El Entrenamiento de Fuerza No mejora siempre el Rendimiento en los Deportes de Resistencia

El Entrenamiento de Fuerza No mejora siempre el Rendimiento en los Deportes de Resistencia

Desde la aparición de los pioneros trabajos de Leena Paavolainen a finales de los años 90, especialmente el estudio clásico publicado en el Journal of Applied Physiology en 1999, está bastante extendido el concepto de que el trabajo de fuerza puede mejorar el rendimiento de los corredores de fondo. Este incremento se produciría principalmente por una mayor economía de carrera a partir de la mejora de los mecanismos relacionados al retorno de energía “elástica” en el ciclo estiramiento-acortamiento. Sin embargo, existen algunos trabajos científicos que no han observado mejoras en el rendimiento en la carrera de resistencia después de un periodo de entrenamiento de la fuerza. Por ejemplo, el estudio de Kelly y colaboradores de 2008 no encontró mejoras significativas en una carrera de 3 km después de un periodo de entrenamiento concurrente de 10 semanas en corredoras recreativas. Más recientemente, el estudio de 2010 de Ferrauti y colaboradores (entre ellos, mi querido y repatriado Jaime Fernández), tampoco evidenció mejoras en la economía de carrera a ritmo de maratón después de 8 semanas de entrenamiento concurrente en un grupo mixto de corredores recreativos. Éstos y otros estudios evidencian lo complejo que es el problema en cuestión, y que no se reduce a simplemente aplicar entrenamientos como recetas, ya que las características de los protocolos investigados no siempre van a ser igualmente efectivos dependiendo de muchos factores diferentes que rodean a la práctica del entrenamiento.

En mi experiencia como entrenador y después de revisar toda la evidencia científica hasta la fecha, entiendo que uno de los factores más importantes es la adecuación del entrenamiento de fuerza al nivel de los atletas. Esta misma idea es la que me he encontrado en el excelente trabajo recientemente publicado de Rønnestad y Mujika que advierten de lo importante que es realizar progresivamente la introducción al trabajo de fuerza en aquellos atletas sin experiencia previa. En este sentido, mientras se suele recomendar el entrenamiento de fuerza explosiva y fuerza máxima para mejorar las cualidades neuromusculares de los atletas, muchos se olvidan de lo más básico en teoría del entrenamiento: cuando no has entrenado antes un contenido, una pequeña dosis ya puede ser suficiente para producir adaptaciones positivas. Es más, intentar entrenar con dosis más elevadas puede ser incluso contraproducente ya que, al no estar suficientemente preparados, se produciría una adaptación menor o incluso un efecto negativo. Así, en mi experiencia, es bastante fácil que cualquier atleta que no ha realizado antes trabajo con sobrecargas, ya pueda mejorar la fuerza máxima sólo entrenando con cargas bajas (e.g. 60% RM) sin necesidad de realizar trabajos más intensos (>80% RM) para los que no estaría suficientemente adaptado.

El principio de especificidad sería otro de los factores a no olvidar. De este modo, es importante adecuar las características del entrenamiento de fuerza a las demandas competitivas. Éste sería uno de los principales argumentos de porqué no van a ser igualmente efectivos los protocolos utilizados para entrenar la fuerza de un mediofondista que la de un maratoniano, por ejemplo. Es más, este aspecto se hace más evidente cuando comparamos los diferentes deportes de resistencia que, aunque pueden tener muchos factores en común, van a presentar importantes diferencias en las demandas fisiológicas y biomecánicas que nos determinarán la necesidad de adaptar los protocolos de entrenamiento a las características específicas de la demanda competitiva. Por eso es tan importante escapar de los entrenamientos como recetas y acercarnos, cada vez más, al entrenamiento basado en la evidencia científica.


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