Departamento de fundamentos de la motricidad y entrenamiento deportivo. Univ. Europea de Madrid (UEM).
Resumen
INTRODUCCION
Según Rodríguez (1995), el estrés producido para vencer una resistencia (por
ejemplo, levantar, mover o mantener un peso), es proporcional al porcentaje de
la fuerza máxima requerido y al tiempo que dura dicho esfuerzo. En consecuencia,
el mantenimiento o la mejora de la fuerza y la resistencia muscular permite al
individuo realizar las actividades físicas mencionadas con un nivel de estrés
menor.
En un artículo publicado por Pollock (2000) en la prestigiosa revista
científica Circulation, con el apoyo de la Asociación Americana del Corazón (AHA)
y del American College of Sports Medicine (ACSM), éste reconocía que, aunque
está aceptado hace tiempo que el entrenamiento de fuerza es útil para
desarrollar y mantener la fuerza muscular, la resistencia, la potencia y la masa
muscular (hipertrofia) (Atha, 1981; Komi, 1991), su relación positiva con los
factores de salud y con las enfermedades crónicas ha sido reconocida sólo
recientemente (Pollock, Vincent, 1996; Pollock, Evans, 1999; US-CDC, 1996),
incluso Smutok (1993) llega a poner de manifiesto que el entrenamiento de fuerza
puede producir reducciones similares al entrenamiento aeróbico en los factores
de riesgo de las enfermedades cardiovasculares.
De esta forma, antes de 1990 el entrenamiento de fuerza no formaba parte de
las Recomendaciones Oficiales de Ejercicio de la AHA o del ACSM, y fue este
último el primero en reconocerlo como un componente importante en cualquier
programa de aptitud física para adultos sanos de cualquier edad (ACSM Position
Stand, 1990).
En 1996 la Sociedad Canadiense de Fisiología del Ejercicio también recomendó
que los adultos sanos participaran en programas de actividad física que
incluyeran ejercicio, aeróbico, entrenamiento de fuerza y ejercicios de
flexibilidad (Warburton et al., 2001).
Veamos a continuación, y apoyándonos en el citado artículo de Pollock (2000),
en otra actualizada revisión de Kell y sus colaboradores (2001), en un clásico
de Hurley (1994), y en otra extensa revisión de Warburton y su grupo (2001), las
principales investigaciones que analizan los efectos positivos del entrenamiento
de la fuerza sobre la salud.
Es necesario reconocer que estos cambios positivos, tanto en el sistema
cardiovascular como en el músculo-esquelético, van a poder producirse en todas
las edades (Hurley et al., 1988; Hurley, 1994; Evans, 1999; Feigenbaum, Pollock,
1999).
Por lo tanto, en este artículo analizaremos estos efectos positivos de los
cambios producidos por el entrenamiento de fuerza en: la Frecuencia Cardiaca,
Volumen Sistólico y su respuesta al ejercicio; la Tensión Arterial; el Perfil
Lipídico; la Diabetes Mellitus, tolerancia a la glucosa y respuesta de la
insulina; y por último, el Metabolismo Basal y la Composición Corporal.
FRECUENCIA CARDIACA, VOLUMEN SISTOLICO Y SU RESPUESTA AL
EJERCICIO
La investigación disponible hoy en día sugiere que cuando se produce un
desarrollo muscular también se producen cambios en el sistema cardiovascular y
en el músculo cardiaco.
El entrenamiento de fuerza está asociado con modificaciones en el miocardio
que implican cambios positivos en la frecuencia cardiaca, en el volumen
respiratorio y en la respuesta del corazón, aunque no de la misma magnitud que
los encontrados con entrenamiento de resistencia a largo plazo.
Durante la sesión de entrenamiento de fuerza se produce un aumento de la
frecuencia cardiaca (Collins et al., 1991; DeGroot et al., 1998); este aumento
está asociado a un incremento de la estimulación simpática, un aumento
progresivo en los niveles de catecolamina en el plasma circulante y una
reducción en la estimulación parasimpática al comienzo del ejercicio (Collins et
al., 1991; McCartney et al., 1993).
El entrenamiento de fuerza de moderada intensidad (40-60% 1-RM) presenta los
mayores aumentos de la respuesta de la frecuencia cardiaca, mientras que con
altas intensidades de 1-RM esta respuesta es menor (DeGroot et al., 1998).
El efecto del entrenamiento de fuerza a largo plazo está poco claro, así hay
estudios en donde no se manifiestan cambios en la FC (Haennell et al., 1989;
Fleck, 1988; Van Roof et al., 1996; Copeland et al., 1996) y otros en donde se
produce una reducción de ésta en reposo de forma significativa (McCarthy et al.,
1997; Fleck, 1988; Saltin, Astrand, 1967).
En relación al volumen sistólico, al parecer durante la fase de elevación de
la carga en un ejercicio de fuerza éste no se ve afectado cuando la intensidad
es ligera (Haennell, Snydmiller, Teo et al., 1992), mientras que se reduce con
altas intensidades (Lentini et al., 1993). Esta reducción durante la fase de
elevación con altas intensidades es posiblemente resultado de una reducción de
la precarga y un aumento de la postcarga en el miocardio (Miles et al., 1987,
citados por Kell, et al., 2001).
El aumento de la tensión arterial, de la precarga y postcarga, de la
resistencia del sistema cardiovascular y de la frecuencia cardiaca producen a su
vez un aumento del estrés en el miocardio, que está asociado a adaptaciones
cardiovasculares que aumentan el volumen sistólico en reposo (Fleck, 1988; Fleck
et al., 1993).
Por otra parte, los estudios también revelan un aumento de pequeño a moderado
en el volumen sistólico de reposo y ejercicio durante el entrenamiento dinámico
de fuerza a corto plazo (Fleck, Kraemer, 1997; Sagiv et al., 1997), pero sin
alcanzar el nivel asociado al entrenamiento de resistencia.
TENSION ARTERIAL E HIPERTENSION
Durante el entrenamiento de fuerza (isométrico y/o dinámico) la tensión
arterial aumenta, tanto la sistólica como la diastólica (Fleck, 1988; Haennel et
al., 1992; Lentini et al., 1993; Lewis et al., 1985; MacDougall et al., 1985).
La amplitud de este aumento dependerá de la intensidad de la contracción
muscular, de la cantidad de masa muscular implicada y de la duración de la
contracción (Donald et al., 1982), pero no de la velocidad del movimiento (Haennel
et al., 1992), o del tipo de contracción (estática o dinámica) (Lewis et al.,
1985).
Así, durante el desarrollo de un ejercicio de fuerza ambos valores de la
tensión arterial aumentan; no obstante, las adaptaciones a un entrenamiento de
fuerza a largo plazo implican una reducción de la tensión arterial en reposo (Evans,
1999).
Para Warburton y sus colaboradores (2001) por su parte, aunque existen
importantes investigaciones que han evaluado los efectos del entrenamiento de
fuerza sobre la tensión arterial, los resultados obtenidos al parecer son
equívocos.
Así, estudios transversales comparativos han revelado que los niveles de
tensión arterial en reposo de atletas entrenados en fuerza son similares o
ligeramente inferiores que los de los sujetos sedentarios (Colan et al., 1985;
Fleck, Dean, 1987). Además, estos atletas han demostrado tener una mayor
reducción en su respuesta de la tensión arterial al ejercicio que aquellos
sujetos sedentarios (Fleck, Dean, 1987).
Sin embargo, otras investigaciones han mostrado un incremento en la tensión
arterial de reposo en atletas entrenados en fuerza en comparación con sujetos no
entrenados (Bertovic et al., 1999). Stone (1991) manifestó que esta posible
hipertensión en atletas de fuerza podía estar relacionada con el uso de
esteroides, el sobreentrenamiento y/o un excesivo aumento de su masa corporal.
El mecanismo exacto asociado con esa supuesta reducción en los niveles de
tensión arterial de la que hablaban Kell y sus colaboradores (2001) es
desconocido, pero al parecer está relacionado con una reducción simultánea en la
resistencia a vencer por el corazón en la sístole y/o en la periférica total (Seals,
Hagberg, 1984).
Partiendo de la base de que una reducción en los niveles de tensión arterial
está considerada como un paso positivo tanto en la disminución del riesgo de
enfermedad coronaria como en el caso de padecer ya hipertensión (Astrand, 1992),
parece interesante analizar los efectos del entrenamiento de fuerza sobre los
sujetos hipertensos y/o sobre aquellos que se encuentran en el límite de padecer
esta enfermedad.
En este caso, tampoco los resultados disponibles hoy en día son concluyentes.
Así, no se recomendaba inicialmente el entrenamiento de fuerza para el
tratamiento de la hipertensión elevada debido a la significativa respuesta
hipertensora observada durante los ejercicios con sobrecargas (Warburton et al.,
2001).
No obstante, las elevaciones de la tensión arterial durante los ejercicios
con sobrecarga son intermitentes, similares a las observadas durante el
ejercicio aeróbico, y pueden ser modificadas en función de cambios realizados
sobre el volumen y la carga de las contracciones (Stone et al., 1991).
Importantes investigadores han analizado y estudiado el impacto del
entrenamiento de fuerza, para mejorar ésta, sobre la tensión arterial en reposo
de sujetos hipertensos y en el límite. Así, algunos estudios han presentado
reducciones en la tensión arterial de reposo en sujetos en el límite de padecer
la enfermedad (Harris, Holly, 1987; Martel et al., 1999), y en hipertensos (Hagberg
et al., 1984), mientras que otras investigaciones revelaron que el entrenamiento
de fuerza no reducía significativamente la tensión arterial en los que se
encontraban en el límite (Blumenthal et al., 1991) ni en los afectados (Smutok
et al., 1993).
Por otra parte, el entrenamiento de fuerza con un elevado componente
isométrico ha sido contraindicado para pacientes con enfermedad cardiovascular,
debido fundamentalmente al elevado aumento de la tensión arterial sistólica
generada por estos ejercicios y a su potencial como inductores de una isquemia
durante el esfuerzo (Pate et al. 1991).
No obstante, de acuerdo a la revisión realizada por Verrill (1992), los
pacientes cardiacos pueden ser capaces de realizar ejercicios de fuerza con
componente isométrico de forma segura, realizando una adecuada evaluación
mediante una prueba de esfuerzo. En esta línea, McCartney (1998) también ha
señalado que el entrenamiento de fuerza puede de hecho colaborar a reducir la
isquemia coronaria en comparación al entrenamiento aeróbico como resultado de
una reducción en la frecuencia cardiaca y un aumento leve de la tensión arterial
diastólica, que puede a su vez aumentar la sensibilidad de las arterias
coronarias.
En resumen, el entrenamiento de fuerza puede contribuir a una mejora en los
perfiles de tensión arterial en reposo y en ejercicio. No obstante, la relación
entre los incrementos en la fuerza muscular y las mejoras en la tensión arterial
no ha sido aún evaluada adecuadamente.
De esta forma, Warburton y sus colaboradores (2001) concluyen en su revisión
que son necesarias más investigaciones para examinar el impacto del
entrenamiento de fuerza y los mecanismos implicados en estas adaptaciones.
Por último, y en relación al entrenamiento de resistencia muscular, al
parecer también los aumentos en la resistencia muscular pueden ser efectivos en
el tratamiento y/o la prevención de la hipertensión. No obstante, según los
autores existen muy pocas investigaciones bien controladas en relación al
impacto específico de este tipo de entrenamiento sobre la tensión arterial.
Igualmente, concluyen que son necesarias nuevas y rigurosas investigaciones en
este ámbito.
PERFIL LIPIDICO
Según Hurley, en su interesante revisión sobre los efectos positivos del
entrenamiento de la fuerza sobre la salud (publicada en la revista Strength &
Conditioning en 1994), al parecer, y según varios investigadores, los atletas
entrenados en fuerza tenían más riesgo de sufrir una enfermedad coronaria que
los sujetos sedentarios, ya que sus niveles de lípidos en sangre eran menos
favorables (Berg et al., 1980).
No obstante, en estos años, no era posible establecer una relación al
respecto sin realizar más estudios, pues la influencia de otros factores como la
genética, el uso de esteroides anabolizantes, la dieta, etc., podrían explicar
esta diferencia.
Así, el Dr. Stone y sus colaboradores fueron los primeros en estudiar los
efectos del entrenamiento de la fuerza sobre los perfiles de lípidos en sangre,
utilizando a sujetos no deportistas en diseños longitudinales (Johnson et al.,
1982; Stone et al., 1982, citados por Hurley, 1994). Sus resultados presentaban
mejoras en este factor con un régimen de entrenamiento que incorporaba pesos
elevados, grandes grupos musculares y ejercicios poliarticulares.
Estos estudios, según Hurley (1994), fueron las primeras referencias
publicadas al respecto, y supusieron una evidente sorpresa para muchos
fisiólogos del ejercicio, que habían mantenido hasta entonces la creencia de que
sólo el entrenamiento aeróbico producía efectos positivos para la salud.
Otros estudios (Hurley et al., 1988; Boyden et al., 1993) manifestaron los
mismos beneficios utilizando ejercicios simples, monoarticulares y pesos
ligeros.
Además, otro estudio había demostrado unos años antes que el efecto negativo
del entrenamiento de fuerza sobre el perfil de lípidos podía estar asociado al
consumo de esteroides anabolizantes (Hurley et al., 1984).
Otras investigaciones más recientes revelaban igualmente mejoras en este
factor (Hurley, 1989; Stone et al., 1991), e indicaban que la magnitud de estas
mejoras era comparable a las producidas por el entrenamiento aeróbico. No
obstante, la mayoría de los estudios en donde se incluían estas dos formas de
entrenamiento, presentaban problemas metodológicos que podían afectar a sus
resultados (Hurley, 1989; Stone, 1992).
Para el Dr. Stone (1991) es muy importante que el entrenamiento de fuerza en
este caso implique a grandes grupos musculares, se realice sobre ejercicios
poliarticulares, y tenga un alto volumen (muchas series y repeticiones), ya que
este tipo de entrenamiento producirá mayores modificaciones en la composición
corporal, y éste es un factor clave para alterar los perfiles de lípidos en
sangre.
En otra revisión más actualizada y citada anteriormente (Kell et al., 2001),
se recoge igualmente que existe literatura específica que indica que el
entrenamiento de fuerza puede mejorar significativamente los perfiles de lípidos
en sangre. En este sentido, citan los trabajos de Goldberg (1984), Weltman
(1987) y Wallace, Moffatt, (1989), aunque reconocen que los resultados no son
concluyentes.
De esta forma, citan igualmente un estudio transversal que comparaba a
culturistas con sedentarios (Yki-Jarvinen et al., 1984) y que demostraba que los
primeros tenían menor tasa de colesterol total y menores niveles de LDL, aunque
concluyen que estos cambios podían estar asociados al tipo de alimentación baja
en grasas de los culturistas.
En principio, y en función de estas referencias parece que el entrenamiento
de fuerza tiene efectos positivos en el perfil de lípidos en sangre. Sin
embargo, según Warburton y sus colaboradores (2001) esta relación no está aún
nada clara.
Según ellos, hay estudios que manifiestan que no hay cambios entre atletas
entrenados en fuerza y deportistas de resistencia y/o sujetos no deportistas (Berg
et al., 1980; Clarkson et al., 1981; Farell et al., 1982), mientras que otros
señalan que existen leves mejoras (Yki-Jarvinen et al., 1984).
Además, citan como significativo el trabajo de Tucker y Silvester (1996)
realizado con el objetivo de examinar la relación entre la cantidad (duración y
frecuencia) de participación en ejercicios de fuerza (auto-registrada) y los
perfiles de lípidos en un grupo de 8.499 hombres. Los autores observaron que
aquellos que participaban en ejercicios de fuerza con regularidad tenían una
reducción en el riesgo de sufrir hipercolesterolemia. No obstante, después de
controlar una serie de variables distorsionadoras (edad, consumo de tabaco, de
alcohol, masa corporal, y participación en otras actividades físicas que no
fueran el entrenamiento de fuerza), sólo aquellos que realizaban ejercicios de
fuerza de 4 a 7 horas a la semana tenían realmente reducido su riesgo de
hipercolesterolemia. Además, los autores tampoco controlaron el consumo calórico
en la dieta o el porcentaje de grasa corporal, los cuales pueden confundir la
relación entre fuerza y perfiles de lípidos y lipoproteínas (Tucker, Silvester,
1996).
Otras investigaciones, que compararon los efectos del entrenamiento aeróbico
frente al entrenamiento de fuerza, no manifestaron en general cambios
significativos en los perfiles de lípidos y lipoproteínas tras ambos tipos de
entrenamiento (Blumenthal et al., 1991; Hersey et al., 1994; Wosornu et al.,
1996).
Para Warburton y sus colaboradores (2001), es importante también señalar que
el entrenamiento de fuerza no parece mejorar los perfiles de lípidos y
lipoproteínas en sujetos con riesgo de enfermedad coronaria (Hurley, 1989;
Kokkinos et al., 1991).
Por lo tanto, y en base a estas referencias, Warburton, Gledhill y Quinney
(2001) concluyen en su revisión que son necesarias más investigaciones para
examinar el impacto del entrenamiento de fuerza en estos perfiles.
DIABETES MELLITUS, TOLERANCIA A LA GLUCOSA Y RESPUESTA DE
LA INSULINA
Recientemente el entrenamiento de fuerza ha empezado a ser considerado como
una forma posible de ejercicio para ayudar a los sujetos afectados por diabetes
tipo 2 a controlar su enfermedad. Estudios a corto plazo indican que se pueden
alcanzar importantes mejoras en el consumo de glucosa por medio de
entrenamientos de fuerza de larga duración (Yki-Jarvinen et al., 1984; Eriksson
et al., 1997; Eriksson et al., 1998; Ishii et al., 1998).
Así, Ishii y sus colaboradores (1998) demostraron mejoras significativas en
los consumos de glucosa en reposo en diabéticos tipo 1 y tipo 2 después de 4 a 6
semanas de entrenamiento de fuerza. Esto sugiere que las mejoras en los niveles
de glucosa en reposo están relacionadas a su vez con una mejora en la respuesta
de la insulina. Otros dos estudios que utilizaron a sujetos no diabéticos
revelaron resultados similares, que también sugieren que el entrenamiento de
fuerza puede mejorar la sensibilidad de la insulina (Hurley et al., 1988; Smutok
et al., 1993).
Por su parte, Yki-Jarvinen y colaboradores (1984), sugirieron años antes que
la respuesta del cuerpo a la ingestión de glucosa podía ser mejorada si
aumentaba la masa muscular. Utilizando un test oral de tolerancia a la glucosa,
compararon a culturistas con sujetos normales. Los resultados indicaron que los
culturistas tenían bajos tanto los niveles de glucosa en sangre como los de
respuesta de la insulina. Estos hallazgos estaban asociados con los valores del
50% más de masa muscular relativa, y del 50% menos de grasa corporal relativa de
estos sujetos.
Al parecer, y estrechamente relacionado con todo lo señalado anteriormente,
el entrenamiento de fuerza a largo plazo podría influir positivamente en la
tolerancia a la glucosa, y en la respuesta y sensibilidad de la insulina, al
alterar el porcentaje de masa muscular y la calidad de la musculatura. Así lo
indican Miller (1984) y Yki-Jarvinen (1984), que sugieren que un incremento en
estos factores mejorará el consumo de glucosa y la respuesta de la insulina.
Por otra parte, en investigaciones que utilizaron un programa simultáneo
aeróbico y de fuerza con diabéticos, el control de la glucemia fue mejorado (Peterson
et al., 1979; Jovanovic-Peterson et al., 1989). Igualmente, la combinación de
entrenamiento de fuerza y/o aeróbico con restricciones en la dieta produjo
mayores mejoras en la tolerancia a la glucosa que la dieta sola (Rice et al.,
1999).
Rice y sus colaboradores (1999) también encontraron que las reducciones en
los tejidos adiposos subcutáneos y de las vísceras estaban relacionados con
mejoras en el metabolismo de la glucosa, sugiriendo que la obesidad abdominal
juega un importante papel en el desarrollo de anormalidades en el metabolismo de
la glucosa.
METABOLISMO BASAL
La tasa metabólica de reposo, o metabolismo basal, supone entre el 60 y el
75% del total de gasto energético diario (Stefanick, 1993). De esta forma, este
elemento puede jugar un importante papel en la prevención y/o desarrollo de la
obesidad abdominal.
El entrenamiento de fuerza ha mostrado su utilidad para aumentar el ritmo
metabólico de reposo en hombres jóvenes (Dolezal, Potteiger, 1998), y en hombres
y/o mujeres ancianas (Ryan et al., 1995; Treuth et al., 1995). Además, este tipo
de entrenamiento puede también prevenir la reducción en el ritmo metabólico de
reposo que ocurre normalmente durante los programas de restricción del consumo
energético (Broeder et al., 1992; Ryan et al., 1995).
La oxidación de las grasas y/o la media del consumo diario de energía pueden
ser también mejoradas por medio del entrenamiento de fuerza (Treuth et al.,
1995; Van Etten et al., 1995; Van Etten et al., 1997).
Ahora bien, todos estos efectos del entrenamiento de fuerza son a menudo
disminuidos o eliminados cuando son considerados los incrementos de la masa
muscular o masa libre de grasa (lean body mass 1) (Broeder et al., 1992; Dolezal,
Potteiger, 1998, Treuth et al., 1995).
A su vez, otras investigaciones no han encontrado cambios en este factor tras
un programa de entrenamiento de fuerza (Taafe et al., 1995, citado por Warburton
et al., 2001).
Según Pratley (1994), estas contradicciones pueden estar relacionadas con
diferencias en la población participante y/o en el diseño experimental de las
diferentes propuestas.
Si aceptamos que, en principio, el entrenamiento de fuerza podría producir un
incremento en el ritmo metabólico de reposo, sería interesante conocer el
mecanismo por el cual este fenómeno se produce. Ahora bien, la información
disponible hoy en día no es concluyente tampoco en esta cuestión. El incremento
en este ritmo metabólico de reposo podría ser explicado parcialmente por un
incremento en la masa libre de grasa y/o un aumento de la actividad simpática
del sistema nervioso (Pratley et al., 1994). También el consumo de oxígeno
posterior al ejercicio podría jugar un papel en el aumento de pérdida de masa
grasa que parece ocurrir después del entrenamiento de fuerza (Haltom et al.,
1999).
No obstante, y al igual que en los apartados anteriores, son necesarios
nuevos estudios para examinar el impacto del entrenamiento de fuerza y/o de
resistencia muscular sobre esta tasa metabólica de reposo (Warburton et al.,
2001).
COMPOSICION CORPORAL
Estrechamente relacionado con el apartado anterior, la influencia del
entrenamiento de fuerza sobre la composición corporal también ha sido objeto de
interés y estudio por parte de los investigadores en los últimos años.
De esta forma, estudios e investigaciones de carácter transversal han
observado que levantadores de peso entrenados tenían una mayor masa libre de
grasa que aquellos sujetos no entrenados (Stone et al., 1991). El entrenamiento
de fuerza ha mostrado igualmente que produce significativos aumentos de la masa
libre de grasa debido a la hipertrofia de la musculatura (Craig et al., 1989;
Hurley et al., 1984; Manning et al., 1991) y puede ayudar a evitar en parte la
pérdida de masa muscular y de fuerza que ocurre con la edad (ACSM, 1998; Rogers,
Evans, 1993).
Por lo tanto, las mejoras experimentadas en la aptitud músculo-esquelética
por efecto del entrenamiento de fuerza pueden estar relacionadas indirectamente
con mejoras en el estado de salud a través de cambios producidos en la
composición corporal (Warburton, Gledhill, Quinney, 2001).
No obstante, la masa corporal total puede no reducirse como resultado de
mejoras en la fuerza muscular. Además, los datos tampoco son concluyentes en
relación a los efectos del entrenamiento de fuerza sobre la masa grasa (Stone et
al., 1991; Verrill et al., 1992). Así, por un lado encontramos estudios que
señalan que no hay cambios tras el entrenamiento de fuerza (Ades et al., 1996;
Kokkinos et al., 1988; Meredith et al., 1992; Hersey et al., 1994; Ishii et al.,
1998), mientras que otros autores, en importantes estudios longitudinales,
indican que sí se producen pérdidas en la masa grasa (Boyden et al., 1993; Craig
et al., 1989; Ryan et al., 1994).
Estas discrepancias en la literatura no tienen una justificación clara, pero
podrían estar relacionadas con la población participante en los diferentes
estudios, la intensidad y volumen de los entrenamientos, y/o la temporada en la
que comenzó el estudio en cada caso (Warburton et al., 2001).
Además, el impacto del entrenamiento de fuerza sobre la composición corporal
puede estar confundido en función de la técnica de medición utilizada (Toth et
al., 1999). Por lo tanto, son necesarias nuevas investigaciones utilizando
múltiples técnicas de medición de la composición corporal para poder evaluar los
efectos tras programas de entrenamiento de la fuerza prolongados (Warburton et
al., 2001).
Ahora bien, y en cualquier caso, los efectos potenciales del entrenamiento de
fuerza sobre la composición corporal pueden estar relacionados con un aumento
del coste energético, debido tanto al esfuerzo requerido durante las sesiones de
entrenamiento, como al incremento del metabolismo basal. De esta forma, el
entrenamiento de fuerza podría ser efectivo también en el tratamiento de la
obesidad (Warburton et al., 2001).
Si revisamos a continuación ese efecto del trabajo de fuerza en la obesidad,
y en concreto de la abdominal, teniendo en cuenta que, como veíamos en los
apartados anteriores de este trabajo, la prevalencia de la obesidad en las
sociedades occidentales ha alcanzado proporciones de epidemia 2 (Booth et al.,
2000; Flegal et al., 1999), podemos constatar sus efectos beneficiosos.
Estos efectos positivos de la actividad física en la obesidad abdominal han
sido demostrados en importantes estudios epidemiológicos (Seidell et al., 1991;
Slattery et al., 1992; Tremblay et al., 1990). Según Warburton (2001),
recientemente se ha producido un incremento significativo del interés por el
impacto del entrenamiento de fuerza, y de la mejoras en la aptitud
músculo-esquelética derivadas de él, en este factor.
El entrenamiento de fuerza puede afectar beneficiosamente a la obesidad
abdominal, de una forma al parecer similar a la del entrenamiento aeróbico (Hurley,
Hagberg, 1998). Aunque realmente la información disponible hoy en día es aún
escasa.
Treuth y sus colaboradores señalaron que el entrenamiento de fuerza en
ancianos varones (Treuth et al., 1994) y mujeres (Treuth et al., 1995) producía
unas reducciones significativas en los tejidos adiposos intra-abdominales. En un
nuevo estudio (Treuth et al., 1998), el autor examinó los efectos de 5 meses de
entrenamiento de fuerza en un grupo de jóvenes obesas en la prepubertad,
observando que aumentaban tanto la grasa total como la masa libre de grasa en
ambos grupos (entrenadas y control). Ahora bien, la grasa intra-abdominal no
aumentó en el grupo de entrenamiento, por lo que el entrenamiento de fuerza
podría tener un papel atenuante en el incremento de este factor.
Estos trabajos de Treuth et al. (1994, 1995, 1998) se realizaron con un alto
volumen de repeticiones, lo cual podría también indicar que las mejoras en la
resistencia muscular estarían relacionadas con cambios positivos en la obesidad
abdominal.
No obstante, son necesarios nuevos estudios para examinar el impacto del
entrenamiento de fuerza y/o de resistencia muscular sobre esta obesidad
abdominal (Warburton, Gledhill, Quinney, 2001).
RESUMEN
Los datos presentados en este trabajo parecen dejar clara una nueva
evidencia, el entrenamiento regular de la aptitud músculo-esquelética produce
una serie de cambios positivos sobre el estado de salud de los practicantes.
Como resumen final de este artículo, y apoyándonos en los trabajos de
revisión de Pollock (2000), Kell (2001), Hurley (1994), y Warburton (2001),
podríamos destacar una serie de conclusiones:
- Los atletas entrenados en fuerza tienden a tener una mayor masa libre de grasa, una menor masa grasa y un consumo de oxígeno similar en comparación con sujetos no entrenados.
- Estos sujetos entrenados con altos niveles de fuerza muscular tienden a tener también un metabolismo de la glucosa mejorado y una mayor densidad mineral ósea en comparación con los no entrenados.
- El entrenamiento de fuerza está asociado con un incremento en la masa libre de grasa, con pequeños cambios o sin ellos en la masa grasa y/o en la masa corporal.
- El entrenamiento de fuerza tampoco produce generalmente aumentos significativos en el consumo de oxígeno. Cuando este consumo mejora tras el entrenamiento de fuerza, los cambios obtenidos son menores que con entrenamiento aeróbico.
- Una gran cantidad de datos señalan que el entrenamiento de fuerza está asociado con mejoras en la capacidad de rendimiento submáxima, el equilibrio de la glucosa, la salud ósea, la reducción de la incapacidad física, y el aumento del bienestar psicológico.
- El entrenamiento que mejora la resistencia muscular puede producir, a su vez, pequeñas mejoras en la masa libre de grasa y en el consumo de oxígeno.
- Este tipo de entrenamiento de resistencia está asociado con mejoras en el metabolismo de la glucosa, especialmente en aquellos sujetos con alteraciones en su funcionamiento.
- El entrenamiento de resistencia muscular puede también reducir la obesidad abdominal (quizás debido a un incremento del consumo de oxígeno tras el entrenamiento), incrementar la masa ósea (aunque no tanto como con el entrenamiento de fuerza muscular).
Incluimos finalmente una interesante tabla-resumen como síntesis final de
este artículo. Se trata de la desarrollada por Warburton, Gledhill y Quinney
(2001) sobre los efectos de los cambios producidos por el entrenamiento de
fuerza, fruto de la ya señalada revisión, publicada en el mismo número del
prestigioso Canadian.

Tabla 1. Síntesis de los efectos del entrenamiento de la fuerza en los
indicadores del estatus de salud. (Adaptado de: WARBURTON, D.E.R., N. GLEDHILL.
A. QUINNEY, 2001)↑↑↑, fuerte evidencia de aumento; ↑↑, moderada evidencia de
aumento; ↑, potencial para que se produzca un aumento; =, generalmente sin
cambios; ↓↓↓, fuerte evidencia de reducción; ↓↓, moderada evidencia de
reducción; ↓, potencial para que se produzca una reducción; n.a., no existe
suficiente información.
Notas:
1 Lean body mass. La masa corporal normalmente es dividida en dos
tipos cuando se analiza la composición corporal de un sujeto, la masa grasa y la
masa libre de grasa, o masa muscular. De esta forma, si un sujeto pesa 100kg, y
tiene un 15% de grasa corporal, sus valores de composición corporal serían los
siguientes: Masa grasa = 0.15 x 100kg = 15 kg; Masa magra (LBM) = Masa corporal
total – masa grasa = 100 – 15 = 85 kg. (Fleck, Kraemer, 1997).
2 Según los datos del Third National Health and Nutrition
Examination Survey en EEUU, para el periodo entre 1988 y 1994, aproximadamente
el 50% de los adultos podían ser considerados como obesos o con sobrepeso (Must
et al., 1999). La prevalencia de la obesidad (definida como IMC>ó= 30 kg/m2 ) se
ha incrementado del 12% al 18% entre 1991 y 1998 (Mokdad et al., 1999).En
Canadá, la prevalencia de sobrepeso también se ha incrementado entre 1985 y 1991
(Millar, Stephens, 1993). Considerando unos valores de obesidad en este caso de
IMC>ó= 27 kg/m2 , la prevalencia alcanza el 35% entre los hombres y el 27% entre
las mujeres (MacDonald et al., 1997; Reeder et al., 1992, 1997).
Aproximadamente, uno de cada tres canadienses son considerados obesos
(Birmingham et al., 1999). En el caso de nuestro país, según la Encuesta
Nacional de Salud realizada en 1994, y a partir de datos basados en el peso y la
talla referidos por el encuestado, la población española mayor de 35 años con
valores de IMC>ó= 30 kg/m2 fue del 18,3%. En la Encuesta de 1997 los valores
habían pasado al 24%. Hoy en día, el 40% de la población española sufre
problemas de sobrepeso. Según informes recientes, en los últimos 15 años se ha
triplicado en España el número de niños obesos, hasta alcanzar el 16% en la
actualidad. Además, se ha situado en el segundo país de la Unión Europea con
mayor número de afectados por este problema, sólo superado por el Reino Unido.
Según datos actualizados, su impacto económico se estima en 721 millones de
euros, lo que supone un 2,4% del coste sanitario total (SEEDO, 2005).
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