¿Es realmente el “Overreaching” necesario para mejorar el Rendimiento?

¿Es realmente el “Overreaching”  necesario para mejorar el Rendimiento?

En la terminología anglosajona existe una clara diferencia entre “overreaching” y “overtraining”. En español esta diferencia es menos clara y podríamos referirnos -verbigracia- a sobrecarga y sobreentrenamiento respectivamente. Así, la sobrecarga es un proceso que se caracteriza por síntomas de fatiga, disminución del rendimiento, cambios en el humor, etc., que si se cronifican en el largo plazo, acaban por generar un síndrome de sobreentrenamiento, de muy difícil tratamiento y reversibilidad. Para entender la dimensión de lo que es el realmente el sobreentrenamiento, comentaré que, por ejemplo, es muy frecuente que los atletas consuman Prozac® para superar este síndrome, lo que nos permitiría hablar metafóricamente de la “depresión del atleta”. Ya dentro de la sobrecarga, se distingue clásicamente entre la funcional y la no funcional. Esto es, se presupone que hay un tipo de sobrecarga, la funcional, caracterizada por una disminución del rendimiento y alteraciones transitorias en la homeostasis, incluyendo la inmunidad, que es necesaria para alcanzar un estado de forma superior después de la pertinente fase de afinamiento o “taper”. ¡Cuántas veces nos habremos resfriado en las semanas más duras del mesociclo previo a la competición!

Retomando los conceptos del entrenamiento ancestral o paleolítico a partir de los principios de la fisiología evolutiva, no parecería muy plausible o no tendría sentido, sin embargo, la sobrecarga funcional previamente referida. Como ya comentamos en un artículo sobre el significado evolutivo de la fatiga, es de presuponer que en un contexto de supervivencia ancestral en el que el ahorro de energía para poder obtener nutrientes del entorno favorecería las conductas más eficientes, el Homo sapiens decidiese autorregularse y descansar lo necesario para recuperarse de las jornadas más duras y poder afrontar así las exigencias de las jornadas siguientes con éxito. Por eso que debieron predominar las actividades físicas de baja intensidad diariamente para poder realizar sobreesfuerzos cuando era puntual y realmente necesario. Así podremos entender que estados voluntariamente prolongados de sobreesfuerzo no tienen sentido desde una perspectiva evolutiva y, por lo tanto, ponen en cuestión la validez del concepto de sobrecarga funcional.

Pues esta predicción del modelo ancestral ha sido confirmada recientemente con el reciente estudio de Aubry y colaboradores publicado en el “Medicine and Science in Sports and Exercise”. Así, en este estudio con un grupo numeroso de triatletas, se verificó que los síntomas de sobrecarga no se asociaban a mejoras en el rendimiento en el periodo de afinamiento después de tres semanas de entrenamiento intensificado. Esto es, los triatletas que no experimentaron los síntomas de sobrecarga mejoraron más el rendimiento, y esta mejora sí se relacionó -en este caso- con la intensificación del entrenamiento en la fase de carga previa al afinamiento. Así, tendríamos aquí otra prueba más de que no es necesario llevar al cuerpo al límite para mejorar el rendimiento, sino llevar la carga al límite de lo que realmente toleramos sin experimentar síntomas de mala adaptación como exceso de fatiga, cambios de humor o baja inmunidad. Por eso que es tan importante “escuchar” las señales del cuerpo y no entrenar lo que fue programado cuando realmente no sentimos que podemos sin excesivos problemas con esa carga.

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