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Consumo de alcohol y salud mental durante el primer año de la pandemia de COVID-19

Consumo de alcohol durante el primer año de la pandemia de COVID-19: qué cambió, en quiénes y por qué

La pandemia alteró los vínculos sociales, las rutinas y los hábitos de salud. Mientras tanto, muchos países mantuvieron la venta de alcohol como bien esencial. La evidencia sobre cómo cambió el consumo de alcohol y cómo se relaciona con la salud mental es contradictoria y se concentra en los primeros meses de la crisis. Un estudio longitudinal publicado en PLoS One (Zhang, Ton, Mewton y Schweizer) intenta cubrir esa laguna. Esto es lo más relevante para quienes trabajan con deportistas y población activa.

Diseño del estudio: el proyecto CORAL

Los datos provienen del estudio CORAL (COVID-19 Risks Across the Lifespan), un estudio longitudinal de tres evaluaciones (T1, T2 y T3) realizado entre mayo de 2020 y abril de 2021, con intervalos de unos tres meses.

  • Muestra analizada: 2.369 participantes de Reino Unido, Estados Unidos y Australia.
  • Edad: media de 38,8 años, con un rango de 11 a 100 años.
  • Composición: 90 % mujeres. Incluyó 114 embarazadas, ya que CORAL reclutó específicamente a este grupo.
  • Reclutamiento: muestreo por conveniencia, principalmente online.
  • Consumo de alcohol: se evaluó la frecuencia y la cantidad previas a la pandemia (ítems del AUDIT). Luego se registró el cambio percibido respecto de ese nivel, además de conductas (beber más temprano, dificultad para parar, beber a solas) y motivaciones (aburrimiento, aliviar el estrés, disfrute).
  • Salud mental: estrés percibido (PSS), estrés específico por COVID (Pandemic Anxiety Scale), soledad (escala UCLA de 20 ítems), depresión (PHQ-8) y ansiedad (GAD-7).
  • Análisis: regresiones ordinales y modelos mixtos con efectos no lineales de la edad, y modelos de panel con retardos cruzados para explorar la dirección de las asociaciones.

Más de la mitad de la muestra declaró no beber en T1, por lo que no respondió las preguntas posteriores. Entre quienes sí bebían, predominaban los consumidores ligeros a moderados: menos del 10 % reportó más de 4 tragos estándar en un día típico.

Principales hallazgos

1. Estabilidad general, con matices importantes

La frecuencia y la cantidad de consumo se mantuvieron estables a lo largo del primer año. No hubo cambios significativos entre T1 y T2. En T3 las respuestas tendieron a ubicarse en categorías de menor cambio de frecuencia, aunque esto no equivale a un aumento absoluto del consumo.

El patrón previo importó. Quienes bebían 3–4 tragos estándar por día antes de la pandemia tuvieron más probabilidad de reportar un aumento en T1 que quienes bebían 1–2 (OR = 1,40; IC 95 %: 1,01–1,92). No se observó el mismo efecto en los bebedores más intensos (más de 4–5 tragos). Los autores lo atribuyen al bajo número de bebedores intensos en la muestra, que limita el poder estadístico.

2. El efecto de la edad no es lineal

Este es quizás el hallazgo más útil para la práctica clínica y deportiva. La probabilidad de aumentar el consumo fue mayor en dos grupos:

  • Adolescentes y jóvenes (11–20 años), incluidos menores de edad.
  • Adultos de mediana edad (50–70 años).

Los mayores de unos 75 años, en cambio, mostraron mayor probabilidad de reducir el consumo. Los autores lo vinculan, de forma especulativa, con preocupaciones de salud, servicios de apoyo interrumpidos, movilidad limitada y menor familiaridad con la compra online. Este patrón en “U invertida” ayudaría a reconciliar estudios previos que hablaban de aumentos tanto en jóvenes como en adultos “mayores” (algunos definían “mayores” como 50 años o más).

3. Diferencias entre países: el rol de las políticas de acceso

Comparados con Australia, los participantes de Reino Unido y Estados Unidos tuvieron más probabilidad de reportar aumentos en cantidad y frecuencia, y de comenzar a beber más temprano en el día. También tuvieron más probabilidad de beber por disfrute durante el año.

Indicador Reino Unido vs. Australia EE. UU. vs. Australia
Aumento de cantidad (pre-pandemia a T1) OR = 1,45 OR = 1,70
Aumento de frecuencia (pre-pandemia a T1) OR = 1,67 OR = 1,72
Empezar a beber más temprano (T1) OR = 1,85 OR = 2,15

Una explicación plausible, que el estudio no prueba de forma causal, son las políticas. Estados Unidos y Reino Unido ampliaron la venta para llevar y a domicilio, mientras que Australia no lo hizo y mantuvo cierres de locales y toques de queda. Las diferencias persistieron al ajustar por estrés relacionado con COVID. Los autores señalan que esto sugiere un papel de las políticas de acceso que va más allá del estrés. También mencionan como posibles factores las normas culturales y la mortalidad por COVID.

4. Conductas y motivaciones: ojo con la interpretación

Las preguntas sobre conductas (beber más temprano, dificultad para parar, beber a solas) y motivaciones (aburrimiento, estrés, disfrute) exploraban solo aumentos. Por eso, las probabilidades bajas de reportarlos no significan que esas conductas hayan disminuido, sino que la mayoría no refirió más de ellas que antes. Tampoco hubo cambios significativos entre T1 y T3.

Con la edad, los mayores tuvieron menos probabilidad de reportar que empezaron a beber más temprano y de aumentar el consumo por aburrimiento, estrés o disfrute. Los autores sugieren que el consumo en edades avanzadas podría ser más habitual o ritualizado, y en jóvenes más emocional. Esto es una hipótesis.

5. Salud mental: la soledad como señal de alerta

Los modelos de retardos cruzados no mostraron asociaciones prospectivas bidireccionales entre los cambios en el consumo y la depresión, la ansiedad, el estrés general o el estrés por COVID. La soledad sí fue la excepción. La soledad en T1 y T2 se asoció con mayor cantidad de consumo en las evaluaciones siguientes, en una sola dirección, es decir, la soledad predijo el consumo y no al revés. Además, la soledad se asoció de forma transversal con la frecuencia de consumo en T2 y T3.

Los resultados se mantuvieron al ajustar por estrés relacionado con COVID y al excluir a las embarazadas.

Limitaciones a tener en cuenta

  • Muestra no representativa: muestreo por conveniencia, 90 % mujeres y predominantemente población caucásica de países occidentales. Los resultados pueden no extrapolarse a hombres, que suelen beber más.
  • Pocos bebedores intensos: menor poder para detectar cambios en el grupo de mayor riesgo.
  • Medición asimétrica: el consumo previo se midió en valores absolutos, pero durante la pandemia se midió como cambio percibido. Esto impide cuantificar con precisión la magnitud del cambio y podría explicar la ausencia de asociaciones con la salud mental.
  • Autorreporte: sujeto a sesgos de recuerdo y deseabilidad social.
  • Datos faltantes: análisis de casos completos, con exclusión de quienes no respondían los ítems de alcohol.
  • Diseño observacional: las diferencias entre países son compatibles con el efecto de las políticas, pero no lo demuestran.

Implicancias para entrenadores, preparadores físicos, deportólogos y kinesiólogos

El estudio no evaluó población deportiva, así que las siguientes aplicaciones son interpretaciones prudentes y no recomendaciones directas de los autores.

  • Atención a la población joven y adolescente. Incluye a deportistas de formación y menores de edad. Los periodos de aislamiento, lesión prolongada o suspensión de competencias podrían ser momentos de riesgo. La psicoeducación y el involucramiento de familias son estrategias que los autores proponen.
  • No asumir que los adultos mayores son el grupo de mayor riesgo. En este estudio, los de 50–70 años aumentaron más el consumo, y los mayores de 75 tendieron a reducirlo.
  • La soledad como factor a explorar. Es una variable fácil de preguntar en la anamnesis o la consulta de seguimiento. Los espacios de entrenamiento grupal y la pertenencia a un equipo o comunidad pueden actuar como factor de conexión social, aunque el estudio no lo evaluó.
  • Considerar el patrón basal. Preguntar por el consumo habitual (por ejemplo, con los ítems de frecuencia y cantidad del AUDIT-C) ayuda a identificar a quienes tienen más probabilidad de incrementarlo en periodos de estrés. En el estudio, estas personas eran quienes ya bebían entre 3 y 4 tragos por día.
  • Cuidado con la lectura de los cambios. Que no haya aumento en conductas de riesgo no implica que no existan problemas previos. Conviene mantener la evaluación individual.
  • Contexto de acceso. La disponibilidad (entrega a domicilio, venta para llevar) parece relevante. Es un factor ambiental que puede incluirse en la educación para la salud.

Conclusiones prácticas

  1. En el primer año de pandemia, el consumo de alcohol se mantuvo globalmente estable en esta muestra, pero con patrones heterogéneos por edad y país.
  2. Los grupos de 11–20 años y de 50–70 años concentraron la mayor probabilidad de aumento, y los mayores de 75 años tendieron a reducir.
  3. La residencia en Reino Unido y Estados Unidos, con mayor acceso a alcohol fuera de locales, se asoció con más aumentos que en Australia. Esto apunta a un posible papel de las políticas, aunque no prueba causalidad.
  4. La soledad predijo mayor cantidad de consumo posterior, mientras que depresión, ansiedad y estrés no mostraron relaciones prospectivas.
  5. Incluir preguntas breves sobre consumo y soledad en la evaluación periódica de deportistas y pacientes puede ayudar a detectar riesgos tempranos, especialmente en periodos de aislamiento o cambios bruscos de rutina.
  6. Los resultados deben interpretarse con cautela por la muestra mayoritariamente femenina, el predominio de consumidores ligeros a moderados y la medición basada en cambio percibido.

Fuente: Zhang L, Ton B, Mewton L, Schweizer S. PLoS One 21(10): e0361854. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0361854

Analizado e interpretado por inteligencia artificial de Anthropic model claude-sonnet-4-6.
Publicación Original