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Las Mentiras del Entrenamiento

Estoy
pasando unos días en Reino Unido. Una de las ventajas de un país
con tanta tradición es que te puedes encontrar con trozos de
historia por el camino como en el caso de la foto. A Harvey se le
considera el descubridor de la circulación pulmonar, aunque este
mérito lo pueda compartir en parte con el español Miguel Servet.
Cuestiones que ahora nos parecen obvias, como que la sangre es
oxigenada en los pulmones y bombeada por el corazón para garantizar
el aporte de nutrientes y oxígeno en el organismo a través de un
complejo entramado de vasos fueron, en un tiempo no muy lejano, ignoradas
e incluso después cuestionadas cuando fueron planteadas por
primera vez
. Ese fue el caso de Harvey, aunque peor le fue a Servet
siendo el primero que describió en occidente la circulación
pulmonar, pero desde un punto de vista religioso y en un libro de
corte herético. Así le fue… Otra prueba más de por qué a los
anglosajones les va mejor con su civilización.

Nada nuevo
hay bajo el sol. La medicina se entremezcló durante siglos con lo
divino y a nadie le extrañaba. Lo mismo ocurre -en mi opinión- con
el entrenamiento deportivo
en muchas ocasiones. Como fui cocinero antes que
fraile, creo que sé de lo que estoy hablando. Me explico. Mientras
en la medicina actualmente, ningún médico se sale de los protocolos
de actuación elaborados y re-elaborados a partir de la evidencia
científica; en cambio, muchos entrenadores frecuentemente se
arriesgan, prueban cosas, y hasta creen que descubren nuevas recetas
a partir de sus experiencias con atletas o grupos reducidos de
atletas. La evidencia científica está ahí pero no son tantos los
que la aceptan o incorporan del mismo modo que se hace ahora en la
medicina
, aunque es cierto que la cosa está cambiado para bien. Esto
podría deberse a que, mientras un médico que se sale del protocolo
de actuación puede ser inhabilitado, en el entrenamiento deportivo
parece que en ocasiones el principio de autoridad está por encima del principio
científico
. Lo malo es cuando sí hay evidencia científica
que puede orientar la práctica deportiva y aún se escuchan algunas
voces que apelan a todos los años que llevan haciendo aquello y les
ha funcionado. Mi pregunta en esos casos es muy simple: ¿cómo
sabes que no lo podrías haber hecho aún mejor?
De hecho, todos
aceptamos normalmente que los atletas buenos son buenos a pesar de
sus entrenadores. Nunca olvidaré, por ejemplo, el día que tuve que ayudar a un excelente triplista como Alfonso Palomanes durante su
concurso en un campeonato de España universitario. Yo sería un
necio si pensase que mis indicaciones de “un pie adelante y un pie
atrás” iban a servir realmente de algo a un superdotado que es
capaz de cambiar el ritmo en la carrera de aproximación cuando
siente la inoportuna ráfaga de viento a unos metros de la tabla de
batida… Tampoco podemos olvidar el excelente trabajo previo con su
entrenador Mario González, por supuesto, que sabe conjugar su
experiencia como ex-atleta con los conocimientos adquiridos durante
su etapa universitaria. Es más, deben ser felicitados porque
recientemente Alfonso ha batido un récord (16,06 m) de casi 40
años.

Pero en esta
lógica hacia una mayor cientificidad del entrenamiento deportivo,
considero que son muchos los conceptos tradicionales que deberían
ser desterrados y, en cambio, siguen ahí a pesar de los años
. Este
fin de semana participé de un foro y Raúl Domínguez comentó en un momento
de la discusión la resistencia al cambio que demuestran los -valga
la redundancia- deportistas de resistencia. Estoy totalmente de
acuerdo con él. De hecho, tengo varias anécdotas en ese sentido que
son una consecuencia de realizar mi doctorado y entrenar a
deportistas durante la misma época. Algunos con mayor
fortuna que otros, por supuesto. Como tenía acceso a mucha
información y, además mi tesis era con fondistas, era inevitable
que aplicase todos aquellos conceptos en el entrenamiento de mis
atletas. Uno de los aspectos más llamativos era que, basándome en
el trabajo de Chtara et al. (2005), realizaba siempre el trabajo de
fuerza al final de la sesión. Obviamente, este aspecto no pasaba
desapercibido para los grupos de atletas vecinos que debían de
pensar que estábamos locos como poco. El caso es que al aplicar ese
y otros muchos conceptos basados en evidencia científica, pude comprobar
cómo algunos de mis atletas lograban un determinado rendimiento con
un volumen de entrenamiento significativamente menor
que el que
alcanzaban otros grupos de atletas del mismo nivel de rendimiento.
Esto pudo deberse a una mejor sinergia de todos los contenidos del entrenamiento. Lo que no podría asignar en ningún caso, ya que no
tenía grupo control para poder comprobarlo, es a cuáles de estas
diferencias específicamente de nuestro entrenamiento se debían aquellas mejoras
. Esto que yo acepto sin problemas por mi formación
científica, es algo que difícilmente se percibe en el entrenamiento
tradicional. Pero como dije antes, parece que las cosas van cambiando
poco a poco, sobre todo viendo la cantidad de áreas
(métodos de entrenamiento,
recuperación, nutrición, puesta a punto, etc.) en las que la
evidencia científica puede dar muchas soluciones a la práctica diaria del entrenamiento deportivo
.

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