Grasa corporal y masa muscular. Una cuestión de proporciones de cara a la salud o la enfermedad

Grasa corporal y masa muscular. Una cuestión de proporciones de cara a la salud o la enfermedad

Con el paso del tiempo la investigación científica ha ido mostrando diferentes puntos de análisis en el estudio de la obesidad, los que básicamente surgieron, entre otras consideraciones, como consecuencia de observaciones más detenidas de la célula adiposa. Aquí, la evolución de los métodos y medios para abordar al adipocito ha sido decisiva para poder comprender las razones de ciertas respuestas biológicas no entendidas anteriormente.

A pesar de las diferentes maneras que hasta el presente han definido a la obesidad, muchas de ellas no lograron fijar el perfil de patología que en sí misma encierra. Uno de los claros ejemplos que permite afirmar lo anterior es el que identifica a la persona obesa metabólicamente enferma y a la que a pesar de la obesidad que tiene se la valora saludable. Mucho se podría hablar sobre esta visión tan parcial como riesgosa de ese modelo de sujeto en cuanto a ser portadora de salud, porque el estado del individuo al momento del diagnóstico que la define como “persona sana” no aprecia dicha valoración la potencial revolución molecular negativa que en ella se podría estar gestando. Para comprender la aseveración última, quizás la relevancia de esta afirmación se comience a aclarar a partir de lo que actualmente la ciencia sostiene en cuanto a que hoy más que la obesidad en sí misma, hay otros aspectos de relevancia a tener en cuenta. Al respecto, se reconoce al presente una suerte de comunicación de la grasa con otros tejidos a través de moléculas definidas como adipoquinas, las que desde dicho tejido llegan a ellos, entre los que se encuentra la masa muscular. Pero también hay suficiente evidencia que desde el músculo se liberan las llamadas mioquinas, moléculas que en buena medida ejercen su efecto controlando las moléculas que se producen en el tejido adiposo. De esta manera, se ha sugerido que la relación de proporciones músculo-grasa parece jugar un papel crucial, porque que uno domine cuantitativamente sobre el otro podría tener sus implicancias positivas o negativas sobre la salud. Así por caso, se sabe que cuanto más crece el adipocito en sus proporciones mayor cantidad de adipoquinas produce, lo que incrementa la posibilidad de entrar en ciertas patologías. Pero también se ha visto que la pérdida de masa muscular reduce la cantidad de mioquinas que el mismo genera. Visto de esta manera, controlar la evolución de estos tejidos podría ser un punto de gran importancia para nuestra salud. Sobre ello abordaremos cuestiones centrales seguidamente.

Al presente hay un conocimiento indubitable y es que tanto el tejido adiposo como el muscular son verdaderos órganos endocrinos que secretan varias moléculas, definidas bajo la denominación genérica de adipoquinas y mioquinas. Ellas se encuentran involucradas en funciones autocrinas, paracrinas y endocrinas, lo que además permite mostrar a ambos tejidos en un estrecho vínculo entre ellos y con otros, lo que ha sido definido en casos concretos como una verdadera comunicación cruzada, diafonía o “cross talk”, llevada a cabo por las referidas citoquinas.

Una de las distinciones más relevantes que ha cambiado paradigmas ha sido la señalada a inicios de la década del 80 del siglo pasado. Allí Ruderman y colegas plantean la distinción entre obesos metabólicamente saludables (OBMS) y obesos metabólicamente enfermos (OME). Pero hoy también se advierte sobre la existencia de personas magras en condiciones metabólicas similares a los obesos poseedores de patologías cardiometabólicas (Ruderman N.B., et al. The “metabolically-obese,” normal-weight individual. Am. J. Clin. Nutr. 1981). En verdad se advierte que la manifestación de la OBMS podría ser una forma de “honeymoon obesity” o sea un estado de "obesidad de luna de miel" donde hay una ausencia temporal de enfermedad metabólica pero que ella está en curso. Justamente aquí, autores como Iacobini y colaboradores se han expresado recientemente afirmando que esta OBMS es un estado temporal que tarde o temprano resultará en una condición patológica (Iacobini C., Pugliese G., Blasetti Fantauzzi C., Federici M., Menini S. Metabolically healthy versus metabolically unhealthy obesity. Metab. Clin. Exp. 2019). Ya años antes Kramer y colegas en un metaanálisis mostraron que las personas con OBMS tenían un mayor riesgo de eventos cardiovasculares en comparación con las personas con peso normal y metabólicamente saludables (Kramer C.K., et al. Are metabolically healthy overweight and obesity benign conditions?: A systematic review and meta-analysis. Ann. Intern. Med. 2013).

Es conocido que el envejecimiento generalmente se asocia a una forma de obesidad en la cual las personas tienen una masa corporal normal pero poca masa muscular, algo reconocido como obesidad normopeso. Este excedente graso, que puede ir tomando la forma de obesidad sarcopénica con el tiempo, raramente es detectada y por ello tratada, por el hecho de que los sujetos presentan un peso corporal normal, tal como lo expresa Sakuma (Sakuma K, Yamaguchi A. Sarcopenic obesity and endocrinal adaptation with age. Int J Endocrinol 2013). Infelizmente también hay en estas edades una redistribución de la grasa hacia la cavidad abdominal y a órganos contenidos en ella, con elección predilecta del hígado, pero también se posiciona periféricamente en los músculos (Addison O, et al.. Intermuscular fat: a review of the consequences and causes. Int J Endocrinol 2014). Estos depósitos, cuando alcanzan dimensiones elevadas y la grasa no puede ser debidamente metabolizada, normalmente generan patologías.

De considerar acá es que la inactividad física se asocia con una disminución de la masa muscular, y ello se ha visto vinculado a un aumento de la adiposidad visceral, inflamación sistémica crónica, resistencia a la insulina, obesidad y Diabetes tipo 2 (Pedersen BK, Febbraio MA. Muscles, exercise and obesity: skeletal muscle as a secretory organ. Nat Rev Endocrinol 2012).

Está bien establecido que el músculo esquelético es clave para la oxidación metabólica de los lípidos, pero también viéndoselo capaz de actuar en órganos y sistemas orgánicos accionando directamente sobre el mantenimiento de la homeostasis corporal (Karstoft K., Pedersen B. K.. Skeletal muscle as a gene regulatory endocrine organ. Curr. Opin. Clin. Nutr. Metab. Care 19, 2016). |Además se lo puede valorar en su conjunto al presentarse como un verdadero productor de agentes antiinflamatorios, ya que varias mioquinas regulan y controlan la liberación de adipoquinas de fuerte acción proinflamatoria (Petersen A. M. W., Pedersen B. K.. The anti-inflammatory effect of exercise. J. Appl. Physiol. 98, 2005). De esta manera, varios autores apoyan la hipótesis de que la práctica regular de ejercicio físico organizada en un programa de entrenamiento sistematizado en el tiempo (efecto crónico), ejerce un efecto antiinflamatorio inducido por las sesiones (efecto agudo), lo que conduce a una acción protectora frente a situaciones inflamatorias crónicas, generada por niveles de adipoquinas proinflamatorias (Batista M. L., et al.. Exercise training changes IL-10/TNF-alpha ratio in the skeletal muscle of post-MI rats. Cytokine 49, 2010).

Así, controlar la grasa corporal por el músculo a través del ejercicio tiene dos claras respuestas cuando él está debidamente elegido y planificado. Por un lado evitar el desarrollo del tejido adiposo, lo que arrastraría consigo la producción y liberación de adipoquinas fuertemente inflamatorias, y además potenciar el crecimiento y evitar el deterioro de la masa muscular, lo que implica sostener y también incrementar las mioquinas que controlan, directa o indirectamente, la salud orgánica.

SHARE