¿Entrenamiento funcional?...del marketing a la realidad de una “necesidad” (II)

¿Entrenamiento funcional?...del marketing a la realidad de una “necesidad” (II)

Juan Ramón Heredia

Guillermo Peña

Victor Segarra

IICEFS


Retomando…un poco más sobre aspectos terminológicos y conceptuales.

En la primera parte de este blog, planteamos como el término funcional, en su propia esencia (definición) era aplicado al contexto del ejercicio físico más atendiendo a un mero interés comercial, que a la realidad del propio término y concepto. Es decir, el término se utiliza en muchos casos basándonos más en una utilización interesada del término que atendiendo al significado real y contenido en el mismo (es bastante sencillo ya que basta con buscar en el diccionario). Considerando todo ello, quizás tendría poco “sentido” hablar de un entrenamiento “funcional” y otro que no lo es (puesto que todo entrenamiento tiene entre sus fines dicho objetivo –de hecho en ello se basa-) y mucho menos cuando esa diferenciación simplemente se basa en la mera utilización de determinados “ejercicios”, “materiales”, “tipos de resistencias”, etc…

De manera simple, creemos que este concepto queda ampliamente justificado y argumentado en la anterior entrada. En esta segunda parte (de las tres que componen esta temática) seguiremos viendo algunas cuestiones relacionadas con el denominado “entrenamiento funcional” que deben animarnos a reflexionar y quizás, poder progresar en el conocimiento respecto a los criterios para proporcionar mayor funcionalidad a nuestros entrenamientos en base a un mayor rigor y evidencia.

“Transferencia”, “movimientos naturales”, “actividades vida diaria”….

Otro de los términos asociados al concepto de entrenamiento funcional es el de “transferencia” (T). Volviendo a realizar un análisis etimológico de la palabra, supone: (del latín transferens, -entis, part. act. de transferre, transferir). “Acción y efecto de transferir, que es acto de pasar o llevar algo desde un lugar a otro”.

Considerando que todo entrenamiento buscará como objetivo único lograr el mayor efecto positivo sobre rendimiento específico [16], en este caso sobre la salud y calidad de vida. La T se producirá cuando se estimulan uno o varios factores del rendimiento en la actividad receptora de la T (ángulos en que se aplica la fuerza, tipo/s activación muscular, fase del movimiento y velocidad y lo hará durante el propio ejercicio sin otros requerimientos [16].

El desarrollo de ejercicios integrados, variados, multiplanares, etc., será siempre adecuada si se consideran los factores de estímulo mínimo (y por tanto necesidad de repetición y sistematización) para producir adaptaciones, debiéndose planificar y programar dichos ejercicios atendiendo al nivel de carga (externa-interna) en relación al nivel de rendimiento actual del sujeto y el proceso global de entrenamiento.

A este respecto estas propuestas aportan una supuesta transferencia (T) a la vida diaria (AVD) y/o laboral (AVDL). Adversamente a lo que ocurre con los estudios sobre los programas de entrenamiento de la fuerza con una orientación fisiológica, no parece existir un nivel tan profundo de producción científica que aborde objetivamente los efectos del entrenamiento basado en propuestas “funcionales” para el desarrollo y la mejora de las diferentes características morfológicas, aptitudes neuromusculares y estatus funcional [1, 2].

Por otra parte, en numerosas ocasiones algunos de los ejercicios o tareas se basan en movimientos en los que puede existir un déficit de aspectos básicos en lo referente a la higiene postural. Ello tiene vital importancia no solo por cuanto no se realiza atendiendo a unos criterios objetivos en base a un análisis de las, tan nombradas pero escasamente analizadas en las ciencias del ejercicio, actividades de la vida diaria (AVD) y vida diaria laboral (AVDL) sino que muchas de estas acciones articulares o su combinación pueden suponer un elevado riesgo (relación seguridad-eficacia) y que además dicho riesgo demostrado (hay un alto nivel de evidencia al respecto, frente a una escasa o nula nivel de la misma en el sentido contrario) podría verse incrementado en lo que puede suponer el adquirir tales hábitos posturales en su aplicación a dichas AVD y AVDL [1, 2].

Por tanto, podríamos decir que, en muchas ocasiones, estas propuestas carecen de unos criterios de aplicación y de progresión sobre los que fundamentar el entrenamiento. Por otro lado, no abordan la forma de integrar dicha metodología dentro de los tradicionales programas de acondicionamiento físico saludable, situación que ha supuesto que sea aplicada de forma excluyente y como algo muy específico y que ha desembocado en una aplicación excluyente de esta metodología y de sus ejercicios específicos desde una fase inicial del entrenamiento, pudiendo no resultar tan eficaces como se proclama [1, 2].

Otro aspecto que parece utilizarse con demasiada ligereza es el de “natural”, asociándose al hecho de que determinadas tareas aplicadas al individuo pueden tener un carácter más “natural” frente a otras que parecen no poseer dichas características. Si buscamos la definición del término “natural” (RAE, 2013), encontramos que podría entenderse atendiendo a las acepciones primera (“como perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas”, es decir será más “natural” aquello que atienda a las propiedades innatas del sistema psico-biológico y sería menos natural aquello que fuese o atentase contra esas propiedades), tercera (“hecho con verdad, sin artificio, mezcla ni composición alguna”, es decir sería más natural aquello que se realiza con el propio sistema psico-biológico y sin utilizar ningún dispositivo) y sexta (“que comúnmente sucede”, es decir sería más natural realizar aquello que suceda de forma más común en la vida de un individuo).

La primera cuestión es que si bien la primera acepción, en su utilización para fundamentar el entrenamiento funcional, podemos considerarla muy adecuada (no será natural o funcional aquello que pudiese no atender a la realidad psico-biológica individual) la segunda posee algunos matices, dado que en algún momento el empleo de implementos o dispositivos pueden suponer (y ello dependerá de unos adecuados criterios para su utilización y no tanto de su mera utilización) una importante y positiva herramienta de ayuda para el logro de objetivos relacionados con la salud (sería como pensar que ante una patología o enfermedad es mucho mejor ser naturales y no recurrir a los avances que nos proporcione la farmacología y nuevamente aquí nos encontramos con la necesidad de poseer criterios adecuados para su utilización) y por último si nos basamos en la acepción sexta, no parece tener demasiado sentido repetir aquello que es más común en la vida diaria (que podría ser, sencillamente estar sentado) sino que muchas veces puede tener más sentido compensar y preparar para realizar aquello que es más natural en nuestro día a día y, si ello es analizado, muchas veces poco tendrá que ver con la repetición de acciones ya de por si repetidas con alta frecuencia y volumen en nuestro día a día.

Muchos programas y ejercicios son desarrollados actualmente bajo la denominación de “funcionalidad” y esa supuesta transferencia a las actividades de la vida diaria de los individuos y ni siquiera han sido analizadas tales actividades a nivel general o de manera más específica según el puesto de trabajo (aunque como comentamos en la anterior entrada esto si ha sido ya objeto de estudio por parte de algunos profesionales entre los que se encuentran algunos de nuestra institución. Este hecho debe llamarnos a la reflexión. De esta forma, entrando a realizar dicho análisis encontramos que actualmente las sociedades industriales han realizado un proceso de civilización que se ha unido al propio estilo de vida que viene impuesto por la sociedad de hoy en día, el cual ha llevado a un claro predominio del sedentarismo, desembocando éste en la falta de movimiento o hipocinesis. Si analizamos los estímulos a los que se somete al sistema neuromuscular en nuestra sociedad actual son cada vez menores y, quizás lo más importante, menos variados [1, 2].

Al igual que ocurre con el entrenamiento deportivo, se debe realizar un análisis exhaustivo de las características que definen las actividades que el individuo realiza durante su vida para, a partir de dicho análisis, poder llegar a diseñar programas de entrenamiento donde se potencien aquellos aspectos que sean necesarios para garantizar un óptimo rendimiento en dichas AVD y AVDL y se compensen los posibles desajustes que dichas actividades (que recordemos realizamos durante más de 1/3 del tiempo diario durante casi toda nuestra vida) pueden llegar a ocasionar en nuestro organismo [2] y para lo que, no olvidemos, escasamente disponemos de un mínimo de 2-3 horas semanales (ojala todo el mundo cumpliese con ese mínimo), lo que resalta la importancia de unos adecuados procesos de estructuración del entrenamiento y de prescripción (importancia de la dosis), además de lograr el objetivo paralelo de buscar transmitir unos hábitos positivos y lograr la modificación de los negativos en el contexto del estilo de vida individual del sujeto [2, 3, 10, 11, 12].

Del entrenamiento “funcional” a los ejercicios “funcionales”

Curiosamente, como comentamos en la primera parte, parece que un determinado ejercicio o grupo de ejercicios, con unas determinadas características o materiales, convierten a los mismos en un “entrenamiento funcional”, mientras que también ocurre que la aplicación de “otro” tipo de ejercicios, con otras características, o la no utilización de ciertos materiales tachan al entrenamiento de “no funcional” (aunque pueda estar perfectamente diseñado, adecuado a los objetivos, el sujeto y el momento de aplicación, provocar adaptaciones saludables, etc.).

Existen, inicialmente, algunas diferencias a la hora de utilizar los términos en relación a un ejercicio o grupo de ejercicios y un entrenamiento (cuesta pensar que es necesario explicar algo tan sencillo, pero lamentablemente parece que la utilización adecuada del lenguaje y su aplicación al contexto constituye una materia pendiente en algunos casos) y su funcionalidad.

“Entrenar” supone (RAE, 2013) “prepararse”, y ese término es definido como “prevenir, o disponer con alguna finalidad o para una acción futura. Hacer las operaciones necesarias para obtener un producto”. Por tanto, entrenar supone un conjunto de operaciones dirigidas a prevenir o preparar para un objetivo o finalidad. Ello está más ligado a los procesos (planificación, programación, periodización) que organizan, estructuran y operan con una serie de variables que acaban definiendo una dosis de ejercicio (prescripción), que al mero hecho de describir una serie de ejercicios encadenados y muchas veces con escaso criterio en su selección y mucho más en la propia definición de la dosis.

Mientras tanto, el término ejercicio (como bien pueden encontrar definido en el apartado de “enciclopedia” de la Sección Salud y Fitness de G-SE) procede del latín “exercitĭum” que en su acepción tercera se define como: “conjunto de movimientos corporales que se realizan para mantener o mejorar la forma física” (RAE, 2012). Por tanto cualquier “movimiento” corporal solo podría considerarse “ejercicio” cuando su selección, variables de aplicación y realización (dosis), integrado en el contexto de un programa de entrenamiento, atiendan a adecuados y evidenciados criterios que supongan un estímulo suficiente para logar mantener o mejorar la condición física[2]. Por tanto un ejercicio es un movimiento, pero para que dicho movimiento adquiera tal característica y pase a convertirse en un ejercicio debe poseer ciertas características que permitan mejorar o mantener la condición psico-física. En dicho caso, la funcionalidad radicará en que el ejercicio atienda al estado psico-biológico en que se encuentra el individuo en ese momento y lograr provocar respuestas que propicien las oportunas adaptaciones en dicho sistema.

Una vez revisado, de manera sucinta, el concepto y los planteamientos establecidos entorno al denominado “entrenamiento funcional”, intentaremos estructurar los objetivos que constituirían dicho entrenamiento funcional (y que como hemos visto se relacionan con la propia función psico-biológica del ser humano, es decir debe atender a la misma, a su evolución y desarrollo y contemplarla interviniendo en forma de intentar potenciar un desarrollo adecuado y minimizar los deterioros que también son inherentes a dicha evolución). Es decir, el entrenamiento tendrá un carácter funcional (al igual que en el deporte cuando considere la propia lógica interna del mismo y busque mejorar rendimientos y prevenir lesiones) en su aplicación a la salud y calidad de vida cuando se contemple la evolución del ser humano, se potencie el rendimiento durante la vida y se compensen los desajustes y posibles problemas inherentes a dicho proceso. Por tanto, sin considerar tales objetivos, y plasmarlos en un adecuado, planificado y programado proceso de entrenamiento, difícilmente podremos hablar de “entrenamiento funcional” (dado que no atendería a la “función” del sistema psico-biológico). De la misma manera, para lograr dichos objetivos se torna clave el concepto planificación, programación, periodización y finalmente prescripción de “dosis” de ejercicio y su relación con la respuesta a la misma, como forma de optimizar los procesos operativos entorno al logro de los objetivos propuestos [2, 3, 6, 7, 8, 9, 13, 14,15]. Pero de esto hablaremos en otro momento en este blog.

Por tanto, el entrenamiento supone un proceso que debe atender a cierto nivel de estructuración (algo que, como hemos dicho trataremos en otros momentos en este blog), al llegar a la fase de prescripción, finalizando dicho proceso cobrará importancia el tipo de ejercicios que seleccionemos. Consideraremos el componente de funcionalidad de los mismos cuando, siendo conscientes de tener una capacidad operativa limitada (número de ejercicios por sesión), los mismos sean escogidos adecuadamente atendiendo a los objetivos a cubrir, según lo anteriormente expuesto.

Todo esto supone que no existen ejercicios “funcionales” y otros que no los son, de alguna manera todos (cumpliendo con componentes de seguridad y eficacia) lo podrán ser en algún momento de la fase del entrenamiento del sujeto si sirven para generar adaptaciones que redunden en el logro de los objetivos pretendidos (existen “incompresibles” y “acalorados” debate en torno a cuestiones tan sencillas como sensibles respecto a ciertas susceptibilidades con más origen en las creencias que en las evidencias científicas). El problema no es un determinado ejercicio (que, insistimos, no es más que conjunto de acciones articulares organizadas con un objetivo o fin), sino analizar y poseer criterios adecuados para que dicho conjunto de movimientos, organizados en forma de ejercicio cumplan con el objetivo propuesto atendiendo a los criterios de seguridad, eficacia y funcionalidad (en ese momento y para ese individuo determinado).

Y por fin…

Deberíamos concretar de forma práctica y aplicada toda esta fundamentación (alrededor de la que ya existe una amplia evidencia y sobre la que hemos publicado bastante desde nuestro grupo durante los últimos cinco años). Para que los entrenamientos sean “funcionales” deben atender a dicho criterio desde el primer paso (que sería la adecuada valoración), estando presente a lo largo de todo el proceso de planificación, programación, periodización y concretándose en una prescripción adecuada que supondrá el manejo y control de unas variables en forma de dosis y concretándose en una serie de ejercicios que el sujeto debe practicar en la unidad de entrenamiento. Si todo ello se realiza adecuadamente, atendiendo al estado psico-biológico del individuo, estimulando adecuadamente sus sistemas y provocando adecuadas respuestas y adaptaciones, solo entonces, sabremos que hemos realizado un entrenamiento verdaderamente “funcional”. Pero ello no depende de un “nombre” (en forma de método, sistema, programa, ejercicio, material), como esperamos haya quedado justificado.

Es obvio que llevar a cabo esta labor exigirá mucho más que el espacio que pueda conllevar un blog y que demandará, además la implicación por parte del técnico y profesional, por ello animamos a seguir indagando al respecto, a no conformarse con lo expuesto por la industria y el marketing y solicitar referencias y evidencias respecto a las afirmaciones y exposiciones, así como también sería recomendable ser exigentes con las formaciones en las que se deposita la confianza.

En la próxima entrada seguiremos profundizando en esta cuestión (y en otras) y en este lugar (como en otras secciones de G-SE, como la dirigida por nuestros compañeros los Profesores Mauricio Moyano y Matías Sampietro) pueden ustedes encontrar posibilidades entorno a la que seguir buscando el crecimiento personal y profesional en este camino que todos recorremos día a día.

Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

Referencias bibliográficas

1.Colado JC, Chulvi I, y Heredia, JR (2008) Criterios para el diseño de los programas de acondicionamiento muscular desde una perspectiva funcional. En: Ejercicio físico en salas de acondicionamiento muscular: bases científico-médicas para una práctica segura y saludable. Rodríguez PL, ed. Madrid: Panamericana. pp 154-167

2.Heredia JR, Peña G, Moral S (2011): Entrenamiento funcional en Sañudo B y García B (Coordinadores): Nuevas orientaciones para una actividad física saludable en centros de fitness. Editorial Wanceulen.

3.Heredia, JR; Isidro, F; Chulvi, I; Mata, F: Guía de ejercicios de fitness muscular. Editorial Wanceulen. 2011

4.Heredia JR, Isidro F, Peña G, Mata F, Moral S, Martín M, Segarra V, Edir Da Silva M: Criterios básicos para el diseño de programas de acondicionamiento neuromuscular saludable en centros de fitness Ef. Deportes. Argentina. Año 17-Nº 170- Julio 2012

5.Isidro F, Heredia JR, Chulvi I (2007) Entrenamiento funcional: Revisión y replanteamientos. En Isidro, F; Heredia, JR; Pinsach, P; Ramón, M. Manual del entrenador personal del fitness al wellness. Barcelona: Paidotribo

6.Peterson, M.D., Rhea, M.R., and Alvar, B.A. (2005). Applications of the dose-response for muscular strength development: A review of meta-analytic efficacy and reliability for designing training prescription. J Strength Con Res, 19: 950-958.

7.Peterson MD, Rhea MR, Alvar BA. (2004) Maximizing strength development in athletes: a meta-analysis to determine the dose-response relationship. J Strength Cond Res. 18:377-382.

8.Rhea MR, Alvar BA, Burkett LN, Ball SD. (2003) A meta-analysis to determine the dose response for strength development. Med Sci Sports Exerc. 35: 456-464.

9.Rhea MR, Alvar BA, Burkett LN. (2002) Single versus multiple sets for strength: a meta-analysis to address the controversy. Res Q Exerc Sport. 73: 485-488.

10.Leijon O, Lindberg P, Josephson M, Wiktorin Ch (2007) Different working and living conditions and their associations with persistent neck/shoulder and/or low back pain disorders. Occup Environ Med 2007; 64:115-121

11.Leclerc A, Chastang JF, Niedhammer I, Lander M-F, Roquelaure Y (2004), Group on Repetitive Work. Incidence of shoulder pain in repetitive work. Occup Environ Med; 61:39-44.

12.Hyrsomallis C, Goodman C (2001) A review of resisitance exercise and posture realignment. J Strength Cond Res; 15 (3):385-390.

13.Peterson MD, Rhea MR, Sen A, Gordon PM. Resistance exercise for muscular strength in older adults: A meta-analysis. Ageing Research Reviews 2010; 9: 226-237

14. Toigo M, Boutellier U. New fundamental resistance exercise determinants of molecular and cellular muscle adaptations. Eur J Appl Physiol 2006; 97:643–63.

15.Fleck SJ. Periodized strength training: a critical review. J Strength Cond Res 1999; 13 (1):82-89.

16.González-Badillo, JJ; Ribas, J. Programación del entrenamiento de fuerza. Barcelona: Inde; 2002.



COMPARTIR