencia entre la noción de absurdo en Samuel Beckett y la que ponían en escena las obras de Ionesco. Simplemente era algo que no acababa de cuadrar. Aún seguí corriendo un año más, e hice mis mejores marcas. Luego, en el otoño de 1969 cedí a las presiones de la institución y tiré la toalla. Nunca me arrepentiré lo bastante de haberlo hecho.

Tan obsesionado estaba con esos mundos ajenos que la litera­tura y la Universidad me ofrecían que apenas si puede gozar de un presente de cuya existencia real sólo sería consciente muchos años más tarde —hacia 1978, creo recordar— y cuando ya el deporte era una especie de paréntesis sepultado en un baúl lleno de objetos y medallas. Un día de otoño, corriendo por la hierba de un estadio, algo minúsculo, un olor tal vez, despertó en mi, de pronto, extrañas sensaciones de desasosiego. Nunca he lamen­tado nada de lo que hice; los errores también son parte —y fundamental— de una vida. Ese día, sin embargo, tuve por primera y última vez, la ilusión de que algo mío me era restituído a través de una memoria puramente corporal y física. Mi cuerpo recordaba lo que yo había decidido olvidar. Quizá por­que, como dijo alguien, el único paraíso es el que se ha perdido.

Este excurso ficticio-sentimental me lleva a un aspecto sobre el que quisiera detenerme un momento: la noción de deporte como “experiencia del cuerpo”. Cuando digo experiencia, no me refiero a la banalidad de que el deporte se hace con el cuerpo, sino a algo más fundamental y profundo, a la noción de “corporalidad” y “fisicidad” como constitutivas de nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Cuando, a partir de 1978, volví a seguir el atletismo sin rubor y sin necesidad de pedir perdón por hacerlo entre mis colegas, algo había cambiado: el cuerpo se había convertido en imagen y la experiencia de vida había dado paso a la experiencia como representación. Las olimpiadas de Moscú y Los Ángeles fueron, en ese sentido, modélicas, o mejor, tristemente modélicas. La TV había convertido una práctica solitaria en espectáculo. Muchos me dirán que ya era hora. No lo creo así. Espectáculo siempre hubo, pero nunca basado en la sustitución del cuerpo vivo por el robot. Convertido en mercancía, el deporte podía volver a entrar en un mundo de donde antes había sido excluído y los famosos intelectuales (volvemos al terrorífico espécimen que nos ocupa) podían hablar y teorizar sobre el miedo del portero ante el penalti o sobre las ventajas de las nuevas tecnologías “científicas” de entrenamientos, a partir de un modelo que ya no miraba como horizonte la figura de Jesse Owens sino la de Robocop. No se trata de que surgieran los anabolizantes. Los anabolizantes ya se tomaban en mis tiempos, si mi memoria no me falla (aunque aún no existiese esa hipócrita condena social que niega con una mano lo que apoya con la otra). Sobre todo los lanzadores, porque a los velocistas un exceso de masa muscular podía perjudicarnos (o eso nos decían).  Todos éramos experimentadores o conejillos de indias, pero no todavía mercancías. Se trataba de un nuevo tipo de lógica estructural. El valor de cambio había suplantado al valor de uso, para utilizar una distinción que hoy no está de moda, quizá porque, a falta de valores de uso, no vale la pena de perder el tiempo en distinciones.

Se dijo, cuando acabaron los juegos olímpicos de Los Ángeles, que por primera vez unos juegos habían sido rentables. No creo que muchos advirtieran el peligro que conllevaba la aparición, por vez primera, de un término como ése en relación con el atletismo, No se analizó, por ello, bastante el alcance de las razones que explicaban el fenómeno. En una economía de mercado, la con­versión del deporte en juego de apuestas y en la teatralización circense del más difícil todavía, el atletismo empezaba a conver­tirse en una más de las prácticas económico-deportivas masivas en que desde tiempo atrás habían derivado el fútbol, el baloncesto y equivalentes. No es casual si la lógica que hace posible y sostiene el mundo de la mercancía, no el valor sino la circulación, ha permitido que las grandes figuras lo sean igualmente del mundo de la publicidad y el deporte haya podido servir de metáfora explicativa de genocidios como los que desde hace años nos ofrece la llamada sociedad occidental, llámense, en el mejor estilo hollywoodense, “Tormenta del desierto”, « Justicia infinita » o « Primavera árabe ». Los valores que sirven de horizonte nada tienen ya que ver con aquellos de la experiencia del cuerpo de que antes hablé, sino la idea del intercambio simbólico y la muerte. Un atleta ya no se mide por lo que es capaz de superar respecto a sus propios límites sino por lo que es capaz de superar a los demás. La carrera o el salto contra el crono o contra la ley de la gravedad, han dado paso a la carrera de caballos o a la carrera automovilística. No se trata de ser mejor sino de ser “el” mejor.
Podría argüirse que eso es el progreso. No lo creo así. Como no creo que el cambio de paradigma sea gratuito. La entrada en una lógica ajena, que deglute sus mecanismos por mor de la especta­cularización, ha acabado sometiendo una práctica natural a las reglas del medio que lo deglute (no es casual que la televisión global, basada en el modelo norteamericano, prefiera el balon­cesto, el béisbol o el fútbol americano a lo que los europeos llamamos fútbol : al poder dividirse en pequeños fragmentos, permiten la inclusión de un grupo mayor de insertos comerciales y anuncios que un único corte entre dos tiempos de 45 minutos. Se cuenta que Kissinger intentó hace años convencer a la FIFA para que el llamado por ellos soccer se compusiera de 9 tiempos de 10 minutos o, al menos 6 de 15). El atletismo, por supuesto, pese a su progre­siva supeditación a esa lógica perversa, se llevó la peor parte. La transmisión de los Juegos Olímpicos de Seúl, que tuve que seguir obligatoriamente desde la TV durante una de mis estancias como profesor en la Universidad de Minnesota, no transmitía una final si no había un atleta norteamericano en ella y lo que es peor, si lo había, por ejemplo, en una carrera de medio fondo, la cámara seguía al atleta norteamericano, fuese o no en cabeza y se dio la circunstancia de que en los 1500 (creo recordar), la comunicación se cortó cuando el norteamericano entró tercero, sin permitirnos a los espectadores saber quiénes habían sido medalla de oro y medalla de plata.

En los años de la revuelta estudiantil de mayo del 68, un teórico francés definía la publicidad como el arte de hablar de lo que no se vende para poder vender mejor aquello de lo que no se habla. Hoy, cuando los escándalos de dopaje están a la orden del día, tal vez sería hora de reflexionar sobre si, en vez de demonizar a quien se somete a su uso y abuso, no sería más productivo y juicioso preguntarse dónde radica ese cáncer que amenaza hoy a nuestro deporte. La lógica del dopaje no es individual sino sistémica. Igual que el personaje de Al Pacino en la primera parte de El padrino decía que su padre no era un mafioso, sino un hombre de negocios, asumiendo que en un mundo donde la corrupción es ley, el corrupto no es una excepción, sino la regla, podríamos afirmar sin ningún género de dudas que el atletismo (no hablo de otras supuestas prácticas « deportivas », me temo que irrecupe­rables en la actual coyuntura global) solamente podrá liberarse de la enfermedad que lo corroe el día que abandona el carácter de mercancía mediática. El deporte de base en colegios y escuelas no será ciertamente nunca objeto de titulares en prensa o televisión. Ni falta que hace. Pero serviría para inculcar valores hoy degradados, como el valor del trabajo bien hecho, de la constancia y el esfuerzo, el saber que lo que se busca superar, cuando se compite, son los propios límites, no a nadie en particular ; que no se trata, en suma, de ser mejor que otros, sino pura y simplemente « mejor ». Sé que puede acusárseme de ingenuo idealista. El mundo, dicen, no tiene marcha atrás. No comparto esa idea. Creo firmemente que todo puede ser cambiado, que los valores que hicieron del deporte algo más que un objeto de intercambio, son recuperables. Sobre todo, porque, con ello colaboraríamos a hacer de las nuevas generaciones, no súbditos, como lo son ahora (de la publicidad, de la mercantilización, del usufructo incluso de las pasiones sometidas a la lógica perversa del capital), sino ciudadanos libres. No es algo utópico. José Luis Salvador, cuya memoria hoy honramos aquí, ya señaló en el libro que cité al inicio de mi intervención cómo Píndaro y Esquilo criticaban el peligro de convertir en héroes a « gentes de músculos sin espíritu que reciben la adulación de una ciudad a la que nada aportan », por cuanto —esta vez es Jenófanes quien lo afirma— sobreestimar la fuerza bruta ajena a la educación es una aberración lamentable.

Durante muchos años se luchó para que la educación física y el deporte fuese disciplina universitaria. Hoy que, afortunadamente, ya lo es, desearía que ello sirviese no para “intelectualizar” el deporte, en el sentido, antes aludido, del intelectual que desprecia el cuerpo « real » pero glorifica la imagen mecánica del cuerpo descorporeizado que elaboran los espectá­culos de masas, sino para “naturalizar”, humanizándola, la intelectualidad. Sólo de ese modo, lo que lo hizo una de las formas de experiencia de vida más antiguas del mundo, podrá volver a cumplir un papel mejor que el de simple comparsa. Un mundo donde hacer deporte signifique aprender a gozar del cuerpo, sin someterlo a los estereotipos de la circulación mercantil y donde la multiplicación de espacios públicos adecuados e instala­ciones de acceso generalizado, no dependa de que vayan a haber o no “competiciones”, es decir, espectáculo, sino vivencia, gozosa y compartida, de la fisicidad.

Muchas gracias por su atención.

Presentación de Jenaro Talens en la “Iª Conferencia José Luis Salvador Alonso”

Autoridades académicas y civiles, Prf Dr Jenaro Talens, profesores/as, PAS, estudiantes, familiares, en especial a los del Prf Salvador, prensa y amigos.


Coinciden con esta Lección Inaugural del Curso
2011-2012 el inicio de las celebraciones del 25 aniversario de la creación del INEF de Galicia, y también la celebración de la "Iª Conferencia José Luis Salvador".

El INEF, la Facultad, la universidad gallega de la educación física, del deporte, y de la cultura físico-deportiva, en el mundo, ya tiene 25 años.

Han sido muchos esfuerzos y sacrificios de miles de estudiantes, de más de un centenar de trabajadores y docentes, y de muchos amigos de la institución. El INEF se creó en 1986, e inicio su actividad docente en el Curso 87/88. Al finalizar la Iª Promoción, en el año olímpico de Barcelona´92, la administración incluyó el título en el catálogo de licenciaturas universitarias, hasta entonces era homologado. Ese cambio provocó, también en el INEF de Galicia un nuevo Plan de Estudios, que evolucionó hasta la reforma del EEES (Bolonia). En 2004 el INEF de Galicia se transformó en Facultad de la UDC, donde está madurando como institución universitaria de proyección internacional.

Decíamos, al comenzar, que también celebramos la "Iª Conferencia ANUAL José Luis Salvador", Profesor de esta Facultad, que, entre otros afanes y esfuerzos, tuvo el de que la educación física, el deporte, y, también sus gentes, no nos separásemos demasiado de la filosofía, la historia y las artes. Por ello continuaremos en este empeño.

Anunciamos que, otro proyecto que iniciamos con Salva, en breve editaremos el ensayo "El origen deportivo del estado" de Ortega y Gasset. Para el sabio filósofo "… La cultura no es hija del trabajo, sino del deporte. Bien sé que a la hora presente me hallo solo entre mis contemporáneos para afirmar que la forma superior de la existencia humana es el deporte."

Tomando un poema de quien nos distingue hoy con su arte y sabiduría, el Prf Jenaro Talens, se expresa mejor, mucho de lo que de José Luis Salvador fue en la vida de esta Facultad, palabras del poeta, que el mismo Salva podría haber firmado:

Fui un viejo juglar, y conté historias. Mi nombre os es indiferente.
Sólo dejo constancia de mi oficio
porque fue oficio quien dictó mis versos no la pequeña vida que viví,
ni su dolor, ni su insignificancia.
Ella murió conmigo, y aquí yace, desnuda como yo, bajo esta piedra.

Presentamos brevemente a quien nos impartirá la Lección Inaugural del Curso 2011-2012, y la "Iª Conferencia José Luis Salvador", el Profesor, Traductor, Escritor, y Poeta JENARO TALENS

Cursó estudios universitarios en Ciencias Económicas y Arquitectura, se licenció en Filosofía y Letras, y se doctoró en Filología Románica.
Catedrático en las universidades de Valencia, Carlos III, y de Ginebra, ha sido profesor visitante en universidades de: Minnesota, Montréal, California, Aarhus, Berlín y Buenos Aires.
Es autor de libros de ensayo sobre Semiótica, Historia y Teoría literaria e Historia y Teoría del Cine.

Ha traducido, entre otros, a Beckett, Shakespeare, Petrarca,  Goethe, Hermann  Hesse,  Rilke,  Bertolt Brecht, o al irlandés Sheamus Heaney.

Con el Prf José Luis  Salvador hablamos muchas veces de intentar traer hasta nuestro centro, "al poeta, que fue atleta". Jenaro Talens fue un velocista del máximo nivel, una lesión, a punto de iniciar el viaje hacia los JJ OO de México, le impidió participar. Por entonces ya había publicado varios libros de poesía.

A Jenaro Talens, en una entrevista, que tienen a su disposición, le preguntaron ¿Qué tendrían que aprender los poetas de los atletas?, a lo que respondio: "Los poetas, en general, no sé, yo aprendí mucho: que la lucha no es contra otro, sino contra uno mismo, que las cosas tienen que seguir aunque uno pierda, que nada cae del cielo, que las cosas requieren esfuerzo. La disciplina y la capacidad para saber esperar las aprendí en el deporte".

Su experiencia  con la virtud y fortaleza atlética se refleja en alguno de sus versos: "… esa implosión de un cuerpo en el que busco anclarme. Vieja luz que alumbra, sin embargo, todavía".

También es reconocido por su nomadismo. Qué paradoja,
¡un velocista que, sin dejar ver su fatiga, ha dibujado la rosa de los vientos con sus pies alados!.

Escribió: "No hay nada como saber que el mundo es un sendero y nos invita a caminar".

A Jenaro Talens, algunos especialistas lo encuadran en la "generación novísima", conocida también como "generación de 1970", o "generacióndel lenguaje" otros han dicho que su posición ha sido excéntrica y marginal, casi todos lo consideran metapoeta. También para nosotros, gentes del deporte, Jenaro Talens es un atleta- poeta, que alcanzó muchas veces la meta, en su etimología latina, es decir, que llegó al fin de sus deseos y acciones, junto a la estética y la ética en la actividad, en
su etimología griega.

A nosotros, estudiosos de la educación física, nos produce gozo observar en su poesía la importancia de lo sensorial y de lo corpóreo. Dicen expertos en su obra, que, en su poesía, cuestiona permanentemente la noción de sujeto cartesiano, del mismo modo en el que la buena educación física y el buen deporte pretenden
poetizar la vida, induciendo cierta superación del dualismo cuerpo-alma.

Jenaro Talens nos confiesa:

Esperé mucho, demasiado tiempo para poder sentir
desde el silencio ahora inevitable
el rumor de mi cuerpo junto al tuyo, este mar sin fronteras
donde navego al pairo y busco naufragar.


A todas y a todos, comprometido, provechoso y feliz   curso 2011-2012.

Tiene la palabra el Prof. Dr. Jenaro Talens, que impartirá la Lección Inaugural, y "Iª Conferencia José Luis Salvador", que lleva por título "DEPORTE: ética y estética".

Referencias

Cita en Rev Edu Fís

Jenaro Talens (2013). Deporte: Ética y Estética. Rev Edu Fís. 29 (1).
https://g-se.com/deporte-tica-y-estetica-1531-sa-Y57cfb2722462a

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