Reflexiones Sociologicas Sobre Deporte, la Violencia y el Proceso de Civilización ( y II)

Sociological Reflections on Sport, Violence and the Process of Civilisation (and II)

Eric Dunning

Universidad de Leicester.

Artículo publicado en el journal Revista de Educación Física, Volumen 28, Número 3 del año .

Resumen

Actualmente, existe la creencia —muy extendida en determinadas sociedades— según la cual la violencia está aumentando en todos los ámbitos de la vida social, incluido el deporte. En primer lugar se hace un breve repaso de la teoría de Elías sobre el proceso de civilización. a continuación, mediante el análisis del deporte en el mundo antiguo, en el medieval y en los inicios de la era moderna europea así como el del desarrollo inicial de las formas especí­ficas del deporte, se demuestra que los resultados principales corroboran la teoría de Elías. El artículo concluye con un análisis de los hooligans del fútbol y el de las políticas sociales emprendidas recientemente a este respecto.

Palabras clave: sociología, deporte, violencia, civilización .

Abstract

At the present time, it is widely thought — and very much so in certain societies — that violence is increasing in all spheres of social life, including sport. Firstly, the theory of Elias on the process of civilisation is briey reviewed. Then, by looking at sport in the ancient and the medieval world and the beginning of the modern european era as well as the initial development of the speci­c forms of sport, the main results are shown to corroborate the theory of Elias. The article concludes with an analysis of football hooliganism and the social policies recently undertaken in this respect.

Keywords: sociology, sport, violence, civilisation.

INTRODUCCION

Esta temprana civilización del fútbol y el rugby se daba como parte de un continuo proceso social. Dos “momentos” significativos de ella fueron la creación en 1840 de las primeras reglas escritas y la formación, en 1863 y 1871 respectivamente, del FA y del RFU. Permítanme detallar brevemente estos “momentos”.

Las primeras reglas escritas supervivientes del fútbol se crearon en la Escuela de Rugby en 1845 (Dunning y Sheard, 1979, 91-94). El contexto en el que se crearon era un reflejo microcósmico de la formación del estado y de los procesos civilizadores en la sociedad en general. Permítanme examinar cómo se produjo. Junto con su creciente usurpación en el siglo XVIII por parte de la aristocracia y la clase media, las escuelas públicas experimentaron un ciclo de violencia que se expresaba sobre todo en la frecuencia con la que los muchachos se rebelaban abiertamente contra las autoridades escolares (Dunning y Sheard, 1979, 46-62). Entre 1728 y 1832, por ejemplo, Eton y Winchester sufrieron cada uno al menos siete rebeliones, mientras en Rugby se experimentaron por lo menos cuatro. Que no sea un error describir estas perturbaciones como “rebeliones” se demuestra por el hecho de que las revueltas de 1797 y 1818 en Rugby y Winchester condujeron a la promulgación del “Acta de la Revuelta” y sólo el ejército o la milicia pudieron sofocarlas usando espadas y bayonetas. El primer colegio en el que las autoridades recuperaron el control fue Rugby bajo Thomas Arnold.

No es accidental que aparecieran las formas más reglamentadas y civilizadas del fútbol junto con la regularización de las relaciones de la autoridad en esa escuela, en particular con la aparición de un reformado y revitalizado sistema de auxiliar del prefecto. También fue sintomático de este desarrollo que los muchachos tuvieran mucha autonomía en este proceso (Dunning y Sheard, 1979, 79-99).

El objetivo central de los muchachos del sexto grado en Rugby, que englobaba las reglas escritas de 1845, aseguraba un control más estricto sobre el contacto físico y el uso de la fuerza física en el juego. Con este objetivo, las reglas establecían restricciones sobre la práctica del bloqueo e intentaba prohibir por completo el uso de lo que se llamaban “navvies”. Éstas eran botas guarnecidas de hierro, a veces con clavos sobresalientes, y habían formado una parte violenta del juego en Rugby y algunas otras escuelas públicas. Permítanme divagar por un momento. Que también se usaban las “navvies” al menos en alguno de los antecedentes populares del fútbol moderno fue sugerido por un antiguo alumno de Eton anónimo que escribió desdeñosamente en 1831 que:

No puedo considerar al fútbol sólo un juego de caballeros. Es un juego que atrae especialmente a la gente corriente de Yorkshire, con las punteras de sus zapatos recubiertas de hierro; y por eso se han producido muertes por la gravedad de los golpes infligidos.(Citado en Dunning, 1971, 135)

A pesar de esta actitud rechazable, las formas del “Wall Game” y del “Field Game” - variantes precoces del fútbol, que continúan jugándose hoy en Eton se establecieron co-rrectamente en la escuela en las décadas de 1830 y 1840. De hecho, las primeras reglas escritas del fútbol de Eton se establecieron en 1849 (Dunning y Sheard, 1979, 98, 99). Significativamente, encarnaron el primer tabú absoluto conocido sobre el uso de las manos y por consiguiente pueden considerarse legisladas para una forma primitiva del fútbol. (El “Field Game” de Eton es, en efecto, un tipo de fútbol con una estricta regla del fuera de juego, como en el rugby, que prohíbe pasar hacia delante). Parece probable que la rivalidad entre Eton y Rugby supera la incipiente bifurcación en los juegos del fútbol y el rugby. Sin embargo, la separación sólo se institucionalizó definitivamente cuando el hecho de jugar al fútbol se convirtió en una actividad legítima para los “caballeros” adultos, cuando los miembros de las clases media y superior formaron clubs independientes concreta o principalmente para jugar al fútbol, y cuando, en conexión con ello, se formaron asociaciones para idear reglas nacionales.

La primera de estas asociaciones, la “Football Association”, surgió de una serie de reuniones realizadas en Londres en 1863 y con la asistencia principalmente de “antiguos camaradas” de la escuela pública y otros “caballeros”. Al principio, esos asistentes intentaron formar un sencillo y unificado código del fútbol. La mayoría apoyaba un juego principalmente con los pies del que se eliminaran totalmente las zancadillas, pero los defensores de las variantes del fútbol lo modelaron según la Escuela de Rugby que prefería un juego más rudo, principalmente lanzando y conduciendo la pelota y en el que la práctica violenta de bloquear mantenía un lugar central. Por lo tanto se separaron formando en 1871 la “Rugby Football Union”. Los adictos a Rugby dieron este paso en parte como resultado de una controversia pública sobre lo que se consideraba la violación excesiva de sus códigos, y uno de sus primeros actos al crear un conjunto unificado de reglas fue seguir el ejemplo del fútbol y establecer un tabú absoluto sobre la zancadilla. Hablé de los “códigos” del rugby en plural antes de la unificación de 1871 porque, antes de esa fecha, había variaciones considerables en los juegos realizados por las diferentes escuelas y clubs. Incluso había un tipo de rugby en el que existía un portero (Dunning y Sheard, 1979, 113-122). Permítanme ahora volver al eje central de mi argumento.

La evidencia disponible sugiere que las dos principales fases en el desarrollo inicial del deporte moderno implicaban una transformación hacia una mayor civilización. Es decir, deportes tales como el boxeo, la caza del zorro, el fútbol y el rugby, cuando se desarrollaron en Inglaterra en los siglos XVIII y XIX, pasaron a incluir la eliminación de algunas formas de violencia física y la exigencia general para que los participantes ejercieran un auto control más estricto sobre los impulsos violentos y agresivos por lo que el deporte sirve como forma central de expresión y que, en todo caso, siempre es responsable de desplegar una actividad competitiva. Como parte de este desarrollo, además, deportes tales como el boxeo, el fútbol y el rugby que implican formas de juego enfrentamiento entre individuos y grupos pasaron a someterse al control de los jueces del partido que usan como sanciones, no castigos físicos sino varias formas de faltas específicas del deporte que afectan adversamente a las oportunidades en la contienda al equivocarse los participantes y/o sus equipos. En todos estos aspectos, los deportes modernos son diferentes de sus equivalentes en las Grecia y Roma clásicas, y de sus antecedentes en la Europa medieval y de los inicios de la Era Moderna. En otras palabras, el desarrollo de los deportes modernos es un ejemplo del proceso civilizador. Sin embargo, una contradicción patente a este respecto, es proporcionada por el fenómeno del hooliganismo del fútbol. Terminaré este artículo con una discusión de algunos aspectos de la investigación de Leicester de la llamada “enfermedad inglesa”. Al escribir en 1890 sobre las “reliquias” del siglo XIX de los antecedentes populares del fútbol y el rugby modernos, el etnólogo, G.L. Gomme, decía:

Es imposible… contemplar estos feroces enfrentamientos… sin concluir que las luchas no eran… tanto partidos de fútbol como luchas locales; y cuando observamos además que ahora el localismo sustituye a la asociación, el argumento es la meta forzada para nosotros que tenernos en estos juegos modernos las reliquias supervivientes de las condiciones primitivas de la vida y organización del pueblo, cuando diferentes clanes se asentaban uno junto al otro, pero siempre con el recuerdo de sus distintivos tribales. (Gomme, 1890)

Con una o dos excepciones como el fútbol del martes de carnaval en Ashbourne, Derbyshire, y el partido anual “chut de la botella” del lunes de Pascua entre Hallaton y Medbourne en Leicestershire, estas “reliquias” populares ahora se han suprimido o han desaparecido espontáneamente. Sin embargo, esto es menos pertinente para los fines actuales que el hecho de que la descripción de Gomme sugiere la posibilidad de que, con su intensa manifestación de las rivalidades locales, el hooliganismo del fútbol actual quizás pueda comprenderse como un tipo de continuación urbana periódicamente generada de la antigua tradición popular, aunque superpuesta y entremezclada de forma compleja con el juego mucho más regulado y civilizado de la Asociación. Un apoyo interesante de tal hipótesis procede del trabajo de Richard Holt sobre el deporte en Francia. Muestra cómo, cuando el fútbol empezó a popularizarse en la clase obrera francesa a fines del siglo, los estallidos de violencia del espectador eran una compañía frecuente de los partidos y concluye que: “Tanto en la ciudad como en el campo, los jóvenes que antes se habían enfrentado a los demás en combate abierto en los estadios y mercados empezaron a congregarse en el estadio local con fines muy similares en perspectiva”. (Holt, 1981, 135)

Por supuesto, el fútbol no es el único deporte en el que se desata la violencia de la multitud pero los desórdenes violentos normalmente tienen lugar más a menudo en con-textos relacionados con el fútbol en todo el mundo que en el contexto de otros deportes. Una posible explicación puede ser que esto es función del carácter relativamente no-violento del fútbol en comparación, por ejemplo, con el rugby o el football, es decir, del hecho de que el fútbol proporciona espectadores con pocas oportunidades para expe-rimentar vicariamente violencia y agresividad, y por ello no pueden purificar catárticamente sus impulsos violentos. Sin embargo, tal hipótesis es dudosa. Algunas formas de la violencia de los espectadores de los deportes están en función de la intensidad de la parcialidad y es difícil ver cómo el fútbol genera intrínsecamente mayores niveles de parcialidad que otros deportes. Según Richard Holt, además, en el sur de Francia es el rugby más que el fútbol el que ha proporcionado tradicionalmente el foco principal para las rivalidades del hooligan (Holt, 1981, 135, 136). Tal hipótesis no está de acuerdo con el aumento recientemente divulgado de la incidencia de la violencia de la multitud en el fútbol americano. De hecho, es mucho más plausible suponer que la violencia de la gente es más frecuente en relación con el fútbol simplemente porque el fútbol es el deporte más popular del mundo —Lavrence Kitchin lo ha descrito de modo realista como el único “lenguaje global” aparte de la ciencia (Kitchin, 1966)—. Como tal, no sólo atrae la mayor publicidad sino también las multitudes más grandes sobre todo de la clase baja. En otras palabras, la frecuencia relativamente mayor en todo el mundo de la violencia en, o en relación con, el fútbol parece estar principalmente en función de la publicidad que atrae y del tamaño y composición social de sus multitudes. El hecho de que comparativamente se han denunciado pocos desórdenes de la multitud en el fútbol en los Estados Unidos donde el juego es un deporte minoritario y donde tanto los jugadores como los espectadores salen principalmente de las clases medias es compatible con esta hipótesis. Pero ¿por qué la violencia de la muchedumbre sería más frecuente en un deporte seguido principalmente por gente de la clase obrera? Para proporcionar una respuesta a esta pregunta, permítanme empezar por resumir los resultados de nuestra investigación histórica.

Brevemente expresada, la investigación de Leicester sobre la historia del hooliganismo del fútbol en Gran Bretaña indica que la incidencia de los desórdenes denunciados de la multitud era elevada antes de la Primera Guerra Mundial; decreció mucho entre guerras en Inglaterra aunque no en Escocia; se mantuvo baja en los años inmediatamente pos-teriores a la Segunda Guerra Mundial, después comenzó a crecer a mediados de los 50, pasó a crecer más rápidamente desde mediados de los 60 en adelante (Dunning, Murphy y Williams, 1988). Todas las formas de desorden del espectador que son evidentes hoy —invasiones del terreno de juego, ataques a los jugadores y jueces del partido, la destrucción vandálica de la propiedad, y peleas entre grupos de hinchas rivales— pueden encontrarse en cada período ya que el primer juego profesional se produjo en la década de 1870. Sin embargo, ha variado el equilibrio entre las diferentes formas. Más concretamente, los ataques a los jugadores y jueces del partido eran predominantes antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que las luchas entre grupos de hinchas rivales predominan hoy. Este modelo reciente está de acuerdo con el hecho de que, desde los años 60, sectores de los estadios de fútbol, de las calles circundantes, y de áreas específicas en los pueblos y ciudades donde se disputa el juego profesional han sido tomadas por pandillas agresivas de la clase obrera y por la policía. Para estas pan-dillas, el fútbol se ha transformado en el núcleo principal para manifestar los rituales violentos de la hombría en los que luchan para imponer el control territorial y establecer el dominio físico sobre sus rivales. A su vez, la policía intenta mantener el orden social para impedir que se realicen estos rituales. ¿Cómo puede explicarse tal modelo?

La formación de pandillas callejeras suele ser característico de los sectores más pobres y menos educados de la clase obrera (Dunning, Murphy y Williams, 1988, 184-216). Por una parte, sus miembros suelen estar apegados a los valores que enfatizan la habilidad y buena disposición para luchar como muestra de la hombría. Por otra parte, tienden a mostrar un patrón de personalidad socialmente producido que implica una forma particularmente intensa de identificación local y hacia los miembros del grupo. Como corolario de esto, suelen ser totalmente incapaces de tolerar diferencias locales de origen, clase, sexo, y raza. Tal patrón parece proceder, en parte, de la tradición de mandar a los niños a las calles a jugar sin la vigilancia del adulto. Bajo tales condiciones, los niños suelen interactuar toscamente porque sus conciencias están en una fase precoz de desarrollo y dependen totalmente del control de los adultos. En el hogar, además, los niños de la clase obrera suelen estar sometidos con más frecuencia que los niños de los estratos más altos al castigo físico de sus padres. Como resultado, crecen acostumbrados a dar y recibir violencia, y establecen jerarquías de dominio en las que mandan aquéllos físicamente más fuerte y los mejores luchadores. En la adolescencia, las muchachas suelen retirarse al hogar, dejan las calles como un coto del varón, contribuyendo de esa manera a la formación de pandillas callejeras de adolescentes varones. Éstas se enfrentan regularmente con grupos similares de comunidades vecinas y esto refuerza tanto su solidaridad interna como la agresividad de sus varones dominantes. El refuerzo adicional de la agresividad procede de los modelos de los papeles adultos disponibles en una comunidad de la clase obrera, sobre todo del hecho de que localmente se les otorga prestigio a los varones que puede luchar. Puesto que implica la concesión del prestigio, la lucha pasa a asociarse con la excitación del amor propio. y los sentimientos agradables, de forma que tales varones principales desarrollan una afición por los enfrentamientos físicos y hacen esfuerzos activamente para conseguirlo. Usando una analogía de la cibernética, podría decirse que las comunidades de la clase obrera suelen caracterizarse mediante un ciclo de feedback positivo que genera y reproduce la hombría agresiva y las pandillas combativas como una característica cultural dominante. ¿Cómo pasaron tales grupos a interesarse por el fútbol?

En parte porque había, en ese tiempo, relativamente poco camino hasta el partido, los desórdenes de la multitud en el fútbol británico antes de la Primera Guerra Mundial eran provocados más por causas específicas del partido que hoy día. Por ello el predominio, en ese período, de ataques a los jueces de partido y a los jugadores del equipo contrario. Tal desorden declinó en Inglaterra entre guerras principalmente por la creciente afluencia y la incorporación cada vez mayor de la clase obrera en los valores do-minantes. Son los miembros de los sectores aún relativamente no incorporados y “más toscos” de la clase obrera, aquéllos donde la hombría agresiva y la formación de las pandillas callejeras son la norma, los que han sido atraídos cada vez más por el fútbol desde los años 60. El viaje hasta el partido y, con ello, los desórdenes de la muchedum-bre, empezaron a incrementarse a mediados de los 50. Sin embargo, tales pandillas, sobre todo, se sintieron atraídas involuntariamente hacia el juego durante las Finales de la Copa del Mundo de 1966 debido a los reportajes sensacionalistas de los medios de comunicación que enfatizaron el daño que se haría a la reputación nacional británica si la publicidad mundial incluía los crecientes desórdenes de las multitudes inglesas (Dunning, Murphy y Williams, 1988, 132-156). Durante el evento, apenas existió hooliganismo en las Finales de 1966. No obstante, tales reportajes sirvieron como profecías autocumplidas que, considerando inadvertidamente al fútbol como un contexto donde la acción violenta y excitante tiene lugar regularmente, ayudaban a atraer a las pandillas combativas de la clase obrera a acudir al juego aún más regularmente que antes. Han sido difíciles de desalojar porque, desde su punto de vista, el fútbol es en muchos casos un contexto ideal. El juego en sí es un tipo de lucha e implica una ética muy masculina. También es la clase obrera la que predomina y se ve simbólicamente a los equipos profesionales representando a las colectividades de la clase obrera. Dadas las grandes multitudes, además, el fútbol profesional proporciona un contexto donde es relativamente fácil escapar a la detección y arresto, y por último aunque no menos importante, un grupo de forasteros, el equipo rival y sus seguidores, viene regularmente al terreno local donde se perciben como invasores y blancos para el ataque. Un corolario es que estas pandillas proceden de la excitación agradable de viajar e invadir el territorio de los hinchas rivales. Se dedican a un tipo de juego de guerra y uno de sus objetivos principales es moverse con impunidad por los sectores de los estadios donde se ubican los hinchas locales y establecer el control momentáneo de los pubs del centro de la ciudad y de otras zonas frecuentadas por sus equivalentes locales. También tienen por objetivo luchar y establecer el dominio físico sobre sus rivales o por lo menos hacerles huir. Permítanme concluir mostrando brevemente cómo las autoridades han intentado acabar con este problema.

Desde la década de los 60, las autoridades británicas se han aproximado al problema del hooliganismo del fútbol en primer lugar mediante castigos y controles. Se ha añadido el encierro y la expulsión de los hinchas, junto a una mayor presencia policial y la imposición de crecientes multas y sentencias de prisión. En los próximos dos o tres años, veremos un modelo de tarjeta nacional de identificación regulando la entrada en los partidos. Sin embargo, hasta ahora este enfoque de “ley y orden” apenas ha tenido efecto sobre los hooligans del fútbol excepto para aumentar su solidaridad, desplazar sus actividades lejos de sus territorios y volverse mejor organizados y más sofisticados para evadir los controles. El juego, como era, ha sido atrapado por un mini-ciclo de violencia, y las acciones oficiales han tendido, para equilibrarlo, a exacerbar más que mejorar el asunto. Por supuesto, en tal contexto hacen falta castigos y controles eficaces. Sin embargo, parece improbable que el problema empiece a disminuir mientras las autoridades queden ligadas principalmente a un enfoque de ley y orden.

Queda por verse si pueden ser persuadidos a cambiar el equilibrio hacia medidas más positivas. Entre los tipos de cosas que tengo en mente hay: medidas dirigidas a reducir el énfasis machista del juego y a considerarlo menos un coto del varón; medidas encaminadas a dar a los hinchas un sentido real de pertenencia a sus clubs, incrementando con ello sus sentimientos de responsabilidad y aumentando la probabilidad de que las multitudes se autogobiernen; medidas dirigidas a integrar los clubs más eficazmente en sus comunidades locales aumentando su empleo como re-curso de la comunidad; y sobre todo, medidas educativas y de otro tipo destinadas a separar a los hooligans de la lucha y a proporcionarles oportunidades para conseguir una grata satisfacción con hábitos socialmente más aceptables.

Por el momento, todos los indicios demuestran que las autoridades son incapaces de cambiar el equilibrio de esta manera. Una ideología pragmática está profundamente arraigada en la cultura británica, quizás sobre todo en la cultura de la clase política británica, y aunque la evidencia sugiere que las cosas no son tan sencillas, los castigos y controles al menos parecen prácticos. Sin embargo, a menos que se cambie el equilibrio hacia medidas más positivas, medidas que sean prácticas en un sentido realista, basadas en la investigación, parece probable que el mini-ciclo de violencia que experimentamos actualmente en el fútbol se perpetuará e incluso se agravará. De hecho, la reciente evidencia sobre la “violencia rural”, los “patanes borrachos” y el hooliganismo británico en la Costa Brava sugieren que podemos estar recogiendo actualmente los frutos de políticas desequilibradas, demasiado inclinadas hacia la ley y el orden sobre una extensa área de la vida social británica. Permítanme concluir volviendo a la teoría de los procesos civilizadores.

Por razones aún por explorar, los vaivenes del péndulo tanto hacia la regresión como hacia el progreso siempre han sido característicos del proceso civilizador en Gran Bretaña y otras partes de Europa. Por consiguiente, es imposible decir si actualmente estamos o no al borde de una fase descivilizadora profunda y de gran duración o simplemente experimentamos una “señal detectable” temporal. La única cosa que puede decirse con certeza a este respecto es que, a menos que estalle una guerra nuclear o suframos alguna otra catástrofe ecológica destructora de la vida, el escritor francés del siglo XVIII, Holbach, pensaba en los métodos correctos cuando escribió que “la civilisation n’est pas encore terminee” (el proceso de civilización aún no ha terminado) (Elias, 1982). En otras palabras, aunque no es necesario el progreso continuo y no hay ninguna garantía de que la tendencia evolutiva dominante desde la Edad Media continuará en el futuro, la civilización es un proceso continuo en el sentido de depender de la combinación no planificada de las acciones de los grupos interdependientes contradictorios. Espero que, en este artículo, haya aportado alguna idea de cómo, mediante nuestros estudios sobre la violencia en el deporte, hemos intentado en Leicester contar con el trabajo pionero de Norbert Elias sobre tales procesos. Deseamos, mediante estudios de este tipo, contribuir a incrementar el control humano sobre nuestras vidas indisolublemente sociales e intentar resolver problemas tales como el hooliganismo del fútbol más eficazmente que en el pasado.

NOTAS FINALES

  1. He centrado principalmente esta discusión en el modelo de la hom-bría agresiva de tales varones en lugar de sobre la estrechez de sus modelos de identificación. Ésta parece proceder sobre todo de la pobreza y de las oportunidades culturales y educativas restringidas que están disponibles en una comunidad de la clase obrera más baja (Dunning, Murphy y Williams, 1988, 184-216).
  2. Esto no permite afirmar que los castigos y controles actúen como disuasión en un sentido simple. Ésta no es una cuestión que pueda considerarse definitiva sin una investigación adicional. Sin embargo, sugiere mediante una modificación de uno de los argumentos de Durkheim en “La División del Trabajo” que los castigos y los controles pueden considerarlos necesarios los grupos de decisión como medio de reafirmar los valores dominantes. Por supuesto, dado lo fácilmente que los demás aceptan tales valores como parte de la “hegemonía” de la clase dirigente, las infracciones de éstos por grupos tales como los hooligans del fútbol pueden exigir el castigo y la venganza.
  3. Estas medidas han sido probadas con éxito por clubs tales como Millwall y Prestan.

Referencias

Cita en Rev Edu Fís

Eric Dunning (2011). Reflexiones Sociologicas Sobre Deporte, la Violencia y el Proceso de Civilización ( y II). Rev Edu Fís. 28 (3).
https://g-se.com/reflexiones-sociologicas-sobre-deporte-la-violencia-y-el-proceso-de-civilizacion-y-ii-1644-sa-N57cfb2723d68b

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