Más allá del tejido: una interpretación contemporánea del dolor en ejercicio y readaptación

Introducción

Algunas de las situaciones más difíciles de interpretar dentro del ejercicio, la readaptación y la práctica clínica aparecen cuando el dolor, la función y la estructura dejan de comportarse como esperamos.

Personas que presentan dolor intenso sin hallazgos estructurales relevantes. Individuos con cambios anatómicos evidentes que continúan funcionando con normalidad. Deportistas que recuperan la integridad tisular pero no consiguen recuperar plenamente su rendimiento. Casos en los que la evolución clínica parece seguir trayectorias muy diferentes a las que cabría esperar a partir de las pruebas complementarias disponibles.

Durante gran parte de la historia moderna de la rehabilitación hemos intentado interpretar estas situaciones a través de una pregunta aparentemente lógica: ¿qué estructura está dañada?

Este enfoque ha contribuido de forma decisiva al desarrollo de la medicina, la fisioterapia, la rehabilitación y las ciencias del ejercicio. Sin embargo, la creciente evidencia científica sugiere que dicha pregunta, aun siendo importante, resulta insuficiente para comprender por completo la experiencia dolorosa.

El dolor no puede entenderse únicamente como una consecuencia directa del estado de los tejidos. Tampoco puede explicarse exclusivamente desde una perspectiva neurológica, psicológica o conductual. La realidad parece considerablemente más amplia.

Los organismos vivos no están diseñados únicamente para detectar daños. También están diseñados para anticipar, regular, reorganizar recursos, gestionar incertidumbre y adaptarse continuamente a las demandas que reciben del entorno.

Desde esta perspectiva, el dolor deja de interpretarse exclusivamente como una señal proporcional de daño y pasa a entenderse como una experiencia emergente dentro de un sistema biológico adaptativo.

Comprender el dolor exige dejar de preguntarnos únicamente qué estructura está alterada para empezar a preguntarnos cómo está intentando adaptarse el organismo a las circunstancias que percibe y experimenta.

El modelo estructural clásico: una explicación necesaria, pero insuficiente

La interpretación estructural del dolor ha ocupado históricamente una posición central dentro de las ciencias de la salud. Durante décadas, la identificación de lesiones, alteraciones anatómicas o procesos patológicos observables permitió explicar una gran parte de los problemas que afectaban al sistema musculoesquelético.

Este éxito histórico explica en gran medida por qué el modelo estructural ha resultado tan atractivo durante tanto tiempo. Fracturas, infecciones, roturas tendinosas, procesos inflamatorios agudos o traumatismos severos constituyen ejemplos donde la relación entre daño tisular y síntomas suele resultar relativamente evidente.

Sin embargo, a medida que la investigación ha avanzado, también han comenzado a aparecer limitaciones difíciles de ignorar.

La evidencia ha mostrado repetidamente que la relación entre estructura y dolor no siempre resulta proporcional ni predecible. Cambios anatómicos significativos pueden observarse en personas completamente asintomáticas, mientras que individuos con escasos hallazgos estructurales pueden experimentar niveles elevados de dolor, limitación funcional o incapacidad.

El problema no surge cuando el modelo estructural explica la realidad. El problema surge cuando intentamos obligar a toda la realidad a encajar dentro del modelo estructural.

Los tejidos pueden lesionarse, pero quienes responden a esa lesión son sistemas biológicos capaces de regularse, reorganizarse, adaptarse, protegerse y modificar continuamente su comportamiento.

Por ello, reconocer las limitaciones de una explicación puramente estructural no implica negar la importancia de los tejidos. Significa reconocer que la experiencia humana rara vez puede comprenderse completamente a partir de una única dimensión biológica.

El dolor como experiencia multidimensional

Uno de los avances más relevantes de las últimas décadas ha sido el reconocimiento progresivo de que el dolor no puede entenderse exclusivamente como una señal procedente de los tejidos.

La evidencia contemporánea describe el dolor como una experiencia multidimensional influida por procesos fisiológicos, neurobiológicos, conductuales, cognitivos y contextuales que interactúan continuamente entre sí.

Los organismos vivos no están diseñados únicamente para detectar daños, sino también para anticipar, gestionar y adaptarse continuamente a las demandas del entorno.

Desde esta perspectiva, el dolor deja de entenderse como una lectura directa del estado de los tejidos y pasa a interpretarse como una experiencia construida por el organismo a partir de múltiples fuentes de información.

Dos personas expuestas a una situación aparentemente similar pueden desarrollar experiencias dolorosas completamente diferentes. Del mismo modo, una misma persona puede responder de manera distinta ante circunstancias comparables en momentos diferentes de su vida.

La variabilidad observada en la experiencia dolorosa no constituye una anomalía del sistema. Constituye una de las manifestaciones esperables de la diversidad de respuestas que caracteriza a los organismos vivos.

Esta realidad ayuda a comprender por qué la intensidad del dolor no siempre guarda una relación proporcional con la magnitud del daño tisular observado. También permite entender por qué factores relacionados con la carga, la recuperación, el contexto, la experiencia previa o las expectativas pueden influir sobre la experiencia dolorosa sin necesidad de modificar directamente la estructura.

Más allá de la prueba de imagen

El desarrollo de las técnicas de imagen ha supuesto uno de los avances más importantes de la medicina moderna. La capacidad para visualizar estructuras anatómicas con niveles crecientes de precisión ha transformado profundamente la forma de diagnosticar, monitorizar y comprender numerosos procesos patológicos.

Sin embargo, la utilidad de una herramienta diagnóstica no debe confundirse con su capacidad para explicar completamente una experiencia humana.

Numerosos estudios han mostrado que hallazgos como degeneración discal, roturas parciales, alteraciones del manguito rotador o cambios degenerativos articulares pueden encontrarse con frecuencia en personas que no presentan síntomas relevantes. Del mismo modo, personas con dolor persistente o limitaciones funcionales importantes pueden mostrar hallazgos estructurales relativamente modestos.

Confundir descripción anatómica con explicación biológica constituye uno de los errores interpretativos más frecuentes en la práctica clínica contemporánea.

Las pruebas de imagen describen estructuras. No describen directamente la capacidad adaptativa de un organismo, su sensibilidad, sus expectativas, su comportamiento ni la forma en que está respondiendo a las demandas que recibe.

La misma alteración estructural puede adquirir significados biológicos diferentes dependiendo del contexto fisiológico, conductual y adaptativo en el que se encuentra el organismo. Comprender esta realidad no reduce el valor de la imagen diagnóstica. Lo que hace es situarla dentro de un marco interpretativo más amplio y coherente con la realidad observada tanto en la práctica clínica como en la investigación contemporánea.

Carga, adaptación y sensibilidad

Si la relación entre estructura y dolor no siempre resulta lineal, y si la experiencia dolorosa depende de múltiples dimensiones que interactúan continuamente entre sí, surge una pregunta inevitable: ¿por qué determinadas cargas son perfectamente toleradas en algunas circunstancias mientras que en otras parecen superar la capacidad del organismo para responder a ellas?

Responder a esta cuestión exige incorporar uno de los principios fundamentales de la biología: la adaptación. Los organismos vivos no permanecen estáticos frente a las demandas que reciben. Modifican continuamente su estructura, su fisiología y su comportamiento en función de las exigencias a las que se exponen y de los recursos de los que disponen para responder a ellas.

Desde esta perspectiva, la carga deja de interpretarse exclusivamente como un posible agente lesivo y pasa a entenderse también como una fuente esencial de cambio biológico.

Gran parte de las mejoras observadas en el rendimiento, la función o la capacidad física no son consecuencia de evitar demandas, sino precisamente de la capacidad del organismo para ajustarse a ellas.

El organismo no responde únicamente a la carga que recibe. También responde a los recursos que percibe disponibles para afrontarla.

Esta realidad ayuda a comprender por qué una misma demanda puede generar respuestas completamente diferentes en personas distintas o incluso en una misma persona en momentos diferentes de su vida. La relación entre carga y respuesta no está determinada únicamente por la magnitud del estímulo, sino por la interacción entre dicho estímulo y la reserva biológica disponible para responder a él.

Desde esta perspectiva, la tolerancia deja de entenderse como una característica fija. Se convierte en una propiedad dinámica, influida continuamente por procesos de regulación, aprendizaje y reorganización biológica.

La sensibilidad no constituye necesariamente un error del sistema. En muchas ocasiones representa información relevante acerca de cómo el organismo está gestionando las demandas que experimenta.

La misma carga puede favorecer adaptación o protección dependiendo del estado desde el que sea recibida.

Cuando los recursos disponibles resultan suficientes, la carga puede actuar como un estímulo capaz de favorecer aprendizaje, reorganización y mejora funcional. Cuando dichos recursos resultan limitados, esa misma demanda puede asociarse a respuestas protectoras, aumento de sensibilidad, reducción de tolerancia o limitación funcional.

Por ello, la exposición progresiva constituye una herramienta tan relevante dentro del ejercicio y la readaptación. El objetivo no consiste únicamente en incrementar la carga soportada por una estructura concreta, sino en favorecer procesos mediante los cuales el organismo amplía progresivamente sus opciones de respuesta frente a determinadas demandas.

Recuperación, sueño y entorno fisiológico: el terreno donde se interpreta la carga

Si la capacidad de respuesta de un organismo depende de la relación entre las demandas que recibe y los recursos disponibles para afrontarlas, surge una cuestión inevitable: ¿de dónde proceden realmente esos recursos?

La recuperación no constituye simplemente una pausa entre dos desafíos; forma parte del propio proceso mediante el cual el organismo reorganiza recursos, regula funciones biológicas y reconstruye la disponibilidad necesaria para responder a demandas futuras.

La recuperación no constituye el periodo que separa dos estímulos; forma parte del propio estímulo adaptativo.

Aun así, recuperación y adaptación no son conceptos equivalentes. Recuperarse implica restaurar recursos. Adaptarse implica utilizar esos recursos para generar cambio biológico. La recuperación crea las condiciones necesarias para la adaptación, pero no garantiza por sí sola que esta ocurra.

El estado fisiológico se encuentra influido por múltiples procesos que interactúan continuamente entre sí. El sueño, la disponibilidad energética, la regulación autonómica, la exposición acumulada al estrés, la inflamación sistémica de bajo grado, la recuperación metabólica o la calidad de los procesos de regulación fisiológica constituyen algunos de los elementos capaces de modificar la forma en que una misma demanda es interpretada y gestionada.

Por este motivo, la misma carga puede adquirir significados biológicos diferentes dependiendo del estado desde el que sea recibida. Una demanda que en determinadas circunstancias favorece mejora funcional y reorganización biológica puede, en otros contextos, asociarse a respuestas protectoras, aumento de sensibilidad o reducción de rendimiento.

Las demandas nunca actúan sobre organismos abstractos; actúan sobre organismos concretos que disponen de recursos concretos para responder a ellas.

Movimiento, protección y control motor: cuando el organismo cambia la forma de moverse

Una de las manifestaciones más visibles de los procesos adaptativos ocurre a través del movimiento. Durante décadas, gran parte del análisis clínico y deportivo ha interpretado los cambios observados en la ejecución motora como errores, déficits o alteraciones que debían identificarse y corregirse.

Sin embargo, la evidencia contemporánea invita a adoptar una perspectiva más amplia. Lo que observamos en el movimiento no siempre refleja una lesión. Con frecuencia refleja una adaptación.

Desde esta perspectiva, determinadas estrategias tradicionalmente interpretadas como disfunciones pueden entenderse inicialmente como respuestas organizadas para gestionar incertidumbre. El aumento de rigidez, ciertas co-contracciones musculares, la reducción de amplitudes articulares o la modificación de patrones motores pueden constituir intentos del sistema por aumentar estabilidad, limitar exposición o mejorar el control percibido de una situación.

Esto no implica que todas estas respuestas resulten óptimas a largo plazo. De hecho, muchas pueden asociarse con limitaciones funcionales, reducción de rendimiento o disminución de las opciones disponibles cuando se mantienen más allá de lo necesario.

La pregunta relevante deja de ser únicamente qué patrón está alterado para incorporar una cuestión adicional: ¿qué problema está intentando resolver el organismo mediante esa estrategia?

La capacidad para explorar diferentes soluciones motoras constituye una de las manifestaciones más relevantes de la adaptabilidad humana. Los organismos altamente adaptables no son necesariamente aquellos que repiten siempre la misma estrategia, sino aquellos que disponen de múltiples opciones para responder a contextos cambiantes.

Observar el movimiento no consiste únicamente en evaluar rendimiento mecánico. También implica obtener información sobre el estado regulatorio, los recursos disponibles y la forma en que el organismo está intentando interactuar con las demandas que percibe.

Lenguaje, expectativas y conducta: cuando la información también modifica la respuesta

Los organismos no interactúan únicamente con demandas mecánicas o fisiológicas. También interactúan con información. Interpretan acontecimientos. Construyen expectativas. Generan predicciones. Modifican su conducta en función de experiencias previas y del significado que atribuyen a lo que ocurre.

Desde esta perspectiva, la información deja de entenderse como un elemento externo al proceso biológico y pasa a formar parte del propio contexto al que el organismo debe responder.

Los organismos no responden únicamente a lo que ocurre. También responden a lo que creen que está ocurriendo.

Esta idea no implica que las expectativas creen el dolor ni que los síntomas puedan reducirse a procesos psicológicos. Significa reconocer que la forma en que una situación es interpretada puede influir sobre la respuesta biológica que el organismo construye frente a ella.

La información recibida a través de profesionales sanitarios, entrenadores, medios de comunicación, experiencias previas o interacciones sociales puede modificar la manera en que una persona interpreta una situación determinada. Estas interpretaciones pueden influir sobre las decisiones que toma, sobre las conductas que adopta y sobre la forma en que interactúa con las demandas de su entorno.

Las expectativas no sustituyen a la biología. Forman parte de ella.

Por este motivo, el lenguaje adquiere una relevancia considerable dentro de los procesos de ejercicio, readaptación y recuperación. Las palabras no modifican directamente la estructura de los tejidos, pero pueden modificar la forma en que una situación es interpretada y, en consecuencia, la manera en que el organismo responde a ella.

Una explicación puede ampliar opciones de conducta o reducirlas. Puede favorecer exploración o fomentar evitación. Puede aumentar sensación de capacidad o reforzar percepción de vulnerabilidad.

Implicaciones prácticas para los profesionales del ejercicio y la readaptación

Aceptar que el dolor constituye una experiencia multidimensional no implica abandonar la práctica basada en evidencia ni sustituir el razonamiento clínico por explicaciones inespecíficas. Significa, precisamente, ampliar la calidad del razonamiento utilizado para interpretar situaciones complejas.

La pregunta deja de ser únicamente qué tejido está alterado. También pasa a ser:

  • ¿Qué demandas está recibiendo el organismo?
  • ¿Desde qué estado fisiológico está respondiendo a ellas?
  • ¿Qué recursos tiene disponibles?
  • ¿Qué estrategias está utilizando para afrontarlas?
  • ¿Qué significado atribuye a la situación que experimenta?

Este cambio no elimina la importancia de la estructura, la biomecánica o la fisiología. Lo que hace es situarlas dentro de un marco interpretativo más amplio.

Del mismo modo, la intervención deja de centrarse exclusivamente en corregir problemas para incorporar estrategias orientadas a ampliar opciones de respuesta. En algunos casos esto implicará modificar la carga. En otros, mejorar la recuperación. En otros, aumentar exposición progresiva. En otros, favorecer variabilidad de movimiento. En otros, optimizar la comprensión de la situación o reducir barreras conductuales.

La complejidad biológica no obliga a intervenir sobre más variables. Obliga a razonar mejor sobre cuáles son realmente relevantes.

Hacia un razonamiento integrado: comprender relaciones en lugar de buscar causas únicas

A lo largo de las últimas décadas, el conocimiento científico relacionado con el dolor, la adaptación y el movimiento humano ha experimentado un crecimiento extraordinario. Sin embargo, este aumento del conocimiento también ha generado un nuevo desafío: cuantos más factores somos capaces de identificar, más difícil resulta comprender cómo interactúan entre sí.

La dificultad contemporánea ya no consiste únicamente en descubrir nuevos elementos que participen en la experiencia dolorosa. Consiste, cada vez más, en desarrollar marcos de razonamiento capaces de integrar de forma coherente el conocimiento que ya tenemos disponible.

El tejido importa. La percepción importa. La carga importa. La recuperación importa. El comportamiento importa. Ninguna de estas afirmaciones resulta incompatible con las demás.

La pregunta ya no es qué factor explica el dolor, sino cómo interactúan entre sí los factores que participan en él.

Los organismos no experimentan los factores por separado. Experimentan la suma dinámica de sus interacciones. La biología humana no funciona por compartimentos; funciona por relaciones.

Por ello, la experiencia dolorosa difícilmente puede comprenderse mediante modelos aislados. Los cambios estructurales pueden modificar la experiencia. La carga puede influir sobre la sensibilidad. La calidad del sueño puede alterar la disponibilidad fisiológica. Las expectativas pueden modificar la conducta. El movimiento puede reorganizarse para gestionar incertidumbre. Y todas estas dimensiones pueden interactuar simultáneamente mientras el organismo intenta responder a las demandas que percibe.

Integrar no significa sumar factores. Significa comprender cómo se relacionan. Y también significa aprender a jerarquizar: identificar cuáles de esas relaciones son más relevantes para orientar la toma de decisiones en cada situación concreta.

La práctica contemporánea exige profesionales capaces de pensar simultáneamente en tejidos, regulación biológica, carga, comportamiento, contexto y disponibilidad funcional sin reducir ninguno de estos elementos a una explicación única.

Conclusión

Durante gran parte de la historia moderna de la rehabilitación, el dolor ha sido interpretado principalmente a través del estado de los tejidos. Este enfoque ha permitido avances extraordinariamente valiosos y continúa ocupando un lugar fundamental dentro de la práctica clínica contemporánea. Sin embargo, la creciente evidencia científica sugiere que la experiencia dolorosa difícilmente puede comprenderse de forma completa cuando se analiza exclusivamente desde una única dimensión de la realidad biológica.

Estructura, percepción, carga, adaptación, recuperación, movimiento, expectativas y conducta forman parte de una misma realidad: la respuesta de organismos biológicos complejos que intentan interactuar de la forma más eficiente posible con las demandas que experimentan.

Desde esta perspectiva, el dolor deja de entenderse como una simple señal proporcional de daño para interpretarse como una experiencia emergente construida a partir de múltiples procesos que interactúan continuamente entre sí. La estructura sigue siendo importante. La fisiología sigue siendo importante. La biomecánica sigue siendo importante. Pero ninguna de estas dimensiones resulta suficiente por sí sola para explicar toda la riqueza de la experiencia humana.

Comprender no significa sustituir unas explicaciones por otras. Significa aprender a integrarlas.

Quizá una de las principales aportaciones de la ciencia contemporánea no haya sido demostrar que los modelos anteriores eran incorrectos, sino revelar que eran incompletos. El reto ya no consiste únicamente en identificar qué estructura está alterada. El verdadero reto consiste en comprender cómo interactúan todas las dimensiones implicadas dentro de un organismo concreto y en una situación concreta.

El objetivo ya no consiste en localizar el problema, sino en comprender el sistema que está intentando responder a él.

Porque quizá comprender el dolor implique dejar de preguntarnos únicamente qué está dañado para empezar a preguntarnos cómo está intentando adaptarse el organismo.

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