En el IICEFS queremos cerrar el intenso año de actividad profesional y académica con la transcripción literal (traducida del inglés) de la Mesa redonda que tuvo lugar con motivo de la participación y grabación de la conferencia virtual del profesor Brad Schoenfeld en GSe en el último trimestre del 2013. En dicha mesa pudimos realizarle una buena saga de preguntas interesantes sobre el tópico que este especialista más ha publicado: la hipertrofia muscular y los mecanismos inductores de la misma. Las contestaciones a cada una de las preguntas que pudimos hacerle en aquella ocasión fueron realizas por él sin preparación previa, in situ y sin más dilaciones que las que ese foro permitía, por lo que pensamos tienen un especial valor para todos los lectores interesados en esta temática.Sin otro particular, y deseando a todo el mundo un feliz y próspero año 2014, os invitamos a que disfrutéis de esta entrevista.PREGUNTA: ¿Cree que los músculos de la pared abdominal responden del mismo modo que otros grupos musculares cuando son expuestos a un programa de entrenamiento de volumen e intensidad suficiente para provocar hipertrofia muscular?RESPUESTA: Es una excelente pregunta… Los músculos abdominales probablemente no alcancen un grado muy importante de hipertrofia debido al tipo de músculo que forma la pared abdominal. Es decir, ciertamente los músculos abdominales van a hipertrofiarse; pero no van a hipertrofiarse en una magnitud similar a la que podría observarse, por ejemplo, en músculos fusiformes como los bíceps.Otra cuestión con los músculos abdominales es que trabajan muy frecuentemente ya que estabilizan al cuerpo en casi cualquier ejercicio; ya sea si éste se realiza en posición de pie o en posición de sentado (en este último caso el trabajo de estabilización es de menor magnitud); e incluso hasta en algunos ejercicios que se realizan en máquinas. Esto hace que haya un gran potencial de sobreentrenamiento de los músculos abdominales; y por ello mencioné previamente que no es necesario trabajarlos tan frecuentemente para optimizar su respuesta y ciertamente no es necesario entrenarlos a diario. Pero si se los entrena como a cualquier otro grupo muscular, se podrá observar una respuesta hipertrófica pero no debería esperarse una respuesta de igual magnitud a la de otros músculos. PREGUNTA: ¿Recomienda alguna cadencia específica de movimiento como la más efectiva para estimular la hipertrofia muscular?RESPUESTA: Es una excelente pregunta. En realidad no se han llevado a cabo muchos estudios para investigar los efectos de la cadencia, y es algo que se debería investigar en futuros estudios. En mi opinión, aunque se basa más en la experiencia, la fase concéntrica o positiva de un ejercicio debería hacerse en forma veloz o explosiva; y esto se debe a que se maximiza la tensión mecánica. En un artículo que he publicado sobre los mecanismos de la hipertrofia muscular describo los tres aspectos básicos que median la respuesta hipertrófica y que son:- La tensión mecánica; que son las fuerzas aplicadas sobre los músculos- El estrés metabólico, y- El daño muscular. Por lo tanto, si se entrena con mayores niveles de tensión mecánica probablemente se mejorará la respuesta hipertrófica. Es por esto que si se reduce la velocidad de las repeticiones se estará reduciendo la intensidad (como porcentaje de una RM) con la que se va a entrenar. Por cierto, a medida que se las repeticiones se vuelven más “pesadas”, la cadencia se enlentecerá; es decir, supongamos que hacemos una serie de 10 RM, entonces probablemente la séptima repetición se hará en forma más lenta que la primera repetición. Para resumir, la cadencia de las repeticiones debería ser aquella que permita realizar una serie controlada con un peso óptimo dentro del rango de hipertrofia y; en la fase excéntrica, en general recomiendo que la misma sea controlada, con una duración de aproximadamente 2 segundos. En este sentido, no es necesario controlar los dos segundos sino que a lo que me refiero es que el descenso sea lo suficientemente lento como para asegurar que se está bajando el peso y no que el peso vence nuestra resistencia ya que de esta manera no hay tensión muscular. Obviamente, esto sería contraproducente para el proceso de hipertrofia ya que la literatura ha mostrado consistentemente que las contracciones excéntricas ejercen un efecto diferencial sobre el proceso de hipertrofia en comparación con las contracciones concéntricas. Por lo tanto, repito nuevamente, la fase concéntrica debería ser “explosiva” y la fase excéntrica controlada con una duración de aproximadamente dos segundos. PREGUNTA: ¿Qué opina del entrenamiento hasta el fallo muscular para provocar hipertrofia? ¿Es necesario entrenar siempre hasta el fallo muscular en todas las fases que has propuesto? RESPUESTA: Bien, no diría necesario sino que diría que es beneficioso para maximizar el proceso de hipertrofia, ya que se maximiza el componente metabólico del proceso de hipertrofia. Esto es porque, por ejemplo, durante un entrenamiento con sobrecarga de alta intensidad hasta el fallo muscular probablemente se reclute al “pool” entero de motoneuronas; pero… no solo se trata del reclutamiento sino también de la estimulación de las fibras musculares, ya que se pueden reclutar a las fibras musculares pero no estimularlas al máximo y esta es una de las razones por lo cual incluyo al entrenamiento hasta el fallo en alguna de las fases que propongo. No obstante, como mencioné durante la presentación, entrenar demasiado tiempo hasta el fallo muscular puede tener un efecto negativo. En un estudio llevado a cabo por Izquierdo y colaboradores, creo que del año 2007, donde observaron que dieciséis semanas de entrenamiento hasta el fallo muscular en cada una de las series derivó en una reducción de la respuesta hormonal; es decir que los niveles de testosterona e IGF-1 se vieron crónicamente suprimidos. En definitiva, lo que quiero señalar es que se debe entrenar hasta el fallo muscular pero no excederse con este tipo de entrenamiento. PREGUNTA: ¿Qué opina sobre la hiperplasia fibrilar? ¿Es posible que un cambio moderado en la arquitectura muscular provoque mejoras en el rendimiento deportivo?REPUESTA: La cuestión con la hiperplasia es que la mayoría de los estudios de investigación muestra que podría ocurrir, pero de ser así no contribuiría significativamente a la hipertrofia muscular. En algunos experimentos llevados a cabo con modelos animales en donde se realizó un protocolo extremo de entrenamiento con sobrecarga se ha observado hiperplasia fibrilar; sin embargo en estos estudios se han realizado procedimientos como la ablación quirúrgica del tríceps sural de roedores, y por supuesto los músculos intentarán compensar esto; pero esto no es consistente con cómo nosotros entrenamos. De hecho, en los estudios de investigación llevados a cabo con humanos podemos decir que si se produce hiperplasia, la magnitud de ésta es insignificante, por lo que la mayor parte del crecimiento muscular que puede observarse con el entrenamiento de sobrecarga en humanos es función de la adición de sarcómeros en paralelo. PREGUNTA: En uno de los artículos que has publicado recientemente mencionó que los antiinflamatorios no esteroides podrían interferir con las adaptaciones musculares durante el entrenamiento con sobrecarga ¿podría hablarnos sobre esto?RESPUESTA: Si, excelente pregunta. El artículo lo he publicado en Sports Medicine, y es un tema muy interesante ya que hay un buen número de investigaciones que ha mostrado que la respuesta inflamatoria al ejercicio posee un potencial efecto en la promoción de la hipertrofia muscular. En este sentido, sabemos que el daño muscular es uno de los factores que mediarán la respuesta inflamatoria aunque también hay otros factores que también estimulan la respuesta inflamatoria además del daño muscular. Los antiinflamatorios no esteroides básicamente detienen la respuesta inflamatoria mediante su efecto sobre la enzima ciclooxigenasa y existen estudios que han observado que la administración de antiinflamatorios no esteroides disminuye la síntesis proteica post-ejercicio así como también la respuesta de las células satélite. Para aquellos que no saben lo que son las células satélite, estas son básicamente un tipo de célula madre muscular que donan sus núcleos a las fibras musculares de manera que estas puedan sintetizar una mayor cantidad de proteínas y además producen diversos factores miogénicos que ayudan en la reparación y regeneración del tejido muscular. Interesantemente existen algunos estudios de investigación que muestran que en ciertas poblaciones, especialmente en ancianos, la administración de antiinflamatorios no esteroides ejerce un efecto positivo. Si bien se requieren más investigaciones sobre este aspecto, se cree que los adultos mayores y sobre todo en aquellos que se presentan algún tipo de enfermedad relacionada con la vejez; poseen una respuesta inflamatoria crónica de bajo grado (chronic low grade inflammatory response). Al parecer, los antiinflamatorios no esteroides, al suprimir esta respuesta inflamatoria crónica de bajo grado,ejercen un mayor efecto sobre el proceso de hipertrofia que cualquier efecto supresor que podrían tener sobre la enzima ciclooxidasa. Asimismo, se ha observado que la inflamación de bajo grado desmejora los procesos de hipertrofia muscular. Por lo tanto, teóricamente podríamos hipotetizar que en los adultos mayores que no presentan inflamación crónica de bajo grado, la administración de antiinflamatorios no esteroides podría tener un efecto perjudicial sobre el proceso de hipertrofia, pero en aquellos adultos mayores que presentan inflamación crónica de bajo grado podría ejercer un efecto positivo; no obstante eso requiere de estudios adicionales. PREGUNTA: Respecto de la interconversión de fibras musculares ¿Se sabe si algún tipo de entrenamiento provoca una transición diferente a la transición clásica de IIX a IIA y IIA a IIX?RESPUESTA: Sabemos que, casi con cualquier programa de entrenamiento con sobrecarga, se producirá la transición de fibras IIX a IIA; es decir, básicamente las fibras IIX se vuelven más “oxidativas”. Se cree que esta es una respuesta adaptativa positiva y en este sentido lo que teóricamente ocurre es una hibridación de las fibras IIX.Por otra parte, existe muy poca evidencia que muestre que las fibras tipo I puedan convertirse en fibras tipo IIA (por lo menos que esta interconversión sea de gran magnitud); y esta evidencia proviene principalmente de algunos experimentos en donde se ha realizado un entrenamiento con sobrecarga extremo en modelos animales. Sin embargo, la evidencia de que la conversión de fibras tipo I en tipo IIA pueda suceder en humanos es prácticamente inexistente. Entonces, ciertamente se producirá la conversión de fibras tipo IIX en tipo IIA que es la conversión “natural” que se observará con cualquier tipo de entrenamiento.PREGUNTA: ¿Existe alguna diferencia entre una rutina de entrenamiento para provocar hipertrofia sarcomérica y otra para provocar hipertrofia sarcoplasmática?RESPUESTA: Esta es una pregunta que me realizan muy frecuentemente en relación a algo que escribí en uno de mis artículos. Yo creo que hay una mala interpretación de lo que estaba tratando de decir; ya que no existe tal cosa como la hipertrofia sarcoplasmática. Cuando se entrena con un número moderado a alto de repeticiones se producirá un incremento de la fracción sarcoplasmática, sobre todo debido al incremento en los depósitos de glucógeno. En contraste, unentrenamiento con bajas repeticiones (de tipo “powerlifting”) dependerá principalmente del sistema de los fosfágenos, sin estresar en demasía el sistema glucolítico, y por lo tanto no existe una razón por la cual el cuerpo se deba adaptar incrementando las reservas de glucógeno. Entonces, esta es la distinción principal entre los dos tipos de entrenamientos mencionados y que se confunde con una rutina para provocar hipertrofia sarcoplasmática. En realidad, con un entrenamiento en base a un número moderado a alto de repeticiones se produce un incremento de la fracción sarcoplasmática debido a que el glucógeno provoca el incremento en el agua celular. Esto último incrementa el edema celular y existe evidencia de que el incremento en el edema celular podría afectar positivamente la respuesta hipertrófica, lo cual no se observa con aquellos entrenamientos realizados conun bajo número de repeticiones. PREGUNTA: Algunos estudios llevados a cabo con ratas muestran que luego de un período de entrenamiento de tres semanas, una semana sin entrenamiento provoca un mayor incremento de la masa muscular ¿Cuál es su opinión?RESPUESTA: Básicamente sí. En este momento no recuerdo el estudio específico al que hace referencia; pero estudios similares son la base del esquema de entrenamiento que he presentado aquí. Ahora bien, no creo que sea estrictamente necesario tener una semana sin entrenamiento, sino que la semana de descarga a la que hicimos referencia funciona como período de recuperación y creo que esto es lo importante. Sin embargo, si bien el esquema que yo planteo es de tres semanas de entrenamiento por una semana de descarga, esta estrategia puede y debe adaptarse a los diferentes individuos; y he observado que algunos individuos pueden realizar períodos de hasta seis semanas de entrenamiento antes de realizar una semana de descarga. Esto es la base del principio de individualización que he mencionado durante la conferencia.Muchas gracias Brad, ha sido muy interesante.
Dr. Guillermo Peña García-Orea, PhD
¿Ejercicio físico o farmacoterapia? Tú eliges.
En la sociedad actual que vivimos existe una gran prevalencia de enfermedades crónicas asociadas al sedentarismo y a un estilo de vida poco saludable que son bien conocidas por el colectivo médico tanto en su patogénesis, su diagnóstico, como el tratamiento farmacológico más oportuno (por ejemplo, artritis, resistencia a la insulina, diabetes, enfermedades coronarias, hipertensión, dislipidemias, enfermedades respiratorias, etc.). Asimismo, disponemos de un cuerpo considerable de evidencias científicas que corroboran la eficacia del ejercicio físico para el tratamiento y prevención de tales enfermedades [1-14]. Esto mismo fue abordado en otra entrada anterior en relación a las evidencias existentes que el ejercicio físico aporta para la terapia de enfermedades crónicas (Pedersen y Saltin, 2006) (entrada previa).Sin embargo, son muy pocos los estudios que se han propuesto someter a tela de juicio mediante el método científico la eficacia del tratamiento comparando el efecto de los fármacos o medicamentos versus el ejercicio físico en pacientes que sufren tales patologías. En esta ocasión intentaremos profundizar sobre esta cuestión, sacando a la luz algunos de esos pocos estudios que sí se han hecho esta gran pregunta, y cuyas consecuencias trascienden más allá de lo ético, lo social y lo político.Y es que a buen seguro existen intereses de la industria farmacéutica -por razones obvias- de que estos datos no sean tan conocidos por el colectivo médico y la sociedad en su conjunto, que sin duda empieza a reconocer el potencial del ejercicio físico como un potente “fármaco o medicamento” alternativo. De hecho, si comparamos el volumen de ensayos controlados aleatorizados que han tratado de esclarecer la eficacia de determinadas intervenciones farmacológicas (por ejemplo, de las estatinas para reducir el colesterol o de los beta-bloqueantes y diuréticos para el tratamiento de la hipertensión arterial e insuficiencia cardiaca) podemos fácilmente comprobar que supera por goleada la cantidad limitada de estudios de cualquier tipo que han pretendido hacer lo mismo mediante el ejercicio físico. Además, la investigación sobre los verdaderos beneficios del ejercicio sobre la mortalidad sigue siendo principalmente de tipo observacional con un número muy limitado de ensayos aleatorizados [15]. Más si cabe, la evidencia sobre cómo las intervenciones mediante actividad física, en comparación con las intervenciones mediante sólo fármacos, afectan sobre la reducción del riesgo de mortalidad por cualquier causa es prácticamente inexistente [15]. Todo esto demuestra que el interés y recursos invertidos para el desarrollo de la industria farmacéutica supera por mucho el esfuerzo dedicado para estudiar los efectos del ejercicio físico sobre las patologías que amenazan el bienestar y los índices de mortalidad (tema sin duda merecedor de un gran debate internacional).Al respecto de toda esta cuestión, y para poder ilustrarlo merecidamente, un reciente estudio meta-epidemiológico publicado en el British Medical Journal (ocubre, 2013) y destacado por el prestigioso diario New York Times el 11 de diciembre del 2013, nos presenta un panorama científico, actualizado, y desinteresado sobre la temática. Este estudio comparó, tras un exigente proceso de selección de estudios controlados aleatorizados y meta-análisis, la eficacia de los fármacos más comúnmente utilizados (estaminas, betabloqueantes, diuréticos, anticoagulantes, antiplaquetarios, inhibidor de la ECA, tiazolidinedionas, etc.) con el ejercicio físico para reducir los índices de mortalidad entre sujetos que padecían patologías tan comunes como las enfermedades coronarias, insuficiencia cardiaca crónica, accidentes cerebrovasculares y diabetes. El estudio recogió y comparó entre sí un total de 305 estudios sobre el efecto de los fármacos y de 57 estudios sobre el efecto del ejercicio físico (una muestra total de 339.274 y 14.716 sujetos, respectivamente) sobre los índices de mortalidad. Pues bien, el mismo concluye que el ejercicio puede ser tan eficaz -al presentar similares resultados- como muchos de los fármacos prescritos para el tratamiento de algunas de las principales causas de muerte derivadas de estas enfermedades tan comunes. Más concretamente, este interesante estudio meta-epidemiológico concluye que las intervenciones mediante ejercicio físico son de hecho más eficaces para reducir la mortalidad que el tratamiento y rehabilitación mediante fármacos para sujetos que sufren de accidentes cerebrovasculares (dicho de otra forma, aquellos que hubiesen sufrido un infarto cerebral mostraban un menor riesgo de morir de ello si hacían ejercicio que si sólo se medicaban). Para el resto, el ejercicio físico a solas y las intervenciones farmacológicas sin ejercicio son a menudo similares en términos de los beneficios para la mortalidad en la prevención secundaria de enfermedades coronarias, rehabilitación después de accidentes cerebrovasculares, el tratamiento de la insuficiencia cardíaca, y la prevención de la diabetes (solamente los diuréticos se yerguen como más eficaces que el ejercicio para el tratamiento de la insuficiencia cardiaca). Es decir, por ejemplo, aquellas personas con enfermedades coronarias o prediabetes que hacen ejercicio pero no consumen los medicamentos típicos prescritos tienen el mismo riesgo de morir -o sobrevivir- de su enfermedad que aquellos que tomen dichos fármacos y no realicen ejercicio,¡¡y todo esto sin llegar a valorar los efectos secundarios y colaterales para la salud que puedan acarrear muchos de estos tratamientos farmacológicos a largo plazo!! pregunta que nos hacemos y queda en el aire, aspecto el cual sin duda daría más argumentos a favor para proponer el ejercicio físico como el medicamento o fármaco universal.No obstante, esto no quiere decir que los pacientes que sufran este tipo de patologías deban abandonar su tratamiento farmacológico o control médico, sino que deben incorporar el ejercicio físico como un elemento clave coadyuvante del mismo (quizás el más relevante de todos). Los mismos autores de este “super-estudio” comentan además que los medicamentos podrían ofrecer sólo una modesta mejora en los pacientes que sufren estas enfermedades, pero que el ejercicio podría producir ganancias más profundas o sostenibles en la salud.Figura. Efectos de las intervenciones farmacológicas y mediante ejercicio en comparación con controles sobre los índices de mortalidad en enfermedades coronarias, cerebro-vasculares, insuficiencia cardiaca, y prediabetes.No obstante, podemos pensar que no es oro todo lo que reluce, ya que la relativa escasez de evidencia (en lo que a volumen se refiere) deja una importante incertidumbre sobre qué pacientes se beneficiarían más de qué tipo de ejercicio, y qué tipo de ejercicio puede no ser eficaz en diferentes contextos [15]. Es decir, disponemos de insuficiente información emanada de estudios controlados y aleatorizados para establecer una aproximación a la mejor relación dosis-respuesta del ejercicio para el tratamiento de la mayoría de patologías descritas, lo cual nos aleja de la “élite farmacológica” en lo que a precisión de dosis se refiere.A la luz de todo lo expuesto parece evidente sugerir que el ejercicio físico, como medicamento correctamente prescrito, puede presentar beneficios potenciales igualmente eficaces que el tratamiento farmacológico más avanzado para reducir las posibilidades de mortalidad, con menos efectos adversos para la salud general y con mayores beneficios colaterales en otros marcadores (recordemos que al realizar ejercicio físico se puede estar provocando efectos y adaptaciones beneficiosas simultáneamente en múltiples órganos y sistemas). Por tanto, las intervenciones mediante ejercicio físico deberían ser consideradas como alternativas viables, o al menos complementarias, a los tratamientos farmacológicos para reducir la morbi-mortalidad de nuestra enferma sociedad. Sin embargo, todavía comprobamos como las organizaciones e instituciones sanitarias centran demasiada atención en el tratamiento farmacológico y demasiado poco en promocionar el ejercicio como medicina alternativa para combatir y prevenir muchas de las enfermedades que tantos costos sanitarios generan. Por esta razón, pensamos que el colectivo médico-sanitario debería conocer aún más el potencial de las intervenciones mediante ejercicio, y apostar por que se materialicen verdaderas políticas de promoción. Igualmente este colectivo debería conocer y saber derivar a sus pacientes a los especialistas más competentes para que les prescribieran ejercicio de forma individualiza atendiendo a su condición.Estamos más cerca, pero aún demasiado lejos. Tú elijes. Guillermo Peña Juan Ramón HerediaIICEFSBibliografía.1. Pedersen BK, Saltin B. Evidence for prescribing exercise as therapy in chronic disease. Scand J Med Sci Sports 2006;16(S1):3-63.2. Roddy E, Zhang W, Doherty M. Aerobic walking or strengthening exercise for osteoarthritis of the knee? A systematic review. Ann Rheum Dis 2005;64:544-8.3. Knols R, Aaronson NK, Uebelhart D, Fransen J, Aufdemkampe G. Physical exercise in cancer patients during and after medical treatment: a systematic review of randomized and controlled clinical trials. J Clin Oncol 2005;23:3830-42.4. Fong DYT, Ho JWC, Hui BPH, Lee AM, Macfarlane DJ, Leung SSK, et al. Physical activity for cancer survivors: meta-analysis of randomised controlled trials. BMJ 2012;344:e70.5. Sigal RJ, Kenny GP, Wasserman DH, Castaneda-Sceppa C, White RD. Physical activity/exercise and type 2 diabetes: a consensus statement from the American Diabetes Association. Diabetes Care 2006;29:1433-8.6. 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Byberg L, Melhus H, Gedeborg R, Sundstrom J, Ahlbom A, Zethelius B, et al. Total mortality after changes in leisure time physical activity in 50 year old men: 35 year follow-up of population based cohort. BMJ 2009;338:b688.11. Samitz G, Egger M, Zwahlen M. Domains of physical activity and all-cause mortality: systematic review and dose-response meta-analysis of cohort studies. Int J Epidemiol 2011;40:1382-400.12. Wen CP, Wai JPM, Tsai MK, Yang YC, Cheng TYD, Lee M-C, et al. Mínimum amount of physical activity for reduced mortality and extended life expectancy: a prospective cohort study. Lancet 2011;378:1244-53.13. Blair SN. Physical inactivity: the biggest public health problem of the 21st century. Br J Sports Med 2009;43:1-2.14. Lim SS, Vos T, Flaxman AD, Danaei G, Shibuya K, Adair-Rohani H, et al. 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Programa de tratamiento de la obesidad en niños
Interesante estudio de la Universidad de Maringá (Brasil) que analiza los efectos de un programa multidisciplinar de tratamiento de la obesidad sobre los factores de riesgo del Síndrome Metábolico en niños prepúberes, púberes y adolescentes de acuerdo con el género.
PROXIMAS FORMACIONES
Desmitificando el entrenamiento de la fuerza en edades tempranas: niños y adolescentes
En el pasado (años 70 y principios de los 80) existía una evidente reticencia a recomendar el entrenamiento de fuerza para los distintos grupos de edad de la niñez y adolescencia. Esto sucedía a raíz de ciertos tópicos y prejuicios infundados que preocuparon a los padres, entrenadores y expertos de aquel momento. En la actualidad, y a partir del primer posicionamiento publicado por la NSCA en 1985 respecto del entrenamiento de la fuerza en la pre-pubescencia [1], y sus posteriores actualizaciones [2, 3, 4], podemos afirmar que existe un gran consenso y unanimidad entre opiniones de expertos y organizaciones científicas internacionales en apoyar la participación supervisada de los jóvenes en entrenamientos de fuerza por resultar seguros y efectivos para la mejora de la salud y rendimiento de este grupo de población.En la misma línea, pero mucho más reciente, el último posicionamiento internacional publicado en la revista British Journal of Sports Medicine en septiembre del 2013 [4] no viene sino a actualizar y apuntalar aún más la recomendación y promoción de programas de acondicionamiento neuromuscular durante la niñez y adolescencia, siempre y cuando estén apropiadamente supervisados y diseñados por adultos cualificados para entrenar a este tipo de poblaciones. Sin duda, entre todos los científicos, debemos destacar el laborioso trabajo de investigación, actualización y recopilación de información del profesor Avery Faigenbaum, quien desde principios de los años 90 ha venido incansablemente aportando luz y conocimiento a esta temática.Algunos de los mitos o falsas creencias arraigadas en el pasado y que pudieron hacer cuestionarse la idoneidad de exponer a los niños y jóvenes a entrenamientos específicos que tuviesen el cometido de mejorar su aptitud neuromuscular son los que a continuación exponemos.1) Mayor incidencia o riesgo de lesiones deportivas músculo-esqueléticas agudas y por sobrecarga. Quizás esta errónea concepción es una de las más extendidas y contra-argumentas por la comunidad científica, mostrando que la realidad es otra. Lo verdaderamente cierto es que no existen evidencias científicas basadas en estudios de intervención, descriptivos y observacionales que hayan podido estadísticamente mostrar mayores índices de lesión en poblaciones jóvenes que practican entrenamientos de fuerza que aquellas que practican otras modalidades de ejercicio físico-deportivo. De hecho, los datos muestran que el entrenamiento de fuerza en edades tempranas es altamente seguro si está correctamente supervisado por adultos cualificados que instruyen correctamente. Se estima que el riesgo lesivo en estos casos es tan bajo como de 0.0012 a 0.0035 lesiones por cada 100 horas de entrenamiento [3, 5], lo que constituye un riesgo similar –en el peor de los casos- o menor -en la mayoría de los casos- que el asumido para otras actividades deportivas y recreativas practicadas habitualmente a esas mismas edades. Todos los expertos coinciden en afirmar que la mayoría de las lesiones en jóvenes que puedan suceder durante los entrenamientos de fuerza son debidas a accidentes generados por el uso inapropiado del equipamiento en jóvenes y adultos (77,2 %) [6], a una carga de entrenamiento excesiva, a una técnica de ejecución defectuosa y/o a la ausencia de supervisión cualificada. Esto nos hace inferir fácilmente que mediante el cuidado de todos los aspectos relacionados con la seguridad del entorno y equipamiento de entrenamiento, la progresión e individualización de la dosis de entrenamiento, la enseñanza técnica correcta de cada ejercicio y la apropiada supervisión, podremos minimizar ostensiblemente el riesgo potencial lesivo durante la práctica.1) Efectos perjudiciales sobre el desarrollo óseo y pleno crecimiento corporal. No existen evidencias documentadas que muestren efectos negativos para el crecimiento y la estatura final alcanzada [4, 5, 7, 8, 9]. Tampoco existen evidencias científicas sobre posibles lesiones para los cartílagos de crecimiento (placas de crecimiento) en estudios prospectivos con programas bajo supervisión cualificada y prescripción apropiada del ejercicio de fuerza. Por el contrario, es posible que exista potencialmente mayor riesgo lesivo para las placas de crecimiento de los jóvenes que realizan actividades deportivas competitivas que impliquen saltos y aterrizajes, donde las fuerzas de reacción contra el suelo pueden llegar a ser de 5 a 7 veces del peso corporal [5]. Al contrario, la exposición de las placas de crecimiento en desarrollo a suficiente estrés mecánico a través del entrenamiento de fuerza apropiado puede ser un estímulo beneficioso para la formación de hueso y el crecimiento [3].1) Concepción “inoperante” del entrenamiento de la fuerza en edades tempranas. Es decir, ni eficaz ni seguro para mejorar la fuerza de los más jóvenes. Esta errónea concepción hacía pensar que el entrenamiento a edades tempranas era improductivo ya que el niño o joven no presentaba suficiente potencial para mejorar las distintas prestaciones de fuerza más allá que las que el propio desarrollo y maduración de su edad permitiría. Sin embargo, recogiendo los resultados de numerosos ensayos y revisiones bibliográficas sobre esta cuestión es fácil constatar generalmente el efecto contrario y por tanto desmentir esta falsa creencia [3, 4, 8, 9, 10]. De hecho, dichos estudios han podido comprobar, al compararlo con grupos control de la misma edad no sometidos a intervenciones de ejercicio de fuerza, mayores mejoras con el entrenamiento que el debido al propio desarrollo y maduración natural durante la infancia y adolescencia. Las mejoras de fuerza en términos relativos esperadas para ambos sexos pueden ser tan evidentes como del 30 al 40% o más tras sólo 8 a 20 semanas de entrenamiento [3, 4], lo que demuestra la eficacia de tales intervenciones con los entrenamientos apropiados. Tradicionalmente se ha considerado que durante el periodo temporal durante el cual se presenta una mayor concentración aguda y disponibilidad de hormonas sexuales (pubertad) se podría esperar una mejor entrenabilidad o respuesta favorable al estímulo de entrenamiento. Sin embargo, en el meta-análisis de Behringer et al. (2010) sobre los efectos del entrenamiento de fuerza en diferentes grupos de edad y niveles madurativos dicha entrenabilidad [11], representada por el tamaño del efecto sobre la ganancia de fuerza, parece incrementar linealmente a lo largo de todos los años de la niñez y adolescencia sin observarse un incremento particularmente mayor o exponencial durante los años específicos de la pubertad, por lo que según la opinión de estos autores el aumento de la entrenabilidad es improbable que sea explicado por una simple función de madurez biológica asociada a los cambios hormonales. Ante todas estas abrumadoras evidencias se puede afirmar que los niños (8-10 años), pre-adolescentes (11-13) y adolescentes (13-18 años) presentan una buena entrenabilidad mostrando mejoras relativas similares o mayores que en adultos cuando el entrenamiento es apropiado, es decir, con la suficiente dosis como para generar adaptaciones –volumen, intensidad, frecuencia, etc. –, y que se perdería una gran oportunidad si se retrasara el proceso de entrenamiento hasta edades post-puberales como se sugería en el pasado.Como vemos, no existen pruebas científicas que demuestren que el entrenamiento de fuerza supervisado y correctamente prescrito pueda estar contraindicado en edades tempranas. Muy al contrario, puede ser una forma de entrenamiento segura y efectiva siempre que se respeten ciertas directrices metodológicas. Por tanto, los beneficios para la salud y rendimiento físico constatados científicamente superan ampliamente los mínimos riesgos que puedan conllevar, siempre similares o menores a los de cualquier otra práctica físico-deportiva.Guillermo Peña & Juan R. HerediaIICEFSBibliografía.1. National Strength and Conditioning Association. Position paper on prepubescent strength training. Nat Strength Cond Assoc J 7: 27–31, 1985.2. Faigenbaum, A, Kraemer, W, Cahill, B, Chandler, J. Dziados, J, Elfrink, L, Forman, E, Gaudiose, M, Micheli, L, Nitka, M, and Roberts, S.M, and Roberts, S. Youth resistance training: Position statement paper and literature review. Strength Cond J 18: 62–75, 1996.3. Faigenbaum AD, Kraemer WJ, Blimkie CJ, et al. Youth resistance training: updated position statement paper from the National Strength and Conditioning Association. J Strength Cond Res. 23(suppl 5): S1–S20, 2009.4. Lloyd, S.; Faigenbaum, A.; Stone, M.; Oliver J.; Jeffreys, I.; Moody, J.; Brewer, C. et al. Position statement on youth resistance training: the 2014 International Consensus. Br J Sports Med, 2013. doi:10.1136/bjsports-2013-092952.5. Faigenbaum AD, Myer GD. Resistance training among young athletes: safety, efficacy and injury prevention effects. Br J Sports Med 2010;44:56–63.6. Myer GD, Quatman CE, Khoury J, et al. Youth versus adult weightlifting injuries presenting to United States emergency rooms: accidental versus non accidental injury mechanisms. J Strength Cond Res 2009;23:2054–60.7. Bass S, Daly R, Caine D: Intense training in elite female athletes: evidence of reduced growth and delayed maturation? Br J Sports Med. 2002.8. Falk, B and Eliakim, A. Resistance training, skeletal muscle and growth. Pediatr Endocrinol Rev 1: 120–127, 2003.9. Malina, R. Weight training in youth-growth, maturation and safety: An evidenced based review. Clin J Sports Med 16: 478–487, 2006.10. Falk, B and Tenenbaum, G. The effectiveness of resistance training in children. A meta-analysis. 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El “tirante musculador” como medio de trabajo neuromuscular
Autores: Carlos Lloret Michán/Guillermo Peña/Juan R. Heredia El uso de diferentes medios de trabajo neuromuscular es habitual en el ámbito deportivo, del Fitness y la rehabilitación. Sin embargo, el uso indiscriminado de muchos de dichos medios por distintas poblaciones deportistas y no deportistas no siempre responde a constatados criterios de seguridad y eficacia, como a continuación veremos.La mayoría de estos medios de entrenamiento en constante aparición (tirantes en suspensión, dispositivos desestabilizadores, plataformas vibratorias, etc.) suelen proceder de contextos relacionados con el deporte o la recuperación funcional que, tras un tiempo de aplicación, terminan por ser transferidos sin más a otros contextos como los centros de Fitness. Recomendamos en este sentido la lectura de anteriores entradas del blog (entrada1; entrada 2; entrada 3).En esta ocasión queremos analizar uno de esos medios de entrenamiento: el Tirante Musculador™ (TM), también conocido como “Tirante ruso” o “Eccentric brace”. Fácilmente podemos encontrar información divulgativa no científica sobre este dispositivo, donde se recomienda su utilización como una opción de entrenamiento “revolucionaria”. Sin embargo, conocemos muy pocos estudios científicos de intervención con este medio de entrenamiento [1, 2, 3, 4]. El TM fue desarrollado en la antigua URSS y utilizado en el entrenamiento de los atletas de dicho país. Con unas ligeras modificaciones, fue introducido en España por Hans Ruf, entrenador de la selección española de atletismo [1], quién tiene su patente. En la misma se define el TM como un medio para desarrollar la musculatura del cuádriceps, isquiotibiales, glúteos, lumbares y cervicales de forma excéntrica, esto es, de forma que se produce simultáneamente el alargamiento y el fortalecimiento muscular [5].Según algunas fuentes, el TM se ha convertido en una herramienta fundamental en el entrenamiento de la fuerza de numerosas especialidades deportivas, debido a su facilidad de uso y a su bajo coste de adquisición y mantenimiento [2]. Si bien es cierto que en la actualidad su uso está fundamentalmente destinado al trabajo excéntrico, en un principio también se utilizó como medio de entrenamiento isométrico [1], e incluso se ha utilizado en superposición a vibraciones mecánicas [6]. Más recientemente se ha revisado su aplicación al entrenamiento dinámico [1, 2, 3, 4].Aparentemente, el principal beneficio de su uso es la seguridad con la que permite desarrollar el sistema musculo-tendinoso con un bajo riesgo de lesión [1], debido fundamentalmente a las adaptaciones producidas ante la aplicación de la fase excéntrica del ejercicio. Y es que la tensión generada por las fibras musculares al alargarse (trabajo negativo o excéntrico) es considerablemente mayor que cuando éstas se acortan (trabajo positivo o concéntrico) [7]. Por otra parte la literatura científica también nos aporta una gran cantidad de estudios que apoyan el uso del ejercicio en activación excéntrica con distintos medios tanto para la prevención como la rehabilitación de lesiones [8, 9, 10, 11, 12, 13, 14]. Por ejemplo, el trabajo llevado a cabo por Lorenz y Reiman (2011) sobre el uso del ejercicio excéntrico en la rehabilitación de lesiones en el deporte concluye que éste conlleva menor consumo de oxígeno, mayor producción de fuerza y un menor gasto de energía que el llevado a cabo de forma concéntrica [8]. Otro reciente estudio llevado a cabo por el profesor Vera-García y colaboradores (2013) analizó la ratio entre la fuerza excéntrica de la musculatura flexora de la rodilla y la fuerza cóncentrica de la musculatura extensora para determinar el riesgo de lesión isquiosural en jugadores de fútbol, concluyendo que ratios inferiores a 1,0 junto con otra serie de factores de riesgo podrían determinar un desequilibrio entre la musculatura flexora y extensora de rodilla y el consecuente aumento del riesgo de lesión [15].Fundamentalmente por todas estas razones el ejercicio en activación excéntrica está considerado una opción de trabajo ampliamente recomendada para la rehabilitación de muchas lesiones así como para la prevención de las mismas mediante el correcto acondicionamiento neuromuscular.Además del TM, existen en el mercado otros dispositivos que utilizan el ejercicio excéntrico (p.e.: Flywheel yo-yo, Versa Pulley). Pero quizás el principal beneficio del uso del TM con respecto a los demás dispositivos sea su relación eficacia-bajo costo económico. Además, según Tous (2005) algunas de las ventajas del uso del TM son [3]:- Se centra en el trabajo de determinada musculatura “problemática” como el recto anterior del cuádriceps y la musculatura isquiosural.- Induce tensión activa de estiramiento.- Permite la extensión completa de la cadera, necesaria para alcanzar dichas tensiones e involucrar de forma activa al recto anterior del cuádriceps. Así, ejercicios con pesos libres, squats o extensiones en prensa, no permiten una extensión tal, la cual es necesaria para lograr la correcta función biarticular de dicha musculatura.- Estudios electromiográficos han encontrado una actividad similar en los vastos delcuádriceps al comparar este ejercicio con una sentadilla media con 150 kg, con la diferencia de que con el TM el recto anterior se activa mucho más. Además, se debe tener en cuenta que este músculo se lesiona desproporcionadamente con respecto a los vastos del cuádriceps (mono-articulares).Por otro lado, el TM nos permite realizar variedad de ejercicios de carácter neuromuscular. Uno de los más utilizados es el squat, con o sin carga adicional, para el acondicionamiento de la musculatura extensora de la rodilla. A este respecto, queremos destacar los trabajos llevados a cabo por el profesor y miembro del IICEFS Marzo Edir Da Silva y colaboradores [1, 2] en los que se compararon la flexo-extensión de rodilla con TM y el ejercicio de medio squat con distintas intensidades (% 1RM). La comparativa se realizó mediante análisis electromiográfico (EMG) y percepción subjetiva de esfuerzo (RPE), comparando ambos ejercicios “por pares” de la siguiente forma:½ squat + carga 50% 1RM ——–Flex-ext tirante sin carga½ squat + carga 60% 1RM ——–Flex-ext tirante + carga 10 kg.½ squat + carga 70% 1RM ——–Flex-ext tirante + carga 20 kg. Como se puede apreciar en las gráficas a partir de los resultados obtenidos de dicho estudio, no se encontraron diferencias significativas entre ambas propuestas de ejercicios para ninguna de las intensidades (pares) ni en ninguno de los niveles analizados mediante EMG y RPE. A partir de estos hallazgos los autores concluyeron que el hecho de producir respuestas neuromusculares equivalentes al medio squat pero sin sobrecarga para la columna vertebral presupone que el TM puede ser utilizado de manera eficaz como sustituto o alternativa del entrenamiento convencional con resistencias externas en los casos en los que exista vulnerabilidad para la columna vertebral.Estas conclusiones nos parecen de gran relevancia, ya que si podemos disponer de un medio de entrenamiento eficaz a la par que seguro (al no producir elevado estrés sobre las estructuras pasivas del raquis en este caso) el TM puede ser una buena alternativa a otros ejercicios tradicionales de fuerza. Finalmente, la dosis de ejercicio propuesta (volumen, intensidad, densidad, etc.) así como la adecuada selección y ejecución de los ejercicios determinará la verdadera utilidad, seguridad y eficacia del TM como medio alternativo de entrenamiento.No queremos acabar sin decir también que existen opiniones que argumentan que el uso del TM podría provocar el denominado efecto de “cajón anterior” sobre la articulación de la rodilla. Este efecto se produce debido al desplazamiento anterior de los platillos tibiales con respecto a los cóndilos femorales, con la consiguiente tracción que esto produce sobre el ligamento cruzado anterior de esta articulación y el posible desarrollo de laxitud articular [16]. Sin embargo, a fecha de hoy no conocemos la existencia de trabajos publicados que hayan podido constatar esta cuestión.No obstante, y teniendo en cuenta las fuentes revisadas, el uso del TM parece ser una buena alternativa o complemento para el acondicionamiento neuromuscular con aplicación deportiva, preventiva y rehabilitadora de lesiones de las extremidades inferiores (musculatura flexo-extensora de rodilla y cadera).Bibliografía.1. Da Silva ME, PadullésJM, Núñez V, Vaamonde D, Viana B, Gómez JR, Lancho JL. Análisis electromiográfico y de percepción de esfuerzo del Tirante Musculador con respecto al ejercicio medio squat.Apuntes de Educación Física y Deportes. 2005; 4º trimestre; 45-52.2. Da Silva ME, PadullésJM, Núñez V, Viana B, Gómez JR, Lancho JL. Análisis de EMG del Tirante Musculador en comparación con el de media sentadilla.Archivos de Medicina del Deporte. 2004; Ene-Feb; 99 (vol XXI: 1).3. Tous J. Strength training at F.C. Barcelona. Insight Live. 2005; 11.4. Acosta ER. Comparación del método pliométrico y el tirante musculador para el desarrollo de la capacidad de salto en mujeres voleibolistas de Bogotá [Tesis doctoral]. Manizales: Universidad Autónoma de Manizales. Maestría en Intervención Integral del Deportista. Primera Cohorte, 2011.5. Ruf J. Patente Tirante Musculador. Oficina Española de Patentes y Marcas. 2001. España.6. García-Manso JM, Vázquez I, Hernández R, Tous J. Efectos de dos métodos de entrenamiento de fuerza sobre la musculatura extensora de la articulación de la rodilla. Apunts Medicina Deportiva. 2002; 139: 15-22.7. Maganaris CN, Narici MV, Almekinders LC, Maffulli N. Biomechanics and Pathophysiology of overuse tendon injuries: ideas on insertional tendinopathy. Sports Medicine. 2004; 34: 1005-1017.8. Lorenz D, Reiman N. The role and implementation of eccentric training in athletic rehabilitation: tendinopathy, hamstring strains and ACL reconstruction. The International Journal of Sports Physical Therapy. 2011; 6(2): 27-44.9. Hibbert O, Cheong K, Grant A, Beers A, Moizumi T. A systematic review of the effectiveness of eccentric strength training in the prevention of hamstring muscle strain in otherwise healthy individuals. North American Journal of Sports Physical Therapy. 2008; 3(2).10. Eapen C, Nayak CD, Zulfeequer CP. Effect of eccentric isotonic quadriceps muscle exercises on patellofemoral pain syndrome: An exploratory pilot study. Asian Journal of Sports Medicine. 2011; 2(4): 227-23411. Hafez AR, Zakaria A, Buragadda S. Eccentric versus Concentric contraction of quadriceps muscles in treatment of condromalacia patellae. World Journal of Medical Sciences. 2012; 7(3): 197-203.12. Fútbol Club Barcelona. Servicio Médico. Guía de práctica clínica de las tendinopatías: diagnóstico, tratamiento y prevención. Apuntes de Medicina del Deporte. 2012; 47(126): 143-168.13. Schmidt B, Tyler T, McHugh M. Hamstring injury rehabilitation and prevention of reinjury using lengthened state eccentric training: A new concept. The International Journal of Sports Physical Therapy. 2012; 7(3): 333.14. Roig M, Shadgan B, Reid WD. Eccentric exercise in patients with chronic health conditions: a systematic review. Physioter Can. 2008; 60: 146-160.15. Vera FJ, Moreno V, Barbado D, Juan C, Quesada CM. The use of isokinetic dynamometry to establish risk profiles of hamstring injury in professional football players. International Journal of Sport Science. 2013; 9(34): 333-341.16. Logerstedt D, Snyder-Mackler L, Ritter RC, Axe MJ, Godges JJ. Knee stability and movementcoordination impairments: Knee ligament sprain. Journal Orthop Sports Phys Ther. 2010; 40(4).
¿A qué edad empezar con el entrenamiento de fuerza en niños?
Guillermo Peña & Juan R. HerediaIICEFS“Doctor, ¿a qué edad puede mi hijo empezar a entrenar conmigo en el gimnasio?” Esta puede ser una pregunta que se planteen muchos padres, profesores de educación física y entrenadores en algún momento de su tutela o carrera profesional. Seguramente el doctor, de buena fe pero desde la más absoluta ignorancia sobre el tema, conteste: “Hasta que el niño no haya acabando su pleno desarrollo físico (músculo-esquelético) debemos esperar…” Tristemente esta ha sido una de las recomendaciones erróneas más extendidas sobre el entrenamiento de la fuerza, así como algunos otros mitos que ya desmentimos en entradas anteriores [enlace]. Lo cierto es que en qué momento poder empezar un programa de entrenamiento de fuerza sistematizado en edades tempranas es una pregunta comúnmente debatida y que preocupa a todas las personas encargadas de velar por la salud y cuidado de niños, pre-adolescentes y adolescentes. La responsabilidad pesa, pero no debe hacernos refugiar en temores infundados y menos aún desaprovechar una oportunidad en un periodo especialmente sensible para mejorar la competencia motriz y la salud de los más “peques”. Pensemos, ¿realmente las estructuras músculo-esqueléticas y distintos sistemas orgánicos saben cuándo están o no haciendo un entrenamiento de “fuerza”? o en realidad, ¿sólo se les somete a distintos niveles de tensión y estrés a través de distintas tareas que en su justa dosis podría estar favoreciendo su desarrollo? De hecho, los niños cotidianamente corren, saltan, lanzan, trepan, arrastran, tiran, empujan, reptan y ningún médico o tutor se echa las manos a la cabeza, al contrario, hoy sabemos que no son tan activos como debieran, y que la tasa de reducción de su actividad física habitual comienza en la pre-adolescencia temprana [1], con graves consecuencias para su salud a corto y largo plazo. Entonces, ¿cuándo se debe y se puede empezar el entrenamiento estructurado de fuerza a edades tempranas?En el pasado el entrenamiento “formal” de la fuerza, tal cual puede ser entendido, no era recomendado para los niños porque se pensaba que era ineficaz para mejorar la fuerza de éstos a la vez que se consideraba que podía lesionar o dañar gravemente los cartílagos de crecimiento y provocar el cierre prematuro de las epífisis de los huesos. De hecho, por los años 80 el entrenamiento de la fuerza era habitualmente recomendado sólo al final de la maduración somática del sujeto (determinación de la edad a la que sucede el pico de velocidad máxima de crecimiento en altura), es decir, cuando ya era prácticamente un adulto de 17-18 años de edad. Evitar este tipo de entrenamientos antes y durante la adolescencia era una sugerencia habitual en contextos diferentes relacionados con la actividad física, y que muchos hemos sufrido (clubes deportivos, centros de enseñanza, gimnasios, etc.).Sin embargo, este enfoque conservador de origen anecdótico no tiene ninguna evidencia científica que lo sustente. Lo cierto es que es imposible establecer o recomendar una edad cronológica como óptima o mínima, ya que podemos encontrar diferencias de estatus o madurez biológica entre niños y jóvenes del mismo sexo y edad cronológica de hasta 4-5 años [2]. Esta gran variedad inter-individual en la edad biológica entre niños y adolescentes de la misma edad cronológica justifica la necesidad de agruparlos en función de su maduración biológica para ser entrenados [3]. Así en un mismo grupo de edad encontraremos jóvenes pre y adolescentes muy heterogéneos entre sí en lo que a maduración biológica, nivel de competencia motriz/técnica, nivel de fuerza muscular, autoconfianza, etc. se refiere, lo que requerirá intervenciones de entrenamiento diferentes e individualizadas, y que no siempre serán factibles de llevar a la práctica en el ámbito escolar. Incluso en el pasado la Academia Americana de Pediatría (1990) [4] y la American Orthopaedic Society for Sports Medicine (1988) [5] recomendaban evitar la práctica deportiva de halterofilia, power-lifting y body-building hasta que los jóvenes hubiesen alcanzado el estadio madurativo sexual pleno (estadio 5 de Tanner), argumentando que estas actividades conllevaban un incremento del riesgo de lesión músculo-esquelético y eran potencialmente peligrosas para los más jóvenes. Pero este aspecto también fue desmentido en numerosas publicaciones que apoyaron la seguridad del entrenamiento de la fuerza siempre que estos deportes se realizasen bajo supervisión e instrucción cualificada y la progresión se basara en la calidad técnica de cada levantamiento [6]. Ya en el año 2001 y 2008 [7, 8] la misma Academia Americana de Pediatría puntualizaba en sus declaraciones que los pre-adolescentes y adolescentes debían sólo evitar el power-lifting, el body-building y los levantamientos con pesos máximos hasta alcanzar la madurez física y esquelética suficiente, lo que mostraba un posicionamiento mucho menos rígido al respecto. Entonces, otra vez: ¿cuándo se puede empezar el entrenamiento estructurado de fuerza a edades tempranas?En la actualidad, y con todas las evidencias científicas más actuales sobre la mesa, no se considera una edad cronológica mínima requerida para poder comenzar con la participación de los niños y adolescentes en programas de entrenamiento de fuerza correctamente supervisados [9, 10, 8, 11]. No obstante, sea a la edad que sea, los niños y adolescentes deberían mostrar la madurez emocional y psicológica suficiente para atender las instrucciones de los adultos encargados de su supervisión y poder someterse al estrés de un programa de entrenamiento, además de poseer niveles competentes de equilibrio y control postural [3, 9, 12, 10]. En general, si un niño está preparado para participar en actividades deportivas (generalmente a los 7 u 8 años) entonces lo estará para un determinado entrenamiento de fuerza [9, 10, 11]. La cuestión por tanto no debería centrarse tanto en “cuándo” empezar a entrenar la fuerza a estas edades sino en “cómo” hacerlo en cada momento con cada sujeto, y eso será decisión del adulto responsable de hacerlo.De esto último se desprende que para poder comenzar un entrenamiento de fuerza a edades infantiles o juveniles será fundamental (y esto es la calve de todo el proceso) que los adultos encargados de la supervisión de los niños y adolescentes tengan la cualificación y competencia suficiente para dar las instrucciones más precisas sobre la técnica apropiada de los ejercicios, el comportamiento apropiado en los entrenamientos, y la prescripción de todo el conjunto del entrenamiento, ya que a menudo los jóvenes sin experiencia suelen sobreestimar sus capacidades físicas, lo que podría aumentar el riesgo de lesionarse [10]. Dicho todo esto, podemos concluir que los beneficios derivados del entrenamiento de la fuerza a edades tempranas (prevención de lesiones, mejora de la salud ósea, mejora de la competencia motriz, mejora del composición corporal, etc.) superan ampliamente los riesgos que pudiera conllevar, siempre y cuando esté correctamente supervisado por técnicos cualificados y el diseño del conjunto del programa adaptado a las características psico-biológicas de los sujetos. Pues, ¡manos a la obra!Para más información sobre esta temática te animamos a inscribirte al próximo webinar sobre de Iniciación al Entrenamiento de Fuerza en Edades Tempranas: Niños y Adolescentes (enlace webinar).Bibliografía.1. Faigenbaum AD, Lloyd RS, Myer GD. Youth Resistance Training: Past Practices,New Perspectives, and Future Directions. Pediatric Exercise Science. 2013, 25, 591-604.2. R. Gómez-Campos, M. de Arruda, E. Hobold, C. P. Abella, C. Camargo, C. Martínez Salazar y M. A. Cossio-Bolaños. Valoración de la maduración biológica: usos y aplicaciones en el ámbito escolar. Rev Andal Med Deporte. 2013;6(4):151-60.3. Lloyd RS, Faigenbaum AD, Stone MH, Oliver JL, Jeffreys I, Moody JA, Brewer C, Pierce KC, McCambridge TM, Howard R, Herrington L, Hainline B, Micheli LJ, Jaques R, Kraemer WJ, McBride MG, Best TM,Chu DA, Alvar BA, Myer GD. Position statement on youth resistance training: the 2014 International Consensus. Br J Sports Med. 2013,0:1-12.4. American Academy of Pediatrics Committee on Sports Medicine: Strength training, weight and power lifting and body building by children and adolescents. Pediatrics. 1990;86(5):801-035. Cahill BR (ed): Proceedings of the conference on strength training and the prepubescent. Chicago, American Orthopedic Society for Sports Medicine. 1988;1-14.6. Lloyd RS, Faigenbaum AD, Myer GD, Stone M, Oliver J, Jeffreys I, Moody J, Brewer C, Pierce K.UKSCA Position Statement: Youth Resistance Training. UK Strength and Conditioning Association. 2012;26:26-35.7. American Academy of Pediatrics. Strength training by children and adolescents. Pediatrics. 2001;107(6):1470-72.8. American Academy of Pediatrics. Strength training by children and adolescents. Pediatrics. 2008;121:835–40.9. Faigenbaum AD, Kraemer WJ, Blimkie CJ, et al. Youth resistance training: updated position statement paper from the National Strength and Conditioning Association. J Strength Cond Res. 2009;23(5):S1–S20.10. Faigenbaum AD, Myer GD. Resistance training and pediatric health. Revista Kronos. 2011;10(1):31-38.11. Behm DG, Faigenbaum AD, Falk B, et al. Canadian Society for Exercise Physiology position paper: resistance training in children and adolescents. Appl Physiol Nutr Metab. 2008;33:547–61.12. Behringer M, Vom Heede A, Yue Z, Mester J. Effects of resistance training in children and adolescents: a meta-analysis. Pediatrics. 2010;126(5):1199-1210.
Tengo “flato”, ¿qué puedo hacer?
Autores: Fernando Mata (IICEFS)Raúl DomínguezSeguro que alguno de nosotros o de nuestros deportistas recuerda haber sufrido una extraña molestia abdominal durante la práctica de ejercicio, lo que comúnmente se conoce como “flato”, «stitch or side ache» (en inglés), y de forma más técnica como Dolor Abdominal Transitorio (DAT). Pero… ¿qué es, por qué sucede y cómo podemos prevenirlo?La literatura que ha estudiado esta temática en profundidad define el DAT de distinta manera según el autor de referencia. Por ejemplo, según Morton et al. (2003) el dolor abdominal transitorio es un dolor agudo principalmente punzante, cuando es grave, y manifestado en forma de calambre, dolor o tirantez, cuando es menos intenso. No está localizado, pero característicamente aparece en la parte lateral del área central del abdomen, aunque también puede asociarse con dolor en el hombro, constituyendo un factor que puede limitar el rendimiento deportivo (Morton y Callister, 2002). Por su parte, Eichner (2006) lo explica como una molestia agua, localizada, con dolor agudo y transitorio que se produce durante el ejercicio, con mayor frecuencia en los corredores o nadadores y también en los participantes en deportes de equipo y con menos frecuencia en ciclistas.Uno de los estudios de Morton y Calister (2000) muestra datos interesantes sobre la incidencia de DAT según determinados deportes (natación 75%; carrere 69 %; jinetes 62%; aeróbic 52%; baloncesto 47%; ciclismo 32%). A partir de estos datos y los derivados de otros estudios parece ser que el DAT se asocia con frecuencia a aquellos deportes en los que predominan los movimientos repetitivos del torso, sobre todo en aquellos que implican traslación vertical -como la carrera- (Ayán, 2010).Teorías explicativas del DATTradicionalmente en el pasado se propusieron dos mecanismos desencadenantes que trataban de explicar la etiología del dolor abdominal transitorio. Por un lado, la teoría de la isquemia diafragmática (Capps y Coleman, 1922), y por otro el estrés por tensión ligamentosa subdiafragmática (Sinclair, 1951). Sin embargo, existen evidencias más actuales que hacen pensar que el origen podría no ser diafragmático, al encontrarse con una mayor prevalencia en jinetes de caballo que presentan una baja demanda respiratoria, así como por la ausencia de cambios ergoespirométricos observados durante episodios de sintomatología (Morton y Callister, 1999). Más recientemente, Ayán (2010) en una magnifica revisión, enumera las hipótesis conocidas que intentan explicar este fenómeno y que se recogen de la literatura especializada:1.Tipologia del deportista. Cifosis, hipertonicidad muscular en la musculatura de la cadena cinética responsable de la estabilidad vertebral y de la movilidad de la cadera. Según Ayán (2010), se observa que deportistas con una marcada actitud postural cifótica son claramente más susceptibles de padecer DAT, mientras que la presencia de cifosis más lordosis, parece incrementar la percepción de dolor provocado por éste. Parece existir alguna relación entre la columna vertebral, la ortostática corporal y el DAT. Igualmente parece existir una relación inversa entre la edad y su padecimiento, de forma que a mayor edad menor riesgo de padecerlo, posiblemente debido a la adaptación y mejora de la aptitud física por la mayor frecuencia de entrenamiento.2. Isquemia diafragmática (hoy día rechazada).3. Calambre muscular (hoy día rechazada).4. Estado postprandial.5. Tensión ligamentosa subdiafragmática6. Irritación peritoneal.7. Sobrecarga diafragmática.De todas las teorías explicativas, parece existir cierto consenso en apoyar la hipótesis del estado postprandial, es decir, la influencia de la ingesta de sólidos o líquidos antes o durante la práctica deportiva, siendo las bebidas hipertónicas con altas concentraciones de carbohidratos las que con mayor probabilidad pueden desencadenar DAT. Esto puede deberse a que estas bebidas ralentizan el vaciado gástrico, lo que produce un aumento de la masa gástrica, y lo que conllevaría un aumento de la tensión que soportan los ligamentos viscerales. Por otro lado, esto mismo podría generar un incremento de la concentración de gases provocando un aumento en la distensión gástrica, y por lo tanto, un incremento en la presión a nivel peritoneal. Ambos sucesos pueden dan lugar a episodios de DAT, y constituyen la base sobre la que se edifican las causas que con mayor probabilidad pueden explicar el origen del punto o flato, el aumento de tensión en los ligamentos que soportan las vísceras y la irritación peritoneal. También hay estudios interesantes donde se muestra como la incorrecta hidratación puede dar lugar a la aparición de DAT. Por ejemplo, el estudio de Pfeiffer (2012) muestra como a lo largo de una prueba de carrera de 161 km. –dividida en 6 etapas- se observó que el 41% de los sujetos que fueron analizados sufrieron dolor abdominal transitorio, encontrando que la tasa de hidratación de éstos fue significativamente inferior con respecto a los que no sufrieron episodios dolorosos (5,9 ml/kg/h. versus 10,9 ml/kg/h.).Medidas preventivas del DATFrente a todas estas evidencias se proponen una serie de medidas o estrategias que ayuden a disminuir la incidencia de la aparición del dolor abdominal transitorio o al menos para alivio de sus síntomas (Ayán, 2010; Morton et al., 2005):·Evitar la ingesta de sólidos o líquidos 1-2 horas antes de la práctica de ejercicio físico y evitar las bebidas ricas en hidratos de carbono y alta osmolaridad.·Asegurar una correcta ingesta de fluidos que evite la deshidratación, pero que en ningún caso exceda las pérdidas ocasionadas por el sudor.·“Ensayar” la ingesta de fluidos siempre fuera del día de la competición y la elección de bebidas “no sintomáticas”.·Modificar el patrón respiratorio: el efectuar inspiraciones profundas o emplear la respiración abdominal son maniobras que pueden reducir la intensidad de los síntomas del DAT, una vez que se ha manifestado.·Movilización de la zona abdominal: ciertas estrategias tales como estirar la zona afectada, realizar flexiones profundas del tronco, aplicar presión manual sobre la zona, o tratar de incrementar la tensión de la musculatura abdominal, parecen ser las soluciones más eficaces empleadas por los deportistas cuando el DAT se presenta.·Manipulación torácica y espinal: en aquellos casos en los que se sospeche que tanto la alteración de la ortostática postural como la excesiva tonicidad muscular pueden causar DAT, un abordaje fisioterapéutico, basado en técnicas de manipulación torácica y de movilización y estiramiento de la musculatura vertebral y abdominal (especialmente psoas-iliaco y del cuadrado lumbar), podrían reducir significativamente el impacto que esta dolencia tiene en el deportista.·Trabajar de forma compensatoria la musculatura anterior y posterior del tronco, el control escapular, y el core.Bibliografía.1. Ayán, C. (2010). Dolor abdominal transitorio vinculado al ejercicio: causas y soluciones. RevistaAndaluza de Medicina del Deporte, 3 (3), 103-109.2. Capps, J. y Coleman, G. (1922). Experimental observations on the localisation of pain sense in the parietal and diaphragmatic peritoneum. Archives of Internal Medicine, 30 (6), 778-779.3. Desmond, C. y Roberts, S. (2004). Exercise-related abdominal pain as a manifestation of the median arcuate ligament syndrome. Scandinavian Journal of Gastroenterology,39 (12), 1310-1313.4. Eichner, E.R. (2006). Stitch in the side: causes, workup, and solutions. Current Sports Medicine Reports, 5 (6), 289-292.5. Morton, D. (2003). Exercise-related transient abdominal pain. British Journal of Sports Medicine, 37 (4), 287-288.6. Morton, D.P. y Callister, R. (1999a). Electromyography and spirometry measurements during “stitch”. Committee World Congress on Sport Sciences: book of abstracts, Sydeny, octubre. ACT: Sports Medicine Australia.7. Morton, D.P. y Callister, R. (2000). Characteristics and etiology of exercise-related transient abdominal pain. Medicine in Science Sports and Exercise, 32, 432-438.8. Morton, D.P. y Callister, R. (2006). Spirometry measurements during an episode of exercise-related transient abdominal pain. International Journal of Sports and Physiology and Performance, 1 (4), 336-346.9. Morton, D.P. y Callister, R. (2002). Factors influencing exercise-related transient abdominal pain. Medicine in Science Sports and Exercise, 34, 745-749.10. Morton, D.P. y Callister, R. (2010). Influence of posture and body type on the experience of exercise-related transient abdominal pain. Journal of Science in Medicine and Sports, 13 (5), 485-488.11. Pfeiffer, B., Stellingwerff, T., Hodgson, A.B. y col. (2012). Nutritional intake and gastrointestinal problems during competitive endurance events. Medicine in Science Sports and Exercise, 44 (2), 344-351.12. Sinclair, J.D. (1951). Stitch: the side pain of athletes. New Zealand Medical Journal, 50, 607-612.
Dieta proteinada y ejercicio físico
La obesidad se ha convertido en una pandemia a nivel mundial, 2,8 millones de personas mueren cada año como resultado de padecer sobrepeso u obesidad, según ha declarado la Organizacion Mundial de la Salud (OMS). Dentro del marco de las estrategias para combatir la obesidad, encontramos diferentes propuestas dietéticas y de actividad fisica. En el marco de las dietas muy bajas en calorias (VLCD), encontramos la dieta proteinada, una variedad de dieta cetogénica con un aporte minimo de grasas, de acuerdo a las indicaciones del grupo de consenso y cooperacion de los estados miembros en materia de examen cientifico sobre cuestiones relacionadas con los alimentos para la aplicacion de una dieta muy baja en calorias. El objetivo de esta revision cientifica es recopilar las evidencias que valoren la efectividad, seguridad y mantenimiento a largo plazo de los efectos de las VLCD, y en concreto de la dieta proteinada, aplicada en el marco de un método multidisciplinar, sobre el sobrepeso y la obesidad y su relación con el ejercicio físico.
Cuánto ejercicio físico hacer como mínimo para “vivir más”
Quien no quiera vivir más que levante la mano… ¡y nadie la levanta! Célebres frases como “morir joven lo más tarde posible” encierran un deseo arraigado en lo más primitivo de nosotros: el deseo por vivir más y mejor, si es posible (…).Lo cierto es que la sociedad en su conjunto y el colectivo médico-sanitario en particular buscan cómo prolongar la expectativa de vida, o mejor dicho, cómo disminuir los índices de mortalidad por todas las causas o enfermedades “no transmisibles” (cardio y cerebro-vasculares, cáncer, diabetes, etc.). Parece ser que, al margen de lo genético, los comportamientos que favorezcan un estilo de vida saludable mediante la práctica de ejercicio de forma regular y unos hábitos alimenticios correctos pueden ser dos pilares fundamentales que no pueden fallar. Sobre la práctica de ejercicio físico que más favorezca la disminución de los índices de mortalidad sabemos algunas cosas. La mayoría de los estudios prospectivos y observacionales se han centrado en establecer una asociación entre una dosis “optima” de ejercicio o nivel de aptitud cardio-respiratoria y la reducción concomitante de la mortalidad. Por ejemplo, hoy sabemos que reducir la aptitud o fitness cardio-respiratorio por 1 MET incrementa la mortalidad por todas las causas un 13% [1]. De este modo, un mayor nivel de aptitud física cardio-respiratoria reducirá sustancialmente los efectos adversos sobre la morbi-mortalidad. Tanto es así que el nivel de aptitud cardio-respiratoria –medida habitualmente en consumo de oxígeno- es un indicador independiente muy potente sobre el riesgo de mortalidad, independientemente del índice de masa corporal (IMC). Por ello, los sujetos obesos o con sobrepeso pero que son activos y muestran un buen nivel de aptitud cardiovascular no tienen automáticamente mayor riesgo de mortalidad por todas las causas. De hecho, los sujetos con masa corporal elevada pero buen fitness cardio-respiratorio tienen un riesgo menor de mortalidad que los sujetos con normopeso y una aptitud cardio-respiratoria baja, por lo que el nivel de aptitud física cardiovascular es un mejor predictor de todas las causas de mortalidad que el IMC [14, 15].Sin embargo, muy pocos estudios han profundizado en identificar la “dosis mínima rentable o suficiente” para este propósito (es decir, el umbral mínimo de ejercicio necesario para reportar beneficios para la salud y disminuir así la mortalidad). Si pudiéramos establecer esa dosis mínima que tuviera el potencial de prolongar nuestra salud en el tiempo sería más fácil alcanzarla y proponérnosla como objetivo a cumplir. En esta línea, el ACSM y otras organizaciones ha venido estableciendo y revisando determinados posicionamientos sobre esta cuestión [2, 3, 4, 5, 13], hasta el punto de propagarse como si de un dogma se tratase que un mínimo de 150 minutos a la semana de actividad cardiovascular moderada o 75 minutos semanales de actividad cardiovascular intensa es el mínimo suficiente para reducir la mortalidad e incrementar la expectativa de vida al reducir el riesgo de desarrollar patologías cardio-metabólicas. Sin embargo, otros estudios han podido comprobar mejoras significativas para la salud por debajo de tales inalcanzables recomendaciones para la mayoría de la población [6, 7], incluso una reducción de la mortalidad por debajo de tales volúmenes mínimos [8, 9, 10].Uno de esos estudios que ha tratado determinar el “umbral mínimo rentable” de ejercicio físico para prolongar la expectativa de vida fue publicado en agosto del 2011 [11]. Este estudio longitudinal de cohorte prospectivo y observacional, con una muestra de más de 41.000 sujetos taiwaneses y llevado a cabo mediante un programa de exámenes médicos (cumplimiento y seguimiento promedio de 8,5 años a lo largo de 13 años), obtuvo unos resultados interesantes. El hallazgo más sorprendente fue que el grupo experimental que reportaba menor volumen de ejercicio semanal (15 minutos al día o 90 minutos a la semana promedio de ejercicio cardiovascular de intensidad moderada) mostró una reducción del 14% del riesgo de todas las causas de mortalidad con respecto al grupo control inactivo (independientemente del sexo, edad, estado de salud, enfermedades cardiovasculares o de que fumaran o bebieran alcohol). Dicho de otro modo, el grupo control que no hacía ningún tipo de ejercicio obtuvo un riesgo de mortalidad por todas las causas un 17% mayor, y un incremento del 11% de riesgo de mortalidad por cáncer, que el grupo activo de bajo volumen. Con el resto de grupos activos de volumen medio a alto/muy alto de ejercicio, e intensidad moderada, se encontró una relación positiva no-lineal dosis-respuesta con respecto a los indicadores de salud, de forma que aquellos grupos más activos (con mayor volumen de ejercicio acumulado semanalmente) tenían un menor riesgo de todas las causas de mortalidad (cáncer, diabetes mellitus, enfermedades cardiovasculares). Otros estudios han comprobado igualmente que los incrementos cuantitativos de actividad física no presentan una relación inversamente lineal con los índices de morbi-mortalidad, y que puede depender del nivel inicial de ejercicio físico realizado por el sujeto [12]. Por ello, los sujetos menos activos son los que pueden verse más beneficiados por cualquier incremento cuantitativo de ejercicio físico, por pequeño o modesto que pueda parecer.Los mayores efectos sobre la reducción de todas las causas de mortalidad se obtuvieron con 1-2 horas de ejercicio a la semana de intensidad moderada y alta. Los resultados del estudio citado de Pang et al. (2011) llevados a términos absolutos supusieron que, en comparación con los sujetos físicamente inactivos, la esperanza de vida de los sujetos activos del grupo de bajo volumen a los 30 años se viera incrementada entre 2,55 y 3,10 años para hombres y mujeres, respectivamente. En el grupo activo que alcanzó la recomendación de realizar 30 minutos diarios de ejercicio (recomendaciones ACSM) su expectativa de vida se incrementó entre 3,67 y 4, 21 años. Por tanto, en todos los grupos activos de este estudio (volumen bajo, medio, alto y muy alto) hubieron mejoras significativas de salud que se vieron reflejadas en la reducción de la mortalidad e incremento de la esperanza de vida, y que tan sólo con 15 minutos al día o 90 minutos a la semana de ejercicio de intensidad moderada se pueden conseguir beneficios meritorios para prolongar la longevidad.Este umbral o dosis mínima rentable es un punto de partida mucho más fácilmente asequible por la mayoría de la población que la recomendación mundial de 30 minutos la mayoría de los días de la semana o 150 minutos a la semana de intensidad moderada, además de constituir un mensaje más motivador y alentador por el hecho de poder vivir más y mejor. ¿Quién no lo querría?Ahora bien, en realidad, la cuestión no sólo está en acotar esa dosis mínima en cuanto al componente “volumen” (frecuencia semanal y tiempo total por sesión y/o semana), sino también en saber establecer ese mínimo suficiente en conjunción con el resto de componentes que definen la verdadera dosis de ejercicio (especialmente en lo que a intensidad se refiere), ya que es muy probable que a intensidades mayores se requieran volúmenes más bajos y viceversa [5], y delimitar todo ello en función del nivel de experiencia o aptitud física del sujeto. Igualmente considerar programas de entrenamiento donde se entrenen otras capacidades físicas como la fuerza, y comprobar qué efecto pueda tener sobre los índices de mortalidad en programas de entrenamiento multicomponente.Autores: Guillermo Peña & Juan R. Heredia Bibliografía.1. Kodama S, Saito K, Tanaka S, et al. Cardiorespiratory fitness as a quantitative predictor of all-cause mortality and cardiovascular events in healthy men and women: a meta-analysis. JAMA. 2009;301:2024-2035.2. American College of Sports Medicine. Position statement on the recommended quantity and quality of exercise for developing and maintaining fitness in healthy adults. Med Sci Sports Exerc.1978;10(3):vii–x.3. American College of Sports Medicine. Position Stand: the recommended quantity and quality ofexercise for developing and maintaining cardiorespiratory and muscular fitness, and flexibility in healthy adults. Med Sci Sports Exerc. 1998;30(6):975–91.4. American College of Sports Medicine. 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La velocidad de ejecución en el entrenamiento de fuerza: connotaciones para el ámbito de la salud
No
hace demasiado tiempo que en el ámbito de la salud no se consideraba
suficientemente la importancia del componente de la velocidad de entrenamiento
de la fuerza. Muy al contrario es y ha sido una variable escasamente
controlada, hasta el punto de pensar que aquellos sujetos más frágiles, obesos,
mayores, etc. debían entrenar “siempre” a una velocidad de ejecución baja o
moderada para evitar riesgos que pudiesen comprometer sus estructuras
osteo-articulares. De
hecho, los posicionamientos y directrices internacionales más reconocidos del
pasado apenas consideraban la manipulación y trascendencia de este componente
al referirse al entrenamiento de la fuerza con poblaciones sanas no deportistas:
“El entrenamiento de fuerza
para el participante medio debe ser rítmico, ejecutado a una velocidad lenta a
moderada” (ACSM, 1998). “Para el entrenamiento de sujetos avanzados, se recomienda incluir un continuo de velocidades
concéntricas desde inintencionadamente lentas a rápidas y debería corresponder
a la intensidad utilizada” (ACSM,
2002). En el mejor de los casos emplazaban la utilización de altas velocidades
de ejecución concéntricas para el entrenamiento de “potencia” de los sujetos
altamente entrenados.Pero
afortunadamente el conocimiento emanado desde las distintas áreas y ciencias
del ejercicio es actualmente más permeable que nunca, de forma que muchos de
los conocimientos que surgen de estudios aplicados a poblaciones deportistas
con el objetivo de mejorar su rendimiento tienen interesantísimas aplicaciones
a otro tipo de poblaciones no deportistas o incluso con determinadas patologías
y viceversa, pero que en definitiva pretenden mejorar sus prestaciones físicas
y capacidad funcional. Esto nos obliga a estar alerta y receptivos a conocer
los nuevos avances que desde cualquier campo científico (rendimiento, salud,
rehabilitación, ergonomía, etc.) se vayan descubriendo por el interés que
puedan tener en su aplicación para objetivos diferentes.
Pues
bien, uno de esos nuevos “paradigmas” derivados de estudios provenientes del
rendimiento deportivo (y que podemos encontrar utilidad para la mejora de la
capacidad funcionalidad en el ámbito de la salud) es el que posiciona la
velocidad de ejecución como un componente fundamental a programar de la dosis
del ejercicio de la fuerza. Sabemos que actualmente, en el
ámbito del entrenamiento deportivo, se programa el entrenamiento de fuerza
considerando conjuntamente el peso/resistencia, la velocidad y la potencia
mecánica producida, ya que es la interacción entre estos parámetros la que
determina la verdadera orientación del entrenamiento. Algo similar podría ser transferido
al contexto de la salud, salvando el problema que pueda suponer el control de
este parámetro con suficiente fiabilidad. En cualquier caso, esto último no
debiera preocuparnos siempre que la fuerza aplicada fuese la máxima posible contra
la resistencia utilizada y no utilizásemos un número de repeticiones máximo o
cercano al máximo que obligase reducir demasiado la velocidad y potencia
producida. Estudios como los de Izquierdo et al. [13-16] con poblaciones de
sujetos mayores han podido constatar que un rango de repeticiones relativamente
bajo (4 a 10) pero realizadas a altas velocidades concéntricas son sorprendentemente
eficaces para mejorar la fuerza y potencia. No debemos olvidar la importancia
de preservar las fibras tipo II que sufren un declive progresivo con la edad [5],
para lo cual habría que entrenar solicitando
de forma sincrónica el máximo número posible de unidades motrices rápidas para salvaguardar
la capacidad de generar altas tasas de fuerza y velocidad.Figura 1. Comparativa
de la sección transversal del músculo cuádriceps y tipo de fibras entre sujetos
jóvenes y adultos mayores antes y después de 6 meses de entrenamiento de fuerza
(Nilwik et al, 2013).En
definitiva, la velocidad de ejecución es una variable condicionante y
fundamental de la intensidad del entrenamiento de la fuerza, la cual es
dependiente tanto de la magnitud de la carga a superar como de la
intencionalidad del sujeto por superar dicha carga, y por tanto con importantes
influencias sobre las adaptaciones generadas por el entrenamiento [6, 7, 8].
Dicho de otro modo, la velocidad está en relación con la aceleración que el
sistema neuromuscular aplica a la resistencia dada, así que a mayor velocidad
alcanzada ante una misma resistencia mayor potencia producida y por tanto
resultará en un esfuerzo de mayor intensidad o fuerza aplicada [12]. Esto es
debido a la mayor exigencia neuromuscular y estrés mecánico generado.Todo
esto nos conduce a plantear que en el ámbito de la salud no tengamos que
trabajar con resistencias cercanas al máximo posible (%1RM) ni con un número de
repeticiones máximo (fallo muscular concéntrico) para provocar adaptaciones
neuromusculares intensas (redirección
blog específico), especialmente con los sujetos más inexpertos y con
objetivos menos relacionados con adaptaciones estructurales, sino que debemos
programar en función de un rango de repeticiones determinado que favorezca preferentemente
unas adaptaciones específicas. Sin embargo, con la velocidad sí que podría estar
justificado el entrenar con velocidades máximas o cercanas al máximo a la luz
de algunas pocas evidencias de estudios bien controlados y diseñados [9, 10, 11].
Esta es una importante consideración para el ámbito de la salud, aunque ello
deba estar convenientemente contextualizado (por ejemplo, no emplearíamos
velocidades máximas concéntricas en periodos de acondicionamiento básico de
sujetos inexpertos, frágiles o en periodos de rehabilitación hasta que se
demuestre suficiente competencia técnica y seguridad). Todo esto se justifica
por el hecho de que la velocidad de ejecución realizada en cada repetición
tiene un efecto diferenciado para el rendimiento neuromuscular, dependiendo sea
máxima o no. Lo importante de la velocidad como factor de intensidad no es que
sea muy alta o muy baja en términos absolutos, sino que sea la máxima o casi
máxima posible para la resistencia dada [12],
aspecto el cual ha sido tratado en algunos estudios [9, 10]. Por eso la
utilización de una misma magnitud de carga (%1RM) daría lugar a dos
intensidades distintas en función de qué velocidad o potencia de ejecución sea
la máxima posible o no, o si hacemos el máximo número de repeticiones por serie
o no.
Respecto
de esta cuestión, un reciente estudio conducido por González-Badillo y
colaboradores (2014) ha podido comprobar que frente a una misma magnitud de
carga la velocidad a la cual se supere la resistencia determina en gran medida
el efecto del entrenamiento resultante más que otros factores (tiempo bajo
tensión o estrés metabólico). Dicho estudio dividió una muestra de 20 sujetos
activos a nivel recreacional y con experiencia en el entrenamiento de fuerza en
dos grupos que entrenaron con la misma frecuencia (3 veces/semana x 6 semanas),
resistencia (60 al 80% 1RM), intervalo de recuperación inter-serie (3 minutos),
número de series (3 a 4) y número de repeticiones por serie (2 a 8, es decir,
menos de la mitad de las máximas repeticiones posibles por serie) en el
ejercicio de press banca horizontal pero con distintas velocidades de ejecución
(grupo experimental 1: máxima velocidad concéntrica (promedio:
0,58 m/s); grupo experimental 2: la mitad de la máxima velocidad concéntrica
(promedio: 0.32 m/s). Dicha variable independiente fue controlada mediante
un dispositivo de control de la velocidad altamente fiable (transductor lineal
de velocidad). Tras realizar dicho entrenamiento y haber realizado un pre y
postest (estimación 1RM; velocidad máxima con distintas cargas: 60
a 80%) se encontraron mayores ganancias de
fuerza máxima 1 RM y potencia/velocidad con el grupo que entrenó siempre a
máxima velocidad concéntrica en todas y cada una de las series y repeticiones
que con el grupo que entrenó a la mitad de la máxima velocidad posible (con el
ahorro de tiempo concomitante que supuso en cada serie). Este mismo estudio
comprobó además que el estrés metabólico (lactato postejercicio) fue moderado en
ambos casos pero ligeramente mayor en el grupo que entrenó a máxima velocidad,
probablemente debido a un mayor reclutamiento de fibras rápidas tipo II. Las
ganancias de fuerza superiores conseguidas por el grupo que entrenó a máxima
velocidad podría explicarse entre otras posibles razones por la mayor
activación de la musculatura agonista que produjo mayores picos de fuerza en
cada repetición.Figura 2. Cambios de las
variables del rendimiento de la fuerza en press banca pre-postentrenamiento
para cada grupo (González-Badillo et al., 2014)En definitiva,
todos estos datos nos conducen a reconocer
el entrenamiento de fuerza como fundamental en el ámbito de la salud -algo que
ya sabíamos sobradamente- por el hecho de permitir aplicar más fuerza ante la misma
resistencia, o dicho de otro modo vencer la misma resistencia con menos
esfuerzo, algo fundamental para mejorar la capacidad funcional también de los
sujetos no deportistas. A su vez, considerar la velocidad de ejecución como un
componente clave con el potencial de maximizar las adaptaciones neuromusculares
es fundamental (siempre y cuando ésta sea la “máxima” posible con la
resistencia utilizada, es decir, atendiendo a la intencionalidad de vencer la
resistencia). Obviamente, para esto, el número de repeticiones no tiene ni debe
ser el máximo posible con la resistencia utilizada, ya que de este modo la
velocidad y potencia disminuirían ostensiblemente en las últimas repeticiones y
en consecuencia su potencial adaptativo a nivel neural (máxima sincronización
de unidades motrices). Así, el estímulo más rentable para generar adaptaciones
neurales no será precisamente el que más fatiga muscular y metabólica provoque,
sino el que exija una tasa de producción de fuerza mayor en la unidad de
tiempo, y para esto debemos considerar la velocidad de ejecución como la clave de
ello. ¿Por qué seguir entrenando igual?Guillermo Peña & Juan R. HerediaBibliografía.1.American
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quality of exercise for developing and maintaining cardiorespiratory and
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healthy adults. Med Sci Sports Exerc. 2002;34:364–80.4.American
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José González-Badillo, David Rodríguez-Rosell, Luis Sánchez-Medina, Esteban M.
Gorostiaga & Fernando Pareja-Blanco (2014): Maximal intended velocity
training induces greater gains in bench press performance than deliberately
slower half-velocity training, European Journal of Sport Science, DOI: 10.1080/17461391.2014.90598712.González-Badillo,
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performance in men of different ages. E. J. Appl. Physiol. 79: 260-267.
Últimas informaciones sobre el entrenamiento con TRX®
Peña, GuillermoHeredia, Juan RamónInstituto Internacional Ciencias Ejercicio Físico y Salud
IICEFSEl entrenamiento
con el dispositivo comercializado con el nombre de TRX® Suspension Trainer™ y
otros similares disponibles en el mercado (AirFit Trainer Pro, Flying, Jungle
Gym XT) ha irrumpido con fuerza en distintos contextos de entrenamiento, en
demasiadas ocasiones amparados bajo el paraguas del “entrenamiento funcional” y
que tantas veces hemos abordado en otras publicaciones (enlace 1; enlace 2; enlace 3). Este tipo de dispositivos de
entrenamiento generadores de inestabilidad externa, que tanto se han difundido
en el ámbito del fitness, se ha valido de campañas publicitarias bien diseñadas
para introducirse en equipos deportivos profesionales de las grandes ligas
americanas y entre destacados deportistas que han favorecido su popularización.La
mayor parte de dispositivos de suspensión disponibles en el mercado consisten
en dos correas colgantes de nylon no elásticas, ancladas a un soporte en un
punto más alto. El apoyo de las extremidades sobre estas correas supone un
importante desafío para el control y la estabilidad del cuerpo. Este tipo de
equipamientos permite crear una gran variedad de ejercicios contra el propio peso
corporal con distintos niveles de dificultad y requerimientos de estabilización
activa. Hipotéticamente, la mayor desestabilización generada provoca un mayor
reclutamiento de las unidades motrices [Beach et al., 2008; Marshall and
Murphy, 2006].Al
igual que ha venido sucediendo con muchos otros dispositivos generadores de
inestabilidad externa (fitball, BOSU®, discos inflables, etc.), al principio de
su aparición los estudios y tesis doctorales que se han preocupado por conocer
los verdaderos efectos neuromusculares del uso de este tipo de equipamientos en
“suspensión” son escasos [Beach et al., 2008; Schoffstall et al., 2010; Dyrek,
2011; Martín et al., 2012; Snarr et al., 2013; Calatayud et al., 2014, Maeo et
al., 2014; McGill et al., 2014a; McGill et al., 2014b]. En España, el grupo de
investigación pionero en analizar los efectos del entrenamiento en suspensión
es el liderado por el profesor Juan Carlos Colado desde el laboratorio de Actividad
física y Salud de la universidad de Valencia. La mayoría de los estudios
publicados con este tipo de equipamientos coincide en afirmar las grandes
demandas de activación muscular que se exige a la musculatura del core/tronco (recto
anterior del abdomen, especialmente) en comparación con la realización del
mismo ejercicio en una situación estable como el suelo firme, si bien estos
hallazgos sólo pueden ser extrapolados a los ejercicios estudiados por estas
investigaciones -casi siempre el ejercicio de “push-up”- y bajo las estrictas
condiciones establecidas para cada estudio en el laboratorio (grado inclinación
del cuerpo, separación de los agarres, número de repeticiones, velocidad de
ejecución, características de la muestra de sujetos, etc.).Muy
recientemente han surgido nuevos estudios sobre esta modalidad de entrenamiento
de la estabilidad utilizando este tipo de dispositivos Un estudio muy reciente publicado
por Calatayud et al. (2014) comparó la activación muscular de las extremidades
superiores durante la realización del ejercicio de push-up (flexo-extensiones
de brazos) entre diferentes tipos de equipamientos de entrenamiento en
suspensión con diferentes anclajes y características que podían afectar a los
distintos grados de estabilidad. De forma resumida, los resultados del estudio
mostraron que comparativamente la activación muscular del tríceps braquial,
trapecio superior, recto femoral y core (recto anterior del abdomen y erector
espinal lumbar) fue mayor con los equipamientos de entrenamiento suspendidos que
con la realización del ejercicio sobre el suelo firme, muy especialmente con el
dispositivo más inestable de todos que monta un sistema de un solo anclaje con
polea en el centro (Airfit Trainer Pro, PurMotion™, recto anterior: 105% MVIC;
tríceps braquial: 47,8% MVIC; trapecio superior: 20,4 %MVIC; recto femoral:
19,2 %MVIC; erector espinal lumbar: 4,3 %MVIC). Sin embargo, las situaciones
que facilitan más estabilidad, como el push-up sobre el suelo o el dispositivo menos
inestable (Jungle Gym XT), fueron las que favorecieron una mayor activación
muscular del pectoral mayor y deltoides anterior en el mismo ejercicio. Este
reciente estudio viene a apoyar los resultados y conclusiones de otras
investigaciones que analizan el mismo ejercicio [Beach et al., 2008; McGill et
al., 2014a], con la novedad de haber comparado entre sí varios tipos de equipamientos
de suspensión comercializados.
No obstante, y también hay que comentarlo,
existen algunos resultados que contradicen este tipo de resultados (Maeo et al.,
2014; Snarr y Esco, 2013). Así por ejemplo, Snarr y Esco (2013) encontraron que
al comparar el push-up “suspendido” con el push-up tradicional sobre suelo
firme el primero provocó una mayor activación muscular (EMG) del pectoral
mayor, deltoides anterior y tríceps braquial. Las razones que puedan explicar estos resultados contradictorios se
escapan al cometido de esta publicación, pero tal vez puedan estar relacionados
con el control de algunas variables, como podría ser la posición/separación de
las manos durante la ejecución de ambos ejercicios a lo largo de la acción
concéntrica.Los últimos estudios que
conocemos, y realmente novedosos por varias razones, son los que el profesor
Stuart McGill y colaboradores (2014) tienen publicados en el Journal
of Strength and Conditioning Research y, próximamente, en el Journal of Electromyography
and Kinesiology. Estos estudios
llaman particularmente la atención por cuanto son los primeros que conocemos
que analizan las cargas compresivas y de cizalla sobre el raquis lumbar al
realizar distintos ejercicios “suspendidos” de empuje/push y tracción/pull,
además de la activación muscular solicitada. Uno de
estos estudios analiza concienzudamente la activación muscular y la carga raquídea
durante diferentes ejercicios de tracción/pull sobre superficies de contacto
estables y lábiles/inestables (TRX®
Suspension Trainer™). Este estudio
tomó una muestra de 14 varones universitarios sanos con experiencia en el
entrenamiento a los que se les registró la actividad muscular, la fuerza externa,
y el movimiento segmentario corporal 3D comparando más de 10 ejercicios de
tracción (con autocarga en TRX y con autocarga libres sin TRX) a distintos
ángulos de inclinación del cuerpo. Todos estos datos fueron procesados por un
sofisticado modelo matemático 3D que integraba la actividad muscular y la cinemática
segmentaria corporal para estimar la fuerza muscular. A partir de la fuerza muscular
y de las cargas articulares de cada segmento se calculó la carga raquídea
lumbar. Los resultados más interesantes fueron que los ejercicios que mayor
carga raquídea produjeron fueron los ejercicios de tracción con autocarga realizados
sin el dispositivo TRX (flexiones de brazos en barra fija), estando todos los
ejercicios analizados por debajo de 3000 y 500 N de carga compresiva y de
cizalla, respectivamente. Además, todos los ejercicios analizados produjeron
las mayores cargas de cizalla lumbar al comienzo del ejercicio (fase
concéntrica inicial) y fue reduciéndose a medida que la tracción llegaba a la
parte más alta del movimiento (fase concéntrica final). Respecto de la
activación muscular (dorsal ancho, erector espinal lumbar y dorsal), y como era
de suponer durante los ejercicios de tracción con el dispositivo TRX, aumentaba
a medida que el cuerpo alcanzaba la posición más horizontal (mayor ángulo de
inclinación del cuerpo). En comparación, los ejercicios de tracción con
autocarga sin TRX (remo invertido y flexiones de brazos en barra) fueron los
que mayores niveles de activación muscular abdominal anterior, del pectoral mayor, y del dorsal ancho produjeron,
y por tanto mayor carga raquídea. Estos resultados indican que los ejercicios
de tracción realizados con este medio de entrenamiento suspendido alteran en
menor medida la activación muscular del tronco/core que con los ejercicios de
empuje o push referidos en otros estudios [Freeman
et al, 2006; Beach
et al., 2008; Schoffstall et al., 2010; Dyrek, 2011; Martín et al., 2012; Calatayud
et al., 2014; McGill et al, 2014a].
En
definitiva, estos dos pioneros estudios del profesor McGill concluyen que todos
los ejercicios analizados de tracción y empuje son seguros para la integridad
estructural del raquis ya que en ningún caso superan cargas raquídeas
compresivas (>3000 N) o de cizalla (>500 N) por encima de los límites
propuestos como seguros. Esto es posiblemente debido a que parte de la carga es
repartida entre las piernas y los brazos agarrados a las correas. La
clasificación de estos ejercicios según la carga raquídea generada puede ser
una herramienta útil para el técnico que deba decidir sobre la selección de uno
u otro tipo de ejercicios en suspensión y su progresión según el objetivo y
nivel/características del sujeto [tabla 1 y figura 1].Tabla
1. Ranking de compresión raquídea media al comienzo de cada ejercicio de
tracción.Figura
1. Carga raquídea de cizalla de cada ejercicio de tracción.Tabla
2. Activación muscular en %MVIC de cada ejercicio de tracción (media y
desviación estándar).Bibliografía.1.Marshall PWM y
Murphy BA. Increased deltoid and abdominal muscle activity during swiss ball
bench press. J
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Pesos Libres versus Resistencias Elásticas
Guillermo Peña / Juan Ramón HerediaInstituto Internacional Ciencias Ejercicio Físico y SaludIICEFSLa
comunidad científica considera el entrenamiento de la fuerza con medios
convencionales (resistencias isoinerciales) como una forma útil y eficaz para
mejorar las distintas manifestaciones de la fuerza muscular en todo tipo de
poblaciones. No obstante, aunque estos medios de entrenamiento sean utilizados
habitualmente para proporcionar un estímulo en forma de resistencia externa
para la musculatura involucrada a fin de mejorar la fuerza muscular, esto no debe hacer inferir que sean siempre los
únicos disponibles y más eficaces para este u otros propósitos. La ausencia de
un criterio metodológico con el que controlar la resistencia generada por el
ejercicio de forma objetiva y progresiva al realizar tales ejercicios con otro
tipo de resistencias menos convencionales (p.e.: medio acuático) puede haber sido
una de las causas de su menor reconocimiento o atención científica [Colado y
Triplett, 2008].
Por esta razón, en
ocasiones nos cuestionamos si para la mejora de las prestaciones de fuerza
serán mejor utilizar determinados tipos de resistencias o medios que otros
(máquinas de placas, resistencias isoinerciales, resistencias isocinéticas, estimulación
mecánica neuromuscular, resistencias elásticas, medio acuático, etc.). Más aún,
en el ámbito de la salud puede ser muy interesante conocer si verdaderamente
determinados dispositivos o tipologías de resistencias pueden ser igualmente o más
favorables que otras para, ante una dosis o estímulo de entrenamiento similar,
inducir efectos y respuestas adaptativas neuromusculares positivas, además de
ofrecer alguna otra ventaja. Si es cierto que el sistema neuromuscular responde
según la tensión producida y la fuerza aplicada sobre sus estructuras, parece
lógico conjeturar que replicando el estímulo apropiado se podría provocar las
adaptaciones pretendidas contra “cualquier” tipo de resistencia. Para poder
responder esta hipótesis necesitamos, una vez más, acudir a las fuentes de
información científica actuales. Para ello, es muy importante discernir las
características de cada estudio, ya que el propio diseño, el protocolo de
intervención, las características de los sujetos de la muestra, el tipo de
evaluación, etc. son determinantes para contextualizar los resultados de cada
estudio y no hacer extrapolaciones universales.Tradicionalmente
una gran inmensa mayoría de estudios científicos han utilizado resistencias isoinerciales
(barras, discos, mancuernas, etc.) y máquinas de placas como medios de
entrenamiento para estudiar los efectos del entrenamiento neuromuscular,
aspectos los cuales se tratarán en profundidad en el próximo curso de posgrado
en Actividad Física para la Salud/Fitness (enlace al curso). Sin embargo, durante los
últimos años las resistencias elásticas han ganado popularidad por su bajo
coste, simplicidad, versatilidad y portabilidad (Jakobsen et al., 2013),
llegando a existir consenso respecto de su eficacia para aumentar la fuerza
muscular en poblaciones de adultos mayores (Martins et al, 2013). Tanto es así,
que algunos estudios que han utilizado este tipo de dispositivos elásticos han
mostrado ser igual de efectivos para el fortalecimiento de grupos musculares
pequeños del cuello, hombro y brazos que el entrenamiento con pesos libres
(Andersen et al., 2010), o incluso de grupos musculares principales del
hemisferio inferior y superior (Colado y Triplett, 2008; Colado et al., 2010;
Calatayud et al., 2014). Asimismo, algunos autores han considerado que estos
medios de entrenamiento pueden proporcionar ventajas con respecto al
entrenamiento con pesos libres o máquinas de placas también en el ámbito clínico
de la rehabilitación, donde inicialmente se le ha dedicado más atención. Por
ejemplo, un complejo estudio sobre ingeniería médica concluyó que el ejercicio
de extensión de rodillas sentado con bandas elásticas, en comparación con una
máquina de placas, tiene el potencial de ofrecer una activación del cuádriceps
más efectiva a lo largo de todo del rango de movimiento articular, además de
reducir la fuerza de tensión sobre el ligamento cruzado anterior (Biscarini,
2012).
Desde el punto de
vista físico, la resistencia elástica depende de la constante (k), característica
de cada material polimétrico elástico, y de la elongación (X), y no depende de
la gravedad. Así, las bandas elásticas proporcionan resistencia no sólo en
plano vertical sino en todo el recorrido del movimiento y/o en el plano
horizontal (Melchiorri y Rainoldi, 2011). Además, sea cual sea el movimiento
realizado, la tensión del dispositivo elástico se incrementará siempre de forma
lineal desde el comienzo hasta el final del recorrido del mismo, aspecto el
cual no sucede a menudo con el uso de resistencias isoinerciales merced de la
variación de los brazos de palanca y torques generados a lo largo del recorrido.
Sobre esto, Page y Ellenbeker (2003) han apuntado que las resistencias
elásticas se caracterizan por reproducir una curva del torque de las fases
concéntrica-excéntrica más simétrica a lo largo de todo el recorrido, con el pico
ocurriendo cerca de la mitad del recorrido. Sin embargo, otros parámetros como
por ejemplo las características de la curva Fuerza-Tiempo, la velocidad media
propulsiva y el tiempo hasta la aceleración máxima alcanzada, pueden tener
relevantes consecuencias al valorar entre sí las resistencias elásticas e
isoinerciales, todos estos aspectos aún inexplorados desde el punto de vista
científico.Para entrar en
materia, nos parece muy interesante destacar que las resistencias ofrecidas
mediante dispositivos elásticos han mostrado inducir una activación muscular
(EMG) comparable, o incluso mayor, a la misma ejecución realizada mediante
resistencias isoinerciales en distintos ejercicios que afectaban musculatura tanto
del hemisferio inferior como superior (Matheson et al., 2001; Hughes y
McBridge, 2005; Aboodarda et al., 2013; Andersen et al., 2010; Jakobsen et al.,
2013; Jakobsen et al., 2014; Calatayud et al., 2014). Esto a priori, podría
hacer presuponer que las adaptaciones inducidas podrían ser parecidas entre
ejercicios que compartieran una gran similitud biomecánica cuando las
respuestas electromiográficas fueran similares, independientemente del
medio/resistencia de entrenamiento utilizado.En
esta línea un estudio muy reciente de Calatayud et al. (2014) comparó los
niveles de activación muscular electromiográfica entre el press banca en
máquina Smith y el push-up con bandas elásticas, a la vez que comprobó los
resultados sobre las ganancias de fuerza tras un periodo de intervención con
sujetos con experiencia en ambos ejercicios. Para ello, lógicamente se equiparó
todos los componentes de la dosis que definieron el estímulo de entrenamiento (frecuencia
semanal, velocidad de ejecución, número de repeticiones, intervalo de
recuperación, etc.), manteniendo de este modo unas condiciones equivalentes
para ambos grupos (5 semanas x 2 sesiones/semana: 5 series x 6 RM/4 m.). Los
resultados mostraron que no hubo diferencias significativas de activación
muscular electromiográfica del pectoral y deltoides anterior entre ambos
ejercicios al realizar 6RM. Asimismo, y esto es lo novedoso de este estudio, encontraron
que ambos grupos experimentales, máquina Smith versus bandas elásticas, mejoraron
de forma similar su fuerza (test 1 RM y 6 RM en máquina Smith) tras el periodo
de entrenamiento (tabla 1), si bien hubiera sido interesante poder comparar también
los efectos sobre otro tipo de variables relacionadas con la producción de
fuerza y potencia (por ejemplo, velocidad y RFD máxima). Otros estudios han
podido igualmente comparar los efectos de programas de entrenamiento de la
fuerza entre el uso de resistencias elásticas versus máquinas/pesos libres,
encontrando mejoras equivalentes de fuerza isométrica voluntaria máxima en
sujetos jóvenes tras 8 semanas de entrenamiento periodizado (Colado et al.,
2010).
Tabla
1. Test de 6RM (kg) con máquina Smith al comienzo y tras 5 semanas de
entrenamiento (Calatayud et al., 2014).Con unas
características diferentes, el estudio conducido por Melchiorri y Rainoldi
(2011) investigó la fatiga muscular inducida en un ejercicio de flexión de
codos con resistencias elásticas versus
máquinas de placas. Para ello, establecieron un protocolo mediante el cual se
realizaron repeticiones máximas hasta la fatiga al 70% de la 1RM mediante un mismo
dispositivo diseñado para la contracción específica del bíceps braquial con
resistencias elásticas y placas respectivamente, y realizado en sesiones
diferentes cada uno. Tras cada una de las sesiones se realizó un test
isométrico submáximo con electromiografía para conocer la respuesta mioléctrica
a la fatiga, y un test para observar la magnitud del declive de la producción
de fuerza (respuesta mecánica a la fatiga), todo ello con el propósito de
determinar qué modalidad de resistencia (elásticas vs placas) proporcionaba
mayor fatiga ante la misma intensidad relativa. La única diferencia significativa
de los resultados de cada uno de los test post-ejercicio entre cada modalidad
de ejercicio fue sobre la velocidad de conducción de la fibra muscular
(manifestación mioeléctrica de la fatiga), siendo ésta mayor en el ejercicio
realizado con resistencia elástica. Los resultados confirmaron que las
contracciones musculares realizadas con bandas elásticas parecen requerir una gran
activación muscular.Ante
esta serie de evidencias pensamos que para determinados objetivos y tipologías
de sujetos se podría establecer una dosis de ejercicio
eficaz para provocar el suficiente estímulo como
para generar adaptaciones neuromusculares óptimas con “cualquier”
medio/resistencia de entrenamiento. No obstante, tenemos que ser cautelosos a
la espera de nuevos estudios bien controlados que analicen respuestas
específicas sobre distintos marcadores o prestaciones de la fuerza. Este
aspecto puede resultar especialmente interesante en el ámbito del acondicionamiento
físico para la mejora de la salud y funcionalidad de distintos grupos
poblacionales, donde la especificidad del entrenamiento, incluido las
características de las resistencias a vencer, no sea tan determinante para el
rendimiento como lo pueda ser en el ámbito deportivo.Resumiendo, al igual que con los
programas de entrenamiento de la fuerza convencionales contra resistencias
isoinerciales o máquinas, los ejercicios realizados con otros medios
(resistencias elásticas y medio acuático, por ejemplo) tienen el potencial de
mejorar las prestaciones de fuerza y lograr distintas adaptaciones a nivel
neural, estructural y metabólico siempre y cuando se diseñe un programa de
entrenamiento progresivo que cuide correctamente el control de los componentes
de la dosis, con especial relevancia a la intensidad. Por ello, por lo general
los estudios bien diseñados han podido confirmar adaptaciones positivas
causadas por el entrenamiento orientado a la mejora de la fuerza utilizando medios
de entrenamiento distintos a los pesos libres y máquinas, caso de las resistencias
mediante bandas elásticas como hemos expuesto. No obstante, cada sujeto
responderá de forma diferente según su nivel actual y experiencia previa de
entrenamiento, salud e integridad osteoarticular, así como en respuesta
individual al estímulo estresante del entrenamiento.Bibliografía.1.Aboodarda
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Functional Movement Screen (FMS) a la palestra: ¿Qué nos dice la ciencia?
Guillermo PeñaJuan Ramón HerediaVíctor SegarraIICEFSIntroducción.En
el año 2006 los autores Gray Cook, Lee Bourton y Barbara Hoogenboom publicaron
los primeros artículos originales en la revista North American Journal of Sports Physical Therapy sobre el uso de
Movimientos Fundamentales pre-ejercicio como valoración de la función (Pre-participation
screening: the use of Fundamental Movements as an assessment of function). A
partir de estas primeras y otras publicaciones de los mismos autores (1, 2, 3,
4), hasta las más actuales publicaciones revisadas (6, 7), su propuesta se
extendió como la pólvora por distintos ámbitos relacionados con las ciencias
del ejercicio físico y la salud, siendo sometida a numerosas críticas y/o halagos
desde distintos contextos y profesionales. No obstante, el excepticismo o
asombro generado en muchos técnicos (entrenadores personales, fisioterapeutas,
médicos, etc.) fue sumando para que la propuesta original fuese conocida por
multitud de especialistas involucrados en el proceso de la valoración,
entrenamiento y prescripción del ejercicio.En esta entrada vamos a tratar una vez más de,
siendo neutrales, recoger la información científica disponible y más actual
sobre este tópico, para una vez filtrada llegar a resumir algunas ideas
fundamentales y verter algunas conclusiones finales. Igualmente, en el próximo curso
de Posgrado en Actividad Física para la Salud/Fitness abordaremos en
profundidad los aspectos relacionados con la evaluación y valoración de la
salud y condición física (enlace al curso).
Qué es y para qué pretende ser
útil el FMSTMLa primera dificultad que nos encontramos para
comprender qué es el FMSTM es sobre la propia definición/traducción de los
términos. El término “screen/screening” en inglés tiene una compleja traducción
al español, aunque en demasiadas ocasiones es traducido como
“valoración/evaluación” cuando en realidad no es ese su significado más preciso.
“Screening”, en medicina, también
denominado cribado o tamizaje, es un anglicismo utilizado para indicar una estrategia aplicada sobre un grupo
de población para detectar una patología (en este caso disfunción motora) en individuos
sin signos o síntomas de esa patología/disfunción. La
intención del screening es identificar patologías/disfunciones de manera temprana
dentro de un grupo. Por tanto, podemos decir
que el término “screening” en el contexto que nos ocupa viene a significar un
examen de detección o exploración de determinas disfunciones del sistema de
movimiento. Esta aclaración es importante, por cuanto los autores originales del
FMSTM nunca
pretendieron considerar su propuesta como una verdadera “valoración o
evaluación” del estado funcional del sujeto, sino como un examen de exploración
del movimiento funcional (7). Una vez dicho esto, y según sus propios creadores, el FMSTM es un sistema de screening (cribado) que trata de permitir al profesional
evaluar los patrones de movimiento fundamentales de un individuo (1, 2, 3, 4). Los mismos sostienen
que el tipo de tareas de screening de los que se compone su batería puede ser
un método para identificar los marcadores que describen una “competencia motriz
de base” (7). Igualmente, este sistema puede ser utilizado al final del proceso
formal rehabilitador para ayudar a determinar si un deportista está en
disposición para retornar al entrenamiento (7).El FMSTM está compuesto de siete patrones de movimiento
fundamentales/básicos (tests) que requieren un equilibrio entre movilidad y la estabilidad
(incluyendo control motor). Según sus autores, estos patrones de movimiento
fundamentales están diseñados para proporcionar un rendimiento observable de determinados
movimientos básicos locomotores, manipulativos y de estabilización. En teoría,
las pruebas/tests exponen al sujeto a posiciones extremas donde las debilidades
y desequilibrios se hacen evidentes si no se dispone de la estabilidad y la
movilidad apropiadas. Así, mediante estos test se pretende analizar los
desequilibrios bilaterales así como la movilidad-estabilidad de cada segmento
involucrado. La forma en que el FMSTM se puntúa es la siguiente: cada uno de los siete
test es valorado numéricamente de cero (0) a tres (3) según determinados
marcadores observables y establecidos de la calidad del movimiento (para ello
recomendamos al lector revise las publicaciones originales de sus creadores),
siendo 3 la mejor puntuación posible y 0 la peor cuando se manifiesta dolor en
cualquier parte del cuerpo durante la realización de cada uno de los test. El
valor o puntuación uno (1) sucede cuando la persona es incapaz de realizar
correctamente el patrón de movimiento (test) o de adoptar la posición correcta
del mismo. La puntuación de dos (2) se da cuando el sujeto es capaz de
completar el movimiento pero debe compensar de algún modo la posición. Y por
último, si el sujeto realiza correctamente el movimiento sin ningún tipo de
patrón compensatorio entonces obtiene la mejor puntuación posible: 3. La
mayoría de los siete test permiten una ejecución, y por tanto puntuación,
bilateral para detectar cualquier asimetría, considerándose siempre el valor
más bajo de ambos lados para el sumatorio total (máximo 21 puntos). No obstante,
una puntuación mayor no es necesariamente mejor como comentaremos más adelante.
Según sus creadores, cada uno de los siete test es un movimiento específico, que requiere de la apropiada función del sistema de cadena cinética del cuerpo. El modelo de cadena cinética, que se utiliza para analizar el movimiento, representa el cuerpo como un sistema enlazado de segmentos interdependientes. El término «interdependencia regional» se utiliza para describir la relación entre regiones del cuerpo y cómo la disfunción en una región puede contribuir a la disfunción en otra región diferente (5). Una explicación del desarrollo de patrones de movimiento pobres es la presencia de lesiones anteriores. Los individuos que han sufrido una lesión pueden tener una disminución en la información propioceptiva si no es tratada o es tratada inapropiadamente. Una interrupción en el rendimiento propioceptivo tendrá un efecto negativo en el sistema de cadena cinética. El resultado será una movilidad y estabilidad alteradas, y la influencia de asimétricas, llevando eventualmente a patrones de movimiento compensatorios (6).Por lo tanto, y esta es la justificación
fundamental de los creadores del FMSTM, un factor importante en la prevención de
lesiones y la mejora del rendimiento es identificar déficits en la simetría, la
movilidad y la estabilidad del sistema de movimiento por su influencia en la
instauración de programas motores alterados/compensatorios a lo largo de la
cadena cinética y su posible influencia en incrementar el riesgo lesivo. Aunque
esto no haya sido realmente constatado por las investigaciones científicas, el
FMSTMtiene como propósito ayudar a predecir aquellos sujetos con mayor riesgo
lesivo que vayan a participar por primera vez o retornar a programas de acondicionamiento
físico-deportivo mediante la identificación de asimetrías y déficits de
movilidad y estabilidad en poblaciones sanas asintomáticas. No obstante,
como a continuación se verá, la capacidad del FMSTM de predecir aquellos sujetos con
predisposición a la lesión es muy difícil de demostrar científicamente.Lo que la investigación muestra sobre el FMSTMEn la actualidad, el FMSTM ha alcanzado una considerable atención
científica. Sin embargo, el hecho de que el FMSTM hoy
sea utilizado ampliamente en el campo deportivo y del entrenamiento no
significa automáticamente que el “método” esté apoyado por evidencias
científicas suficientes (17).Desde las primeras publicaciones de la batería
FMSTM han ido surgiendo diversas investigaciones que
han tratado de estudiar la fiabilidad inter e intra-evaluador de la puntuación
de los test FMSTM, tanto de forma individual como una batería
conjunta de pruebas (8, 9, 10, 11, 12, 13). Cuando se puntúa, ya sea en tiempo
real o con el uso de análisis de vídeo, el FMS™ tiene de regular a excelentes
índices de confiabilidad entre evaluadores para las puntuaciones totales (ICC=
0,37-0,98), y de baja a buena para la puntuación individual de cada test por
separado (ICC= 0,30 a 0,89). En este sentido, Gribble et al. (2012) sugieren
que los evaluadores más familiarizados tenían mayor fiabilidad intra-evaluador
(ICC = 0,95) en comparación con aquellos con menos experiencia (ICC= 0,37). Por
ello, se piensa que el evaluador/administrador debe estar bien entrenado y
tener una amplia experiencia (más de 100 ensayos) con la herramienta de cribado
FMS™ (17).Otros estudios se han centrado en analizar la efectividad
del valor predictivo del FMS™ en identificar a los sujetos deportistas con
mayor riesgo lesivo (14, 15, 18, 19), sin embargo son muchos autores los que
cuestionan la validez del FMS™ como herramienta para este propósito. Alguno de
dichos estudios han sugerido que los valores/puntuaciones iguales o inferiores
a 14 (sobre 21 posibles) del FMS™ presentaban mayor potencial lesivo en las
extremidades inferiores que los que obtenían puntuaciones superiores,
encontrando una correlación significativa entre puntuaciones bajas e índice de
lesiones en deportes de equipo-sin embargo, una puntuación superior a 14 no
significaba un riesgo lesivo relativo menor-. Según los propios creadores del
FMS™ estos datos pueden hacer sugerir que el FMS ™ pueda tener el potencial de ser
exitoso en predecir sujetos que, sin una historia anterior de lesiones
musculo-esqueléticas, se lesione durante el transcurso de una temporada (6). No
obstante, hacen falta más estudios bien diseñados y controlados antes de apoyar
este tipo de afirmaciones, pues el nivel de evidencia disponible es aún
moderado. De hecho, muy recientemente, en la única revisión publicada existente
sobre la eficacia del FMS™ de Kraus et al. (2014) se concluye que éste no
debería concebirse como un constructo unitario o variable unificada o uni-dimensional
por el sumatorio total de puntuaciones obtenidas para predecir algo tan
complejo y multifactorial como es el riesgo lesivo, ya que los componentes
individuales de la batería no correlacionan entre sí y por tanto no miden la
misma variable subyacente. Esto hace considerar que podría ser mejor utilizar y
verter conclusiones de cada test por separado. Asimismo, los estudios disponibles
ilustran claramente su limitada capacidad para predecir el rendimiento
deportivo. Pese a las numerosas limitaciones del FMSTM presentadas
por los autores de esta revisión (17), los mismos piensan que el FMSTM
puede ser una herramienta inicial útil de exploración del aparato locomotor y
de análisis del movimiento en sujetos o cohortes de baja o moderada calidad
motriz.En otro orden de cuestiones, Okada et al. (2011)
no encontraron correlación significativa entre medidas de “estabilidad del core”
(mediante los tests de resistencia muscular isométrica de McGill) y las
puntuaciones del FMS™, llegando a la conclusión de que la estabilidad del core
y el FMS™ probablemente no influyen o predicen el rendimiento de forma
sustancial (medido mediante lanzamientos de balón medicinal, squat a una pierna
y test de agilidad T-run). Asimismo, según las evaluaciones realizadas en este
estudio, no quedó confirmada la importancia de la estabilidad del core sobre
las puntuaciones del FMS™. No obstante, es importante comentar que los test
utilizados en este estudio para medir la “estabilidad del core” no son medidas
directas de estabilidad del tronco propiamente dichas, y que por tanto las
correlaciones establecidas (core-stability y rendimiento) tienen que ver más
con el componente de resistencia de la musculatura del tronco que con la
estabilidad raquídea en sí misma.
Resumen y conclusiones finales.El objetivo general del FMSTM es
explorar las asimetrías funcionales del aparato locomotor y déficits posturales
de estabilidad mediante una batería de test de monitoreo, para ello se requiere
un buen conocimiento y entrenamiento previo con dicha batería y sus criterios
de puntuación por parte del evaluador. Los creadores del FMS™ manifiestan en
sus últimas publicaciones (6, 7) que el propósito de su protocolo de screening
no fue nunca ser utilizado para evaluar, valorar, o diagnosticar sino para identificar
limitaciones o asimetrías con respecto a patrones de movimiento comunes y
fundamentales que representan una teórica “competencia motriz”. Los mismos autores
defienden que se requiere de otro tipo de test y evaluaciones más profundas y
específicas, cuando en cualquiera de los test se obtenga una puntuación baja,
para reconocer los deterioros de los movimientos funcionales que pudieran
provocar algún tipo de problema (patrón disfuncional o lesión). Del mismo
modo, a la luz de las últimas evidencias científicas el FMS™ tampoco es una
herramienta válida que pueda predecir o correlacionar con el rendimiento
deportivo medido mediante test de sprint, saltos o lanzamientos.Sobre su posible relación y predicción de
aquellos sujetos con mayor riesgo lesivo, por obtener puntuaciones bajas
(puntuación umbral de ≤14), faltan aún
investigaciones bien diseñadas metodológicamente que corroboren o desmientan esta
afirmación, aspecto el cual reconocen los propios autores (7). Por ello, la
puntuación global del FMS™ a solas no es una herramienta suficientemente válida
para predicir el riesgo lesivo, en otras razones por la inespecificidad de sus
test con respecto a la mayoría de las demandas de las acciones deportivas (por
ejemplo, de potencia, fuerza, velocidad, agilidad, etc.). Esto no quiere decir
que las asimetrías funcionales y déficits posturales o de control motor que
puedan ser identificados por el FMSTM no sean factores
contribuyentes de lesión, pero otros factores de riesgo como la fatiga, el
nivel competitivo, la modalidad deportiva y el historial de lesiones ayudarían
a mejorar un enfoque multifactorial del problema. En definitiva, aunque se
obtenga una puntuación global elevada del FMS™ no significa que se esté exento
del riesgo de lesión. Por otro lado, parece ilógico otorgar el mismo
peso/puntuación relativa a todos los test del FMSTM por
igual para contabilizar en el resultado final obtenido cuando se trate de
predecir o correlacionar con la incidencia de lesiones. Por ejemplo, es
evidente que la movilidad del hombro no puede tener el mismo impacto o
influencia que la fuerza y estabilidad de las extremidades inferiores en la
prevención y predicción de lesiones. Tampoco creemos que el nivel de dificultad
y demandas exigidas por cada uno de los siete test sea el mismo, cuando sin
embargo se les otorga el mismo valor o peso relativo en el resultado final.Para ir finalizando, nos gustaría citar las palabras que el profesor
Craig Liebenson formuló a raíz de una entrevista que realizamos al mismo en
2013 (enlace entrevista)
donde le pudimos preguntar sobre su opinión respecto del Functional Movement Screen: “Lo
que podemos esperar del FMS del profesor
Cook es calificar a tu cliente, a tu atleta o a tu paciente entre los 21 puntos
y se puede identificar ciertas competencias de movimiento que se carecen, se puede
identificar ciertos movimientos que son dolorosos, o ciertos movimientos que
son disfuncionales sin dolor, y todo esto puede hacer destacar ciertos puntos
clave que se deben corregir. Por tanto, el FMS es un excelente escenario del
movimiento que nos revela determinadas disfunciones clave”.Sin embargo,
algunas cuestiones deberían ser planteadas y que consideramos de interés hacer
constar:- Por
un lado se debería evitar caer en la posible tentación de establecer ciertas
relaciones entre patrones de movimiento y teóricas disfunciones (en un sentido
uni o bi-direccional), máxime considerando las diferencias entre “patrón de
movimiento” y “patrón motor” (20), con las importantes repercusiones que ello
posee respecto no solo dicha relación, sino mucho más sobre una demostrada
falta de causalidad, que de existir debería ser adecuadamente probada de forma
científica.- De
igual manera, la valoración cualitativa de un determinado patrón de movimiento
en un contexto específico de desafío (de una manera en la mayoría de los casos
tan global), cuanto menos puede indicarnos un deficiente o adecuado rendimiento
en esa prueba, pero difícilmente se podría establecer la relación con
determinada capacidad o condición que, de existir, también deberían ser
probadas científicamente.- Se
habla de manera reiterada de patrón de movimiento “funcional” y “fundamental“,
etc., considerando una interdependencia regional que, si bien tampoco seremos
nosotros quien la niegue, consideramos exigen prudencia para establecer ciertas
repercusiones a distancia a nivel articular que, como en el anterior punto,
debería en todo caso ser probado.Podríamos seguir
planteando algunas cuestiones más, pero con lo expuesto podemos dejar patente
la necesidad de que el profesional acceda a todas las herramientas, las conozca
y analice, realizando un uso adecuado de ellas en función de la evidencia
disponible y estando siempre atentos a la evolución y actualización de las
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El ejercicio de Pullover: mitos y evidencias para la práctica
Guillermo
PeñaJuan R.
HerediaIICEFSEn el ámbito del
culturismo y la musculación existen tantos mitos y prácticas carentes de rigor como
otras indudablemente eficaces, y que la ciencia poco a poco va refutando para
conseguir una práctica más segura y eficaz. En ocasiones podemos comprobar cómo
se mitifican determinados ejercicios para objetivos supuestamente estéticos
(sin considerar el resto de componentes de la dosis), con la única
justificación que la propia popularización del ejercicio en cuestión por un
determinado deportista de la época. Pero lo indiscutible es que aunque un
culturista utilice o haya utilizado frecuentemente un ejercicio determinado en
su “rutina” de entrenamiento esto no es un argumento suficiente para reconocer a
dicho ejercicio como apropiado para todos los casos, es decir, sujetos con
distintas necesidades, niveles de experiencia y salud.
En
esta ocasión vamos a tratar de arrojar algo de luz a un ejercicio ciertamente
polémico y desubicado que nunca ha acabado de ser considerado “apto para todos
los públicos”. Nos referimos al ejercicio bautizado y conocido por el
anglicismo “pullover” (algo así como “tirar por encima de la cabeza”), y
concretamente, a su versión más tradicional que se realiza con una resistencia
isoinercial (con barra o mancuerna) desde la posición de decúbito supino sobre
un banco horizontal. Este ejercicio, desde un punto de vista anatómico, es un
movimiento articular de extensión gleno-humeral en el plano sagital en
su fase concéntrica, además de obligar a dicho núcleo articular a adoptar una
abducción máxima con rotación externa forzada al inicio del movimiento
concéntrico -esto último sobre todo
cuando se usan mancuernas como resistencia externa a superar-.A
este ejercicio se le ha atribuido en ocasiones bondades muy curiosas, como por
ejemplo, “ayudar a estirar los cartílagos de la caja torácica y proporcionar un
ancho torso del que Hércules estaría orgulloso”, y que “podía ayudar a expandir
la caja torácica debido a las profundas inspiraciones entre repeticiones”, siendo
por ello un ejercicio irremplazable
para el desarrollo de los ¿pectorales?, ¿dorsales? y/o ¿serratos?. Asimismo,
sobre la posición corporal adoptada para su correcta ejecución, algunos
practicantes insisten en posicionarse de forma perpendicular al banco, alegando
un mayor rango de movimiento (cuando en realidad es solo una estrategia para
contrarrestar la elevada resistencia/peso mediante una posición baja de la
pelvis). Pero lo cierto es que si en los años 50, 60 y 70 fue considerado un
ejercicio esencial en el culturismo y el deporte en general, no es incierto que
su popularidad fue decayendo paulatinamente hasta hoy, que parece estar casi extinguido.
Cuando
se analiza cualquier acción articular elevado al nivel de “ejercicio” debemos
hacerlo fundamentalmente atendiendo a dos criterios: su seguridad, para las
estructuras osteo-articulares y musculo-ligamentosas involucradas, y su
eficacia, con respecto a los niveles de activación muscular. Evidentemente, más
allá de los testimonios y vivencias personales, tenemos que dirigir este
análisis atendiendo a las mejores y más actuales evidencias que desde distintos
campos científicos tenemos a nuestra disponibilidad. Lo cierto es que pese a la
controversia que pueda generar este ejercicio existen muy pocos estudios
científicos que retraten aspectos electromiográficos o biomecánicos de este
movimiento.
Primeramente,
si atendemos al análisis de su eficacia para reclutar distintos grupos
musculares veremos que es fácil comprender que dicho movimiento exige la participación
sucesiva de distintos grupos musculares que actúan sobre la articulación
gleno-humeral de forma dinámica, según el ángulo del recorrido articular
examinado, pero sin alcanzar ninguno de ellos valores electromiográficos
verdaderamente altos como veremos. Uno de los pocos estudios es el publicado
por Marchetti y Uchida (2011), quienes trataron de analizar la activación
muscular del pectoral mayor y dorsal ancho durante la ejecución del pullover
con barra en decúbito supino sobre banco plano durante la fase concéntrica y
excéntrica. Para ello utilizaron una resistencia correspondiente al 30% de su
peso corporal para realizar una serie de 10 repeticiones máximas, con una
muestra de sólo 8 sujetos. Los hallazgos de este estudio fueron que para este
ejercicio -y realizado de esa manera- la activación del músculo pectoral mayor fue
mucho mayor que la del dorsal ancho en ambas fases del movimiento (10% de la
alcanzada por el pectoral mayor), siendo mayor en la fase concéntrica.
Lógicamente, el estudio también concluyó que la mayor activación muscular
estaba relacionada con el mayor brazo de palanca justo al comienzo de la fase
ascendente o concéntrica.Activación muscular del Pullover (Marchetti &
Uchida, 2011)
Más recientemente, De Almeida et al. (2014) publicaron un estudio para
comparar la activación muscular solicitada entre el ejercicio de pullover y
press banca plano con barra. Para ello registraron los valores
electroiográficos del tríceps braquial, deltoides anterior y posterior, dorsal
ancho, y pectoral mayor en distintas porciones (clavicular y esternal). La
muestra fue de 12 varones con experiencia en entrenamiento de fuerza y
familiarizados con ambos ejercicios que realizaron una serie de 12 repeticiones
con el 70% 1RM para registrar los valores electromiográficos. Los resultados mostraron una activación muscular
del pectoral mayor y del deltoides anterior de más (o casi) del doble en el
press de banca plano horizontal en comparación con el pullover con barra
horizontal. Sin embargo, los músculos dorsal ancho y tríceps braquial fueron
más activados durante el ejercicio de pullover con barra que con press banca
horizontal.Comparativa
de la activación muscular del pullover (De Almeida et al., 2014)Nos parece
interesante comentar también que, en lo que a eficacia o nivel de activación
muscular se refiere sobre este ejercicio realizado con peso libre, es sólo
durante un pequeño rango del recorrido articular de la fase concéntrica cuando
los niveles de activación son mayores, disminuyendo drásticamente a medida que
se supera el momento de mayor brazo de resistencia (posición horizontal del
brazo). Esto sugiere que en realidad el tiempo bajo tensión para la musculatura
involucrada en este ejercicio sea realmente corto, además de alcanzarse un
nivel de tensión muscular (EMG) inferior a otros ejercicios populares para la
musculatura pectoral y/o dorsal como ya hemos comentado. Todas estas cuestiones
hacen necesario replantearse la verdadera eficacia de este ejercicio en
programas de ejercicio físico para la mejora de la salud. Es posible que otras
variantes del mismo movimiento articular de extensión del hombro, por ejemplo
con polea alta de pie, pudiera compensar ciertas carencias respecto de su
eficacia.Pero esto no
acaba aquí. Al margen de los aspectos relacionados con la eficacia del
ejercicio, es también muy importante valorar la ratio entre seguridad/riesgo
lesivo y eficacia de los ejercicios. Si bien no conocemos estudios que hayan
analizado comparativamente la incidencia de lesiones por la realización de este
ejercicio en concreto nos parece lógico argumentar determinadas cuestiones que
sí están bien documentadas. Diversos autores esgriman que la hiperlaxitud anterior
gleno-humeral es bastante común entre los practicantes de ejercicios contra
resistencias y es causada por movimientos que combinan abducción, rotación
externa forzada y algo de abducción horizontal. Esto puede aumentar el estrés
sobre la cápsula anterior de la articulación gleno-humeral, más concretamente,
sobre el ligamento gleno-humeral antero-inferior y tendones del maguito rotador
pudiendo desencadenar en inestabilidad articular (Colado
y Chulvi, 2008; Colado y García-Masso, 2009).
Igualmente es importante señalar que movimientos repetitivos de abducción y
rotación externa en el extremo del recorrido sobre esta articulación puede
conllevar a neuropatía supraescapular. Ejemplos de ejercicios que
potencialmente pueden acarrear este tipo de lesiones por reproducir esta
combinación de movimientos articulares son el press tras nuca, el jalón tras
nuca y el pullover en decúbito supino (Colado y García-Masso, 2009).En estos casos la alternativa metodológica más
segura será evitar los movimientos por
detrás de la cabeza y modificar la ejecución adelantando los codos unos 30º por
delante del plano de la escápula(Crate,1997; Ronai, 2005; Colado
y Chulvi, 2008), caso del press y jalón tras nuca, o limitar el recorrido final
de la fase excéntrica en el ejercicio de pullover por delante de la cabeza.
Cuando el húmero se mueve en el plano de la escápula posiblemente exista una
menor restricción al movimiento, donde exista menor tensión a nivel capsular y
la rotación externa del hombro, no será requerida para prevenir el impacto del
troquíter y estructuras adyacente con el acromion (Kisner y Allen, 2005).
Concretamente, en el ejercicio de pullover en decúbito supino contra
resistencias isoinerciales se da la singularidad de que es precisamente cuando el brazo de palanca es mayor
(final de la fase excéntrica y comienzo de la concéntrica) cuando la
articulación gleno-humeral se encuentra en la posición más inestable y comprometida
para todas sus estructuras pasivas (ligamentos y cápsulas).
Todas estas
razones, hacen que el ejercicio de pullover contra resistencias isoinerciales
en decúbito supino puede constituir un movimiento con un potencial lesivo considerable
y quedar de algún modo “desacreditado” en determinados contextos (especialmente
cuando se realiza con una amplitud de movimiento máxima, una intensidad excesiva, un alto volumen de
trabajo y/o es realizado por sujetos con una dudosa salud o integridad estructural
del hombro). No
obstante, será siempre el buen juicio del entrenador y el correcto screening de su cliente quien tenga la
última palabra sobre la posible inclusión o supresión de este ejercicio en el
programa de entrenamiento. Lógicamente, siempre podremos optar por alternativas
más seguras a este ejercicio realizadas con otros medios y en otras posiciones
corporales, como por ejemplo el pullover de pie o de rodillas con poleas, o el
pullover en máquina.Estas y otras muchas cuestiones podrán ser abordadas y tratadas por algunos de los especialistas en el próximo I Simposio Internacional de Últimos Avances en el Entrenamiento Neuromuscular (ver aquí )Bibliografía.1.De Almeida, Y. y Da Silva, S. Comparison of
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en Rodríguez PL ed Ejercicio Físico en Salas de Acondicionamiento Muscular.
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7.Kisner, C & Allen, L (2007). Ejercicio terapéutico:
fundamentos y técnicas. Editorial Paidotribo. Barcelona. España
Modalidades de ejercicio cardiovascular indoor: ¿cuál elegir?
Guillermo
PeñaJuan
R. HerediaIICEFSLa
modalidad de ejercicio cardiovascular (carrera, ciclismo, natación, remo,
patinaje, esquí de fondo, etc.), y por tanto la elección del medio o dispositivo
utilizado para ello (cinta rodante, bicicleta, remo-ergómetro, elíptica,
patines, etc.), es un componente fundamental de cualquier programa de
entrenamiento cardiorrespiratorio para la mejora de la salud. Esta decisión
podrá venir condicionada por distintas razones, y una de ellas -que despierta
especial interés entre los usuarios- es el gasto energético de cada una de las
modalidades y su comparativa. Lo cierto es que cada modalidad de ejercicio
puede tener repercusiones distintas sobre el volumen de la musculatura
involucrada y el tipo de demanda osteo-articular y cardiorrespiratoria
solicitada, como veremos a lo largo de esta entrada. En el
presente blog abordaremos la cuestión desde una perspectiva fundamental de eficacia (gasto energético, activación
muscular, etc.), y no desde aquella más relacionada con la seguridad (anteriormente tratada en otra ocasión: ver aquí).En principio, podríamos asumir que las
modalidades de ejercicio que involucren mayor número de grupos musculares
supondrán una mayor demanda energética e impacto metabólico, aunque esto no
deba confundirnos a pensar que a priori haya unas modalidades “superiores” a
otras, sino más apropiadas según sean las características, necesidades, gustos
y objetivos del sujeto. Algunas de estas cuestiones serán abordadas en
profundidad en el Curso on-line de Instructor de Sala de Fitness.Algunos
estudios han podido investigar comparativamente el gasto energético agudo entre distintas modalidades de ejercicio aeróbico, realizadas a la misma intensidad percibida, y en distintas
poblaciones. Por ejemplo, el estudio de Hagerman et al. (1988) fue casi el
primero en investigar estas cuestiones utilizando distintos ergómetros. En este
caso se comparó el gasto energético entre el remo-ergómetro y la bicicleta estática,
estudiando las respuestas metabólicas y cardiorrespiratorias. Los resultados
indicaron que el gasto energético del remo-ergómetro fue significativamente
mayor que en ciclo-ergómetro a todos los niveles de producción de potencia
establecidos.Por su
parte, Zeni et al. (1996) investigaron los gastos energéticos, a partir del
consumo de oxígeno, producidos por 6 modalidades de ejercicio
cardiorrespiratorio indoor (bicicleta estática, cinta rodante, remo-ergómetro,
bicicleta estática con brazos, simulador de escalera, y simulador
de esquí), utilizando para ello el esfuerzo percibido como indicador para
establecer la intensidad (RPE: 11-13).
Los resultados fueron que a la misma intensidad percibida el gasto energético
varió significativamente entre las distintas
modalidades, siendo la cinta rodante la de mayor gasto energético producido
seguida del simulador de esquí, el remo-ergómetro, el simulador de escalera, y
las modalidades de bicicleta en último lugar. Moyna
et al. (2001) compararon el gasto energético entre seis modalidades de
ejercicio cardiovascular (cinta rodante, dos tipos de bicicleta estática, remo-ergómetro, simulador de esquí, y
simulador de escalera) a tres niveles de intensidad percibida diferentes. En
todos los casos las modalidades de bicicleta fueron las que menor gasto energético
produjeron, mientras que la cinta rodante y el simulador de esquí fueron los
dispositivos que mayor gasto calórico produjeron en ambos sexos a la misma
intensidad (RPE).Más recientemente, el estudio de Kim et al. (2008) pudo comprobar que
adultos obesos que se ejercitaron a una intensidad auto-seleccionada
correspondiente a un esfuerzo percibido moderado (RPE: 11-12) en distintas
modalidades (elíptica con brazos, cinta, bicicleta estática, y bicicleta estática
con brazos) obtuvieron el mayor gasto energético con la elíptica con brazos,
mientras que el menor gasto energético se obtuvo con la bicicleta estática.
Este estudio concluyó que los aparatos donde se tiene que soportar el peso
corporal y se ejercitan las extremidades inferiores y superiores simultáneamente
optimizan el gasto energético durante un ejercicio de intensidad moderada auto-seleccionada
en este tipo de sujetos. Por último, Brown et al. (2010) en un estudio en el
que compararon el gasto energético, el consumo de oxígeno y la respuesta
cardiaca entre la cinta rodante y la elíptica a una misma intensidad moderada
auto-seleccionada (RPE: 12-13), no encontraron diferencias significativas de
gasto energético y consumo de oxígeno total entre ambas modalidades de
ejercicio en sujetos desentrenados, aunque la frecuencia cardiaca y el
porcentaje de consumo máximo de oxígeno fuera mayor en la elíptica. Si esto
último es cierto, es lógico inferir que las adaptaciones centrales esperadas a
largo plazo por entrenar con una elíptica o una cinta rodante a la misma
intensidad pudieran ser similares. Así, Egana et al. (2004) pudieron observar
que las mejoras metabólicas y cardiorrespiratorias en mujeres activas tras 12
semanas de entrenamiento, a una intensidad y volumen equivalente, fueron
similares independientemente de que la modalidad utilizada fuese cinta rodante,
elíptica o simulador de escalera.
En resumen, estos estudios
muestran que la respuesta o demanda cardiorrespiratoria y gasto energético
producido corriendo sobre tapiz y ejercitándose sobre elíptica son similares a
la misma intensidad percibida, y a su vez significativamente mayores que
sobre otras modalidades habitualmente practicadas en los centros de fitness
(i.e.: bicicleta estática). Sin embargo, la recuperación de la fatiga muscular
del ejercicio en bicicleta podría ser más
rápida que de la carrera, dado que apenas existen
contracciones excéntricas (Jiménez et al.,
2005).A la hora de comparar la activación muscular entre distintas modalidades de ejercicio
cardiovascular, y aunque existan pocos estudios que lo hayan hecho,
disponemos de algunos datos interesantes. Sozen (2010) pudo observar las diferencias entre la
elíptica, la cinta rodante y la bicicleta estática en un grupo de jóvenes
deportistas saludables. Para este propósito utilizó electromiografía de
superficie (EMG) sobre numerosos grupos musculares de las extremidades
inferiores y superiores. Como era de esperar, la musculatura de las
extremidades superiores (pectoral mayor, trapecio, bíceps y tríceps braquial)
fue más solicitada con la elíptica que con las otras dos modalidades. Por otro
lado, se observó que el gastrocnemio y glúteo mayor de las extremidades
inferiores fueron más activados en cinta, pero que el músculo recto femoral fue
más activado con la elíptica que con la bicicleta, y que la activación del
vasto lateral no mostró diferencias estadísticamente significativas.Sobre estas mismas cuestiones, Burnfield et al.
(2010) al comparar la actividad muscular durante la marcha (andar) y la elíptica
hallaron mayor solicitación del glúteo mayor y vasto lateral con la segunda,
probablemente por la mayor inclinación del tronco y flexión de cadera, pero una
menor activación en la parte medial de los isquiosurales, gastrocnemios, soleos
y tibiales anteriores, es decir, la musculatura del tobillo.
Moreside y McGill (2012) observaron mayor activación
muscular electromiográfica de manera global en la elíptica que andando, con
mayores diferencias en los grupos musculares de la espalda y extensores de
cadera. Además, estos autores observaron que debido a la posición de ligera
flexión de tronco que se adopta durante la realización de la elíptica existen
ligeros cambios en activación de la musculatura abdominal, siendo el oblicuo
interno y el dorsal ancho los que mayor activación tienen a velocidades altas y
cuando existe agarre móvil o con manos libres (dicha activación ayuda para
gestionar mejor la velocidad de la elíptica y estabilizar el tronco contra la
torsión que genera). Asimismo, observaron mayores niveles de activación del glúteo
medio cuando se realizaba el ejercicio en elíptica con manos libres y a una
velocidad y amplitud de zancada mayores. Leteneur et al. (2009) también registraron una mayor activación del erector
vertebral, asociado al ángulo de flexión y momento lumbar, y un incremento de la flexión
raquídea y flexión de cadera durante el entrenamiento en
elíptica que exige una mayor actividad de la musculatura extensora y abductora
de cadera (es por ello también que se mostrara mayor actividad del músculo
glúteo mayor y medio).Otra cuestión es la concerniente a las fuerzas de impacto contra el suelo que supone la cinta rodante versus
la elíptica, así como las posibles implicaciones cinemáticas entre ambas modalidades(ya tratadas en otra ocasión
por nuestro grupo: entrada). Las características de
las elípticas permiten realizar el ejercicio reduciendo la carga (fuerzas de
reacción y verticales) de los impactos recibidos por el sistema osteo-articular
durante su ejecución en comparación con la carrera (Porcari et al., 1998; Lu
et al. 2007). Este fenómeno se debe a que el
movimiento esencial de la elíptica es una combinación entre el movimiento cíclico
de la bicicleta y el movimiento lineal del escalador, generando un movimiento
conocido como patrón elíptico (Chulvi y Masiá, 2010), donde la masa corporal está
constantemente apoyada sobre los pedales sin resultar ninguna “fase aérea” y
por tanto de impacto contra el suelo. Esto supone menor estrés articular y
fuerzas de reacción para las articulaciones hasta 2 veces menores que en la
carrera (Lu et al., 2007; Burnfield et al., 2010). Este hecho, junto a que
reproducen una respuesta cardiaca, un consumo de oxígeno máximo y submáximo, y un gasto calórico similar a los alcanzados en
cinta a niveles equivalentes de esfuerzo percibido, hace que estos aparatos
sean una buena alternativa a la carrera desde este punto de vista (Green et
al., 2004; Dalleck et al., 2006; Brown et al., 2010). Además, algunos modelos
incorporan al movimiento con las piernas el movimiento de los brazos, lo que
colabora a poder incrementar la implicación muscular y el gasto calórico como hemos
comentado anteriormente. Por otro lado, algunos estudios han podido comprobar que las
diferencias biomecánicas generadas por los cambios de inclinación de la rampa
de las máquinas elípticas hacen que haya mayor similitud con caminar en la
configuración de rampa baja pero mayores similitudes con el ciclismo en la
configuración de rampa más alta (Knutzen
et al., 2010). Del
mismo modo,Damiano et al. (2011)
vieron que la modalidad elíptica no sólo tenía mayor similitud cinemática a la
marcha (andar) que la bicicleta, sino que también suponía mayores cargas
verticales para las extremidades además de requerir de la coordinación de los
brazos.Conclusiones finales.Si la modalidad de ejercicio en elíptica se utiliza para el
entrenamiento y preparación de modalidades outdoor de resistencia como el
correr, se debe considerar el trabajo mínimo realizado por los flexores
plantares y estabilizadores del tobillo en su conjunto. Además, la fuerza
flexora plantar está a menudo limitada en los mayores, y la prescripción del
ejercicio debe abordar/complementar esta limitación de los dispositivos elípticos
cuando se trabaja con este tipo de poblaciones (Knutzen
et al., 2010). Sin dejar de reconocer las diversas limitaciones
de los resultados vertidos por las distintas investigaciones realizadas con elípticas
(diferencias entre modelos, en particular cuando se incluye la participación o
no de los brazos, y diferencias en la inclinación de la rampa e inclinación del
tronco, entre otras), los datos en conjunto invitan a sugerir la elección de la
elíptica como dispositivo de entrenamiento cardiovascular en sujetos con
limitaciones ortopédicas, principalmente de los miembros inferiores, o en
personas que requieran entrenamiento de bajo impacto articular, como puede ser
entre los obesos y los afectados de osteoartritis de rodilla donde deban
evitarse las cargas compresivas sobre las articulaciones del miembro inferior
(Chulvi y Masiá, 2010). Sin embargo, y en contrapartida, aquellos sujetos que
puedan verse favorecidos por la inclusión del impacto articular para tratar de
incrementar la tasa de remineralización ósea (↑densidad mineral ósea), y no presenten una contraindicación para
ello, deberán incluir la cinta rodante como modalidad cardiovascular principal.Pero más
allá de las virtudes, ventajas o desventajas de cada
modalidad, la selección del medio de entrenamiento cardiovascular dependerá siempre
de distintos condicionantes que sólo el técnico podrá valorar para
cada caso particular. Los condicionantes principales deberán ser: el
historial médico de lesiones, enfermedades o limitaciones osteo-articulares, el
historial/experiencia previa de entrenamiento, el estilo de vida (Actividades
de la Vida Diaria y Laboral), y el nivel de aptitud física actual. Otros
condicionantes importantes serán los gustos y preferencias personales de cada
sujeto por unas u otras modalidades de ejercicio, la competencia motriz
necesaria para poder realizar con seguridad y eficacia cada una de las mismas,
y evidentemente, los medios o equipamientos disponibles para ello. Una vez más,
los recursos disponibles para el entrenamiento no son mejores o peores entre sí per
se, sino más o menos apropiados según el
objetivo perseguido y las características de los sujetos.
Por último, si no existen razones para utilizar o
descartar una modalidad concreta de ejercicio cardiovascular, la combinación de
distintas modalidades durante la misma sesión de entrenamiento o a lo largo de
un periodo de tiempo será una decisión inteligente para evitar el
aburrimiento/monotonía y resultar más agradable y entretenido, todo lo cual
puede redundar en mejorar la adherencia y cumplimiento del programa de
entrenamiento.Referencias.1.Brown,
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