¿Y si los glóbulos rojos también ayudaran a regular la inmunidad? – Una mirada desde el ejercicio físico

Figura 1. Mecanismos de inmunorregulación mediados por células eritroides CD71⁺.
Nota. La figura muestra la interacción entre células eritroides CD71⁺ y linfocitos T mediante moléculas inmunorreguladoras como PD-L1, galectina-9, VISTA, TGF-β, arginasas y especies reactivas de oxígeno. Tomado de Elahi (2026).

Durante muchos años, los glóbulos rojos fueron vistos casi exclusivamente como células encargadas de transportar oxígeno desde los pulmones hacia los tejidos y llevar dióxido de carbono de regreso para su eliminación. Sin embargo, la evidencia reciente plantea una visión más amplia, las células eritroides, tanto sus formas inmaduras como los glóbulos rojos maduros, también pueden participar en la regulación del sistema inmune. En este sentido, Elahi (2026) describe que las células eritroides CD71+ y los eritrocitos maduros pueden modular respuestas inmunitarias en contextos como infecciones, embarazo, cáncer, autoinmunidad y enfermedades inflamatorias.

Esta idea abre una pregunta relevante para las ciencias del ejercicio físico: ¿puede el ejercicio físico influir en estos mecanismos de regulación inmune asociados a la línea eritroide?

De transportar oxígeno a regular la respuesta inmune

Las células eritroides forman parte del proceso de producción de glóbulos rojos, conocido como eritropoyesis. Este proceso ocurre principalmente en la médula ósea y depende de células madre hematopoyéticas, las cuales pueden originar diferentes células sanguíneas.

La figura muestra una célula eritroide CD71+ interactuando con linfocitos T mediante moléculas como PD-L1, galectina-9, VISTA, TGF-beta, arginasas y especies reactivas de oxígeno. Estas señales pueden disminuir la activación, proliferación y función efectora de los linfocitos T, actuando como mecanismos de control inmunológico. De acuerdo con Elahi (2026), las células eritroides pueden participar activamente en la modulación de la inmunidad innata y adaptativa, lo que amplía su comprensión más allá de su función tradicional en el transporte de oxígeno.

Esto no significa que los glóbulos rojos sustituyan a las células clásicas del sistema inmune, sino que el sistema sanguíneo y el sistema inmune están más conectados de lo que antes se pensaba.

¿Dónde entra el ejercicio físico?

El ejercicio físico es un estímulo biológico capaz de modificar el músculo, el metabolismo, el sistema cardiovascular, el sistema endocrino y también el sistema inmune. La actividad física regular se ha asociado con efectos antiinflamatorios y mejor regulación de células inmunes, especialmente cuando se realiza con una carga adecuada (da Luz Scheffer y Latini, 2020).

Además, el ejercicio físico puede influir sobre la médula ósea, que es el lugar donde se forman las células sanguíneas. En este sentido, se ha propuesto que el entrenamiento físico puede modificar el microambiente medular y estimular la producción o comportamiento de células inmunes y hematopoyéticas (Spiliopoulou et al., 2025).

Relación fisiológica propuesta:

  • El ejercicio físico modifica señales metabólicas, hormonales e inflamatorias.
  • Estas señales influyen sobre músculo, sangre y médula ósea.
  • La médula ósea regula células inmunes y células hematopoyéticas.
  • El resultado puede ser un mejor equilibrio entre inflamación, reparación y adaptación.

Ejercicio físico, eritropoyesis y oxigenación

Desde la fisiología clásica, el ejercicio físico se relaciona con los glóbulos rojos porque aumenta la demanda de oxígeno. En respuesta al entrenamiento, especialmente cardiovascular, el organismo puede mejorar el transporte de oxígeno mediante adaptaciones cardiovasculares, aumento del volumen plasmático, mejor perfusión muscular y cambios relacionados con la masa eritrocitaria.

Sin embargo, la evidencia reciente permite ampliar esta visión. Según Elahi (2026), tanto los progenitores eritroides como los eritrocitos maduros pueden participar en procesos de regulación inmunitaria, lo cual resulta relevante para comprender la relación entre oxigenación, inflamación y adaptación fisiológica.

Esto es importante porque el ejercicio no produce solo adaptaciones mecánicas o metabólicas; también genera una respuesta inflamatoria aguda controlada que, bien dosificada, favorece la reparación, la adaptación tisular y la salud sistémica (da Luz Scheffer y Latini, 2020).

El músculo como órgano inmunometabólico

Durante el ejercicio, el músculo libera moléculas llamadas miocinas, entre ellas IL-6, IL-15, irisina y otras señales que pueden influir en el metabolismo, la inflamación y la comunicación entre tejidos. Lu et al. (2024) señalan que las miocinas inducidas por el ejercicio participan en la regulación inmune y en la comunicación entre músculo, tejido adiposo, hígado, sistema vascular y células inmunes.

Esto permite entender el ejercicio como una intervención sistémica. El músculo activo no solo consume energía; también envía señales al sistema inmune y al sistema hematopoyético. Por eso, es razonable proponer que el ejercicio físico puede modular indirectamente el ambiente donde se producen y funcionan las células eritroides.

ROS: una conexión clave entre ejercicio e inmunidad

La imagen menciona ROS, es decir, especies reactivas de oxígeno. En el ejercicio, las ROS aumentan de manera fisiológica. Aunque muchas veces se interpretan como moléculas dañinas, en cantidades controladas funcionan como señales necesarias para la adaptación. Participan en procesos como la biogénesis mitocondrial, la activación de defensas antioxidantes y la reparación celular.

Desde la perspectiva inmunológica, Elahi (2026) describe que las especies reactivas de oxígeno también pueden participar en la acción reguladora de las células eritroides sobre las células inmunes. Por su parte, el ejercicio físico bien dosificado puede favorecer un equilibrio entre producción de ROS y capacidad antioxidante, contribuyendo a una respuesta adaptativa saludable (da Luz Scheffer y Latini, 2020).

El problema aparece cuando la carga de entrenamiento supera la capacidad de recuperación. En ese caso, el exceso de estrés oxidativo puede favorecer inflamación persistente, fatiga, alteración inmune y menor capacidad adaptativa.

Ejercicio moderado: regulación, no supresión

Una idea importante es que el ejercicio no “estimula” el sistema inmune de manera simple y lineal. Más bien, lo regula. El ejercicio moderado y regular puede disminuir la inflamación crónica de bajo grado, mejorar la función de células inmunes y favorecer un ambiente antiinflamatorio (da Luz Scheffer y Latini, 2020).

En cambio, cargas excesivas, mal distribuidas o sin recuperación adecuada pueden generar una ventana transitoria de vulnerabilidad inmunológica. Desde esta perspectiva, las células eritroides CD71+ podrían formar parte de una red más amplia de regulación inmunológica, donde participan la médula ósea, el músculo, las células inmunes, las citocinas, las miocinas y el estrés oxidativo.

Aplicación para ciencias del ejercicio físico

Para quienes trabajan en ejercicio físico, salud y poblaciones especiales, esta información tiene gran relevancia. Ayuda a comprender que el entrenamiento no debe analizarse únicamente desde variables como fuerza, resistencia, hipertrofia o composición corporal. También debe considerarse su efecto sobre el sistema inmune, la inflamación, la hematopoyesis y la recuperación.

En personas con obesidad, resistencia a la insulina, envejecimiento, cáncer, enfermedades autoinmunes o enfermedades inflamatorias crónicas, el ejercicio puede tener un papel importante como modulador inmunometabólico. Sin embargo, la dosis debe individualizarse, porque una carga excesiva podría convertirse en un estímulo contraproducente. En este sentido, el ejercicio debe entenderse como una herramienta capaz de modular la comunicación entre músculo, médula ósea, sangre y sistema inmune (Lu et al., 2024; Spiliopoulou et al., 2025).

El artículo sobre regulación inmunitaria por células eritroides invita a cambiar la forma en que entendemos la sangre. Los glóbulos rojos y sus precursores no son únicamente transportadores de oxígeno; también pueden participar en la regulación del sistema inmune (Elahi, 2026).

Desde el ejercicio físico, esta idea es especialmente valiosa. El entrenamiento actúa sobre el músculo, la médula ósea, el metabolismo, el sistema cardiovascular y la inmunidad. Por ello, el ejercicio puede entenderse como una herramienta capaz de influir en la comunicación entre oxigenación, inflamación, hematopoyesis y defensa inmunológica.

El ejercicio físico constituye un estímulo sistémico que trasciende la contracción muscular, al generar señales biológicas capaces de integrar la función muscular, hematopoyética e inmunológica. En este marco, las células eritroides podrían ocupar un papel relevante como mediadoras entre las adaptaciones fisiológicas al esfuerzo y los mecanismos de regulación inmune. M.Sc. Edward Calvo Porras

Referencias bibliográficas:

  • da Luz Scheffer, D., y Latini, A. (2020). Exercise-induced immune system response: Anti-inflammatory status on peripheral and central organs. Biochimica et Biophysica Acta (BBA) – Molecular Basis of Disease, 1866(10), 165823. https://doi.org/10.1016/j.bbadis.2020.165823
  • Elahi, S. (2026). Immune regulation by erythroid cells: How erythroid progenitor cells and mature red blood cells shape immunity. Nature Reviews Immunology. https://doi.org/10.1038/s41577-026-01303-4
  • Lu, Z., Wang, Z., Zhang, X. A., y Ning, K. (2024). Myokines may be the answer to the beneficial immunomodulation of tailored exercise-A narrative review. Biomolecules, 14(10), 1205. https://doi.org/10.3390/biom14101205
  • Spiliopoulou, P., Rousakis, P., Panteli, C., Eleutherakis-Papaiakovou, E., Migkou, M., Kanellias, N., Ntanasis-Stathopoulos, I., Malandrakis, P., Terpos, E., y Gavriatopoulou, M. (2025). Effects of exercise training on the bone marrow immune microenvironment and minimal residual disease in multiple myeloma patients following first-line treatment. Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports, 35(1), e70020. https://doi.org/10.1111/sms.70020

 

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