Actividad física y enfermedad "Osteoarticular"

Actividad física y enfermedad "Osteoarticular"

El Dr Alejandro Camps nos introduce en las líneas generales de prescripción de ejercicio en presencia de enfermedad "Osteoarticular":


Existen en la actualidad más de 100 enfermedades reumáticas que varían en los grados de afectación articular y sistémica. Dentro de ellas se engloban un conjunto de enfermedades crónicas con diferentes grados de afectación articular en órganos y sistemas. Las articulaciones más frecuentemente afectadas son: manos, muñecas, pies, rodillas, caderas, columna cervical y lumbar.

La patología base consiste en una inflamación de la articulación desencadenada por erosiones, desgarros o desgastes, por lo que aparece una dificultad para movilizar la articulación y dolor que puede afectar finalmente a la musculatura adyacente. Los dos tipos más comunes de enfermedades articulares son la artrosis u osteoartritis y la artritis reumatoide. Otras, con elevada presencia en la población mundial, son la espondilitis anquilosante, osteoporosis, dolor lumbar y la fibromialgia reumática.

En cualquiera de los casos nos encontramos ante un paciente con una enfermedad crónica (con afectación articular y sistémica), con necesidad de tratamiento farmacológico continuado no curativo y con tendencia a producir incapacidades o limitaciones. Todo esto afecta al aspecto psicológico del paciente, haciéndole perder la autoestima y confianza. Por tanto, el plan terapéutico de estos pacientes no sólo deberá incluir una prescripción farmacológica adecuada, sino también una prescripción de ejercicio, unas recomendaciones higiénico posturales y unas adaptaciones y ayudas técnicas para cada tipo de patología.


EFECTO DEL EJERCICIO

Los objetivos del ejercicio físico en la artritis reumatoide, son principalmente restaurar la movilidad articular, controlar el dolor y aumentar la fuerza muscular, además de obtener beneficios generales para la salud. Diversos estudios muestran que el ejercicio físico de tipo aeróbico, especialmente las variedades de bajo impacto o exentas de impacto, es bueno y deseable para los pacientes con artritis reumatoide. Además, cada vez existen más evidencias de que el entrenamiento cardiovascular contribuye no sólo a la forma física, sino también al incremento de la autosuficiencia y a la disminución y control del dolor y la rigidez articular con un aumento del rango del movimiento articular. Los estudios han demostrado que los pacientes con artritis reumatoide y con una mala condición física pueden participar en programas de ejercicio aeróbico de baja intensidad sin exacerbar su enfermedad. Los pacientes mejoran su estado funcional, su energía cotidiana y diversos aspectos subjetivos que podrían tener un impacto positivo sobre la calidad de vida.

La artrosis es un proceso evolutivo, no un proceso adquirido, por tanto, toda actuación sobre los factores de riesgo puede modificar el curso de la enfermedad. El ejercicio físico puede contribuir a mejorarla o empeorarla. El ejercicio produce ventajas en los pacientes con artrosis y puede retrasar la necesidad de tomar analgésicos, porque ayuda a reducir el dolor y la rigidez, además de aumentar la flexibilidad, la fuerza muscular, la tolerancia y la sensación de bienestar. Por otra parte, el ejercicio ayuda a reducir el peso y a mantenerlo como factor de riesgo de desarrollo de la artrosis. Aunque no existen indicios importantes de los beneficios del ejercicio en la artrosis, el análisis de ensayos clínicos ha indicado que los ejercicios de la cadera o la rodilla benefician a algunos pacientes. Un estudio ha revelado que los pacientes que seguían un programa de ejercicios de resistencia o aeróbic sufrían una menor invalidez, dolor y tenían una mejor capacidad para realizar tareas físicas que los grupos controles. El paciente debería esforzarse por hacer con frecuencia sesiones de ejercicio guiado por fisioterapeutas o instructores acreditados.

Los deportes que presentan menos riesgo de padecer artrosis son la carrera, el ciclismo y la natación, problema que también aumenta con la práctica intensa. De todos ellos, la natación es el deporte con menos riesgo osteoarticular.

Parece ser que el ejercicio regular puede retrasar la edad en que comienza la pérdida de masa ósea y también, el momento en que la osteopenia es lo suficientemente significativa como para hacerse clínica. Sin embargo, no hay pruebas concluyentes que afirmen que un programa de ejercicio pueda sustituir a la terapia hormonal como tratamiento preventivo en premenopáusicas.

El mecanismo aceptado para explicar la adaptación del tejido óseo a las fuerzas que debe soportar, sugiere que las deformidades producidas por estas fuerzas de tensión, compresión o cizallamiento son captadas por las células óseas, los osteocitos, que originan la respuesta para la adaptación correspondiente. La aplicación de la fuerza desplaza el líquido intersticial en el interior de los canalículos óseos, produciendo una deformidad mecánica en las paredes celulares o induciendo un cambio de potenciales en las mismas. En ambos casos se provoca la liberación de sustancias (citoquinasa, prostaglandinas, factores de crecimiento, óxido nítrico) que modifican la actividad de los osteoblastos.

Los deportes de mayor impacto son los más recomendables para disminuir el riesgo de padecer osteoporosis en el futuro, siendo la natación la menos aconsejada en estas edades para el aumento de la densidad de masa ósea. Por otro lado, es importante señalar el carácter loco-rregional que tiene la práctica de actividad física sobre el sistema esquelético, es decir, la realización de ejercicio físico influye en la región o regiones sometidas a carga, tomando el trabajo isométrico como alternancia útil para aumentar la masa ósea en determinadas localizaciones.


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